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Meditando
Tengamos convicciones
Edgar López Bertrand*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El
sonido de trompeta era conocido como una señal y era usado
por los vigilantes para advertir a la gente del peligro. Si el apóstol
Pablo hace referencia a ello, quiere decir que nosotros, como Iglesia
de Jesús, también hoy todavía necesitamos orientación
y advertencia, y eso sin tener en cuenta el espíritu del
tiempo actual.
En Jeremías 6:17 dice: Puse también sobre vosotros
atalayas que dijeren: Escuchad el sonido de la trompeta. En
todo el mundo, actualmente, no se habla de otra cosa más
que de paz (vea 1 Tes. 5:3). Este hablar de paz también ha
dejado sus huellas en la Iglesia de Jesús. Así, por
ejemplo, se ve que desaparecen cada vez más las canciones
cristianas, cuyo contenido habla de lucha y victoria. Estas figuras,
sin embargo, las usaba el apóstol Pablo para explicar verdades
de la fe cristiana. El hablaba del soldado de Dios, de la lucha
de la fe y de la armadura del cristiano. Pero este tipo de lenguaje,
aparentemente, ya no tiene cabida en nuestro mundo civilizado.
Las palabras de Pablo a Timoteo: Pelea la buena batalla de
la fe, echa mano de la vida eterna..., para muchos cristianos
han caído en el olvido. Se han cansado, o ya no saben para
qué valdría la pena luchar. Y, con todo eso, estamos
en peligro de perder la deliciosa fe evangélica, por la cual
nuestros antepasados estuvieron dispuestos a perderlo todo. También
nosotros, de vez en cuando, deberíamos cuestionar el valor
de nuestra fe. En la Biblia dice: Más el que persevere
hasta el fin, éste será salvo (Mt. 24:13). Y:
Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré
autoridad sobre las naciones (Ap. 2:26).
Ningún ser humano que cuida su estado físico comería
sólo comidas rápidas, ya que con eso arruinaría
su salud. No obstante, en el sector espiritual, muchas veces se
olvida que la salud sólo viene de la correcta alimentación
con la Palabra de Dios. En Efesios 3:14 y 16 leemos: Por esta
causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo,...
para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el
ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu.
Y en otra parte dice: Os he escrito a vosotros, padres, porque
habeis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros,
jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece
en vosotros, y habéis vencido al maligno (1 Jn. 2:14).
¡Fuerte por medio de la Palabra de Dios! Y nosotros, ¿estamos
también seguros de nuestra fe? ¿Cómo reaccionaríamos
si, repentinamente, alguien nos pone una pistola en la cabeza y
pregunta: Crees en Jesús?
Cassy, una chica norteamericana de 18 años, confesó
su fe el 20 de abril de 1999 e, inmediatamente, fue acribillada
a tiros. Lamentablemente, en nuestro mundo occidental, este tipo
de fe se ha convertido en algo raro. También nosotros estamos
en peligro de que Jesús llegue a ser nada más que
un asunto de opinión, para afirmar con ello la nuestra propia.
Dios, sin embargo, busca personas llenas de fe que sólo se
orienten por Su Palabra. Se sepan justificados sólo en la
obra redentora de Jesucristo en la cruz del Gólgota. Por
esta convicción, generaciones enteras de creyentes estuvieron
dispuestos a dejar todo: casa, propiedad y patria, y aun la vida
misma.
Recordemos tan sólo a los hugonotes de Francia, que fueron
asesinados por cientos de miles. Los albiguenses, en la Provence,
fueron perseguidos hasta la muerte, y los valdenses, en el norte
de Italia, fueron perseguidos hasta zonas lejanas, y hasta puntos
muy altos en las montañas. También los cristianos
de la ex Unión Soviética y los creyentes de China,
de Sudán y de Indonesia estuvieron y están dispuestos
a luchar, a sufrir y a morir por su fe. En los países industrializados
experimentamos exactamente lo opuesto: No más lucha, sino
adaptación. Se le da la mano al enemigo. De la historia eclesiástica
sabemos que la opresión y la persecución nunca fueron
capaces de destruir a la Iglesia de Jesús.
No obstante, el exceso de bienestar, la seguridad y la libertad
llevan a que el contenido y el valor de la fe caigan en el olvido.
La gente se ha olvidado que todavía seguimos en la guerra.
El enemigo tan sólo usa máscaras diferentes. De este
modo, a nosotros, los creyentes occidentales, ya no nos amenaza
la guillotina; tampoco hay un Arquipen Gulag tratando de hacer que
nos rindamos. Nada de eso, sino que el enemigo se ha vuelto mucho
más pérfido y sofisticado.
La tolerancia es la cuña que el martillo de la unidad está
haciendo entrar a toda fuerza en las iglesias, bajo el lema: Evangélicos
y católicos, ¡únanse para el bien del pueblo!.
Unidos, así se nos dice, debemos luchar contrata la inmoralidad,
la impiedad y el aumento del desprecio contra la vida humana. Pero
no somos hombres y mujeres de convicción, construidos sobre
la roca, pues el ejército verdadero de Jesús nunca
se rinde ni se une a mercenarios. Somos un pueblo fuerte y de convicción,
apoyados en la fe y en la vida eterna.
Recibe hoy a Jesús en tu corazón.
*Pastor.
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