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Tomando la palabra
¿Se siente usted amenazado?

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

La violencia social tiene causas psicológicas, históricas, económicas, sociales y culturales, además de la transición de la posguerra

Posiblemente su respuesta sea un enfático “¡sí!”. Es natural, porque diariamente nos enteramos de hechos violentos y crueles sucedidos en nuestro país (aunque debemos recordar que la violencia campea -globalizada y democrática- entre personas y países, ricos y pobres, grandes y pequeños, desarrollados o no).
En El Salvador, de cada cien homicidios (CID-GALLUP, PNC), dieciocho son cometidos por delincuentes, mientras que ochenta y dos los realizan personas como usted y como yo, ciudadanos “normales”, que pierden los estribos y, en un desgraciado momento, se convierten en criminales.
Reprimir la delincuencia común y el crimen organizado es responsabilidad de la PNC, que tiene toda la capacidad y deseo de hacerlo. Pero es imposible colocar un policía al lado de cada ciudadano para evitar que, pública o privadamente, convertido de pronto en un energúmeno, cometa lo inimaginable. Cualquier hombre, mujer, niño o anciano es una víctima potencial de la violencia social. Y es ésta —más que la delincuencia— nuestra mayor amenaza en la actualidad.

Bueno, ¿y qué importa eso, si para las víctimas el resultado es igual? ¡Importa mucho! Significa que los ciudadanos comunes y corriente somos la causa de la violencia social; por consiguiente, también nosotros, los ciudadanos, debemos erradicarla. El 72% de la población reconoce este hecho.

La violencia social tiene causas psicológicas, históricas, económicas, sociales y culturales, además de la transición de la posguerra. Sin embargo, en idénticas circunstancias, con los mismos problemas, hay personas que reaccionan racionalmente. Porque todos, aunque no podemos controlar la adversidad, sí podemos —y debemos— controlar nuestras reacciones ante ella. ¿Por qué, entonces, perdemos el control y el raciocinio?
“La generación del yo”, llama Alejandro Llano a esta generación. Efectivamente, se le ha dado tal importancia a la autoestima —aterroriza tanto a padres y maestros la idea de “lastimar” el ego de los jóvenes—, que se les admite todo. Veamos el problema de la violencia juvenil (IUDOP/UCA): sólo el 21% de los integrantes de pandillas ha ingresado a ellas por problemas familiares. Un 13% lo hace buscando protección; un 6%, por causas variadas; un 20%, por influencia de sus amigos, y ¡un 40%, por “vacil”! Es decir, no han sido empujados a ese camino; mayoritariamente, ellos lo han escogido por pura diversión.

Incluso, estudiantes uniformados se convierten ahora en pandilleros, y no sólo roban el prestigio de sus instituciones, sino que cometen acciones tan espantosas como el asesinato. ¡Y, encima, la ley debe “cundundearlos”! Así, mal formados, sin pagar las consecuencias de sus actos, llegan a la adultez, convertidos en delincuentes, alcohólicos, drogadictos, vagos o, cuando mucho, en perfectos mediocres, frustrados y, en todo caso, proclives a la violencia, porque se creen que “el mundo les debe”.
“A la juventud, hoy se le adula, imita, seduce, tolera... pero no se le exige, no se le ayuda de verdad, no se le responsabiliza... porque, en el fondo, no se le ama”. ¡Qué palabras tan ciertas las del maestro Corts Grau a sus colegas! Nuestros jóvenes, más que demostraciones ostentosas de cariño, necesitan verdadero amor: el que establece límites y exige autocontrol y buena conducta.

Pero esas disciplinas, como las virtudes (lo decían los filósofos griegos), no se pueden enseñar: sólo se pueden aprender. Es decir, cada uno es responsable y protagonista de su propia educación. Mayormente los adultos, porque los jóvenes seguirán nuestros pasos. ¿Estamos guiándoles hacia la paz social o hacia una mayor violencia?

Para disfrutar de paz social, debemos sustituir la incultura de la violencia por una cultura de respeto: a las personas, a la Ley, a la propiedad, al derecho de los demás; sobre todo, respeto a nosotros mismos, en nuestra dignidad de hijos de Dios. Y podemos comenzar este cambio cultural con acciones pequeñas, pero constantes, que rompan ese círculo violento y produzcan resultados visibles. Por ejemplo, cumplir el Reglamento de Tránsito, no botar basura, saludar, sonreír, ser corteses con todos, etc.; que la publicidad empresarial promueva el lado bueno de las personas, que los medios de comunicación presenten la realidad objetiva y verazmente, sin morbos ni amarillismos.

En fin, que nos involucremos todos y juntos le cumplamos a nuestro país su gran sueño: “De la paz, en la dicha suprema / siempre noble soñó El Salvador…”.

*Columnista de El Diario de Hoy

 

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