Turismo
 
Inicio del Sitio Viernes 5 de Julio
 

 




CHAT
FOROS
CORREO
LA GUIA
CLASIFICADOS
EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
EDICION MOVIL
ESCRIBANOS
CONOZCANOS


 
 

Meditando
Tengamos convicciones

Edgar López Bertrand*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El sonido de trompeta era conocido como una señal y era usado por los vigilantes para advertir a la gente del peligro. Si el apóstol Pablo hace referencia a ello, quiere decir que nosotros, como Iglesia de Jesús, también hoy todavía necesitamos orientación y advertencia, y eso sin tener en cuenta el espíritu del tiempo actual.

En Jeremías 6:17 dice: “Puse también sobre vosotros atalayas que dijeren: Escuchad el sonido de la trompeta”. En todo el mundo, actualmente, no se habla de otra cosa más que de paz (vea 1 Tes. 5:3). Este hablar de paz también ha dejado sus huellas en la Iglesia de Jesús. Así, por ejemplo, se ve que desaparecen cada vez más las canciones cristianas, cuyo contenido habla de lucha y victoria. Estas figuras, sin embargo, las usaba el apóstol Pablo para explicar verdades de la fe cristiana. El hablaba del soldado de Dios, de la lucha de la fe y de la armadura del cristiano. Pero este tipo de lenguaje, aparentemente, ya no tiene cabida en nuestro mundo civilizado.

Las palabras de Pablo a Timoteo: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna...”, para muchos cristianos han caído en el olvido. Se han cansado, o ya no saben para qué valdría la pena luchar. Y, con todo eso, estamos en peligro de perder la deliciosa fe evangélica, por la cual nuestros antepasados estuvieron dispuestos a perderlo todo. También nosotros, de vez en cuando, deberíamos cuestionar el valor de nuestra fe. En la Biblia dice: “Más el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt. 24:13). Y: “Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones” (Ap. 2:26).

Ningún ser humano que cuida su estado físico comería sólo comidas rápidas, ya que con eso arruinaría su salud. No obstante, en el sector espiritual, muchas veces se olvida que la salud sólo viene de la correcta alimentación con la Palabra de Dios. En Efesios 3:14 y 16 leemos: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo,... para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu”.

Y en otra parte dice: “Os he escrito a vosotros, padres, porque habeis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno” (1 Jn. 2:14). ¡Fuerte por medio de la Palabra de Dios! Y nosotros, ¿estamos también seguros de nuestra fe? ¿Cómo reaccionaríamos si, repentinamente, alguien nos pone una pistola en la cabeza y pregunta: “Crees en Jesús”?

Cassy, una chica norteamericana de 18 años, confesó su fe el 20 de abril de 1999 e, inmediatamente, fue acribillada a tiros. Lamentablemente, en nuestro mundo occidental, este tipo de fe se ha convertido en algo raro. También nosotros estamos en peligro de que Jesús llegue a ser nada más que un asunto de opinión, para afirmar con ello la nuestra propia. Dios, sin embargo, busca personas llenas de fe que sólo se orienten por Su Palabra. Se sepan justificados sólo en la obra redentora de Jesucristo en la cruz del Gólgota. Por esta convicción, generaciones enteras de creyentes estuvieron dispuestos a dejar todo: casa, propiedad y patria, y aun la vida misma.

Recordemos tan sólo a los hugonotes de Francia, que fueron asesinados por cientos de miles. Los albiguenses, en la Provence, fueron perseguidos hasta la muerte, y los valdenses, en el norte de Italia, fueron perseguidos hasta zonas lejanas, y hasta puntos muy altos en las montañas. También los cristianos de la ex Unión Soviética y los creyentes de China, de Sudán y de Indonesia estuvieron y están dispuestos a luchar, a sufrir y a morir por su fe. En los países industrializados experimentamos exactamente lo opuesto: No más lucha, sino adaptación. Se le da la mano al enemigo. De la historia eclesiástica sabemos que la opresión y la persecución nunca fueron capaces de destruir a la Iglesia de Jesús.

No obstante, el exceso de bienestar, la seguridad y la libertad llevan a que el contenido y el valor de la fe caigan en el olvido. La gente se ha olvidado que todavía seguimos en la guerra. El enemigo tan sólo usa máscaras diferentes. De este modo, a nosotros, los creyentes occidentales, ya no nos amenaza la guillotina; tampoco hay un Arquipen Gulag tratando de hacer que nos rindamos. Nada de eso, sino que el enemigo se ha vuelto mucho más pérfido y sofisticado.

La tolerancia es la cuña que el martillo de la unidad está haciendo entrar a toda fuerza en las iglesias, bajo el lema: “Evangélicos y católicos, ¡únanse para el bien del pueblo!”. Unidos, así se nos dice, debemos luchar contrata la inmoralidad, la impiedad y el aumento del desprecio contra la vida humana. Pero no somos hombres y mujeres de convicción, construidos sobre la roca, pues el ejército verdadero de Jesús nunca se rinde ni se une a mercenarios. Somos un pueblo fuerte y de convicción, apoyados en la fe y en la vida eterna.
Recibe hoy a Jesús en tu corazón.

*Pastor.

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal