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Analizando
Dime qué lees...
Carlos Rodríguez Cedillos
El Diario de Hoy
Ozatleco@yahoo.com
En nuestro país, las encuestas que realizan los institutos
especializados generalmente giran sobre los mismos temas de interés
nacional. Confieso que, como ciudadano, a veces siento repetitivo
e inútil que estas consultas descubran, por ejemplo,
que ya nadie cree en nuestra clase política o que los diputados
sólo representan a sus intereses personales, gremiales o
partidarios. Porque todo sigue igual...
Sin embargo, espero con optimismo que algún día le
pregunten a la gente si ya se dio cuenta de que el Teatro Nacional
de San Salvador está cerrado desde los terremotos y especule
sobre las dificultades que habrá tenido CONCULTURA para reabrir
el único escenario digno para la proyección de las
artes escénicas en este país. Por el contrario, cuando
hablaron de cerrar casinos, el escándalo acaparó la
atención nacional.
Es de esperar, también, que próximamente se consulte
y se concluya sobre las causas de la actual crisis de violencia
juvenil. Hasta la fecha hemos escuchado a una Ministra de Educación
preocupada, proactiva y eficiente. Pero con las manos atadas.
Ella no puede remover ni sustituir a un maestro o a un director
que obstaculice las acciones preventivas y correctivas que emprenda
esa secretaría. Los colegios privados son prácticamente
intocables y, en el caso de los colegios sin orientación
religiosa, la realidad suele ser alarmante.
Hemos escuchado a padres de familia, maestros, directores y funcionarios
opinar sobre los jóvenes y sobre la evidente crisis generacional
de valores. Lógicamente se ha hablado de fractura familiar,
agobiante pobreza, violencia en los medios, repercusión de
la posguerra, etc. Y aquí surge mi curiosidad: ¿Por
qué nadie se pregunta si nuestros jóvenes leen y,
en caso afirmativo, qué clase de lectura practican?
La mayoría de educadores conocemos la influencia altamente
formativa de la lectura. Nadie discute el poder de los medios audiovisuales
y su enorme atractivo, pero la lectura estimula la creatividad y
la reflexión, y es un vehículo privilegiado para la
interiorización de valores. Bueno, también depende
de la calidad de la lectura... Hay subliteratura como hay mal cine
y prensa amarillista.
Llegamos, entonces, a la tarea de los profesores y, sobre todo,
de los que pretendemos enseñar literatura. Guiar a un estudiante
por los primeros senderos del gusto por la lectura no es fácil.
Para empezar no basta con que el joven empiece por leer cualquier
texto.
Y en esto disiento con algunos teóricos que sostienen la
efectividad de dejar al alumno en libertad de escoger la lectura
que le atraiga, con la esperanza de que por ese camino llegará
a las lecturas de calidad literaria. Eso equivaldría a esperar
que a fuerza de escuchar música ramplona y chocarrera podamos
llegar a adquirir sensibilidad para la música académica
o clásica.
Tampoco se trata de ahuyentar al futuro lector enfrentándolo,
sin preparación, sin una adecuada contextualización,
con los grandes clásicos de la literatura universal.
La habilidad del docente consistirá en transmitir al educando
su entusiasmo por ese mundo apasionante e inagotable, poniendo en
sus manos las obras literarias que le hablen de su realidad y que
lo inviten a viajar a bordo de su todopoderosa imaginación.
Cada nuevo lector que salga de nuestras aulas será una víctima
menos del sin sentido de la violencia y de las drogas.
Permítame el paciente lector, concluir con unas palabras
de Mario Vargas Llosa, de su Piedra de Toque (El Diario
de Hoy 7-7-02):
La literatura no hace ni más felices ni más buenos
ni más malos a los lectores. Los hace más lúcidos,
más conscientes de lo que tienen y de lo que les falta para
colmar sus sueños y, por lo mismo, más insumisos contra
su propia condición, más desconfiados frente a los
poderes espirituales y materiales que ofrecen recetas definitivas
para alcanzar la dicha y más inquietos y fantaseadores, menos
aptos para ser manipulados y domesticados.
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