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El
santuario de los cipreses
Montecristo,
en Metapán, es el único bosque nebuloso de El Salvador.
Su exquisito clima, su abundante vegetación y su variada
fauna lo convierten en el sitio ideal para descansar.
José Osmín Monge
FOTO EDH/ARCHIVO
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
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Cascada en el parque Montecristo.
Foto: EDH
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Las espesas y blancas nubes poco a poco van descendiendo de lo
alto para acariciar las copas de los cipreses.
En Montecristo no hay bullicio; sólo se puede escuchar el
suave roce del viento con las ramas y el canto melodioso de los
torogoces.
Pero esa sinfonía natural a veces es interrumpida por el
crujir de los árboles, que se mecen con lentitud cual gigantes
borrachos. El sol se cuela entre el follaje y alumbra los senderos
alfombrados de hojarasca. Ahí la armonía es perpetua,
al igual que el clima fresco y el aire puro.
En medio del bosque y a orillas de las veredas, animales como cotuzas
y cusucos han hecho sus cuevas. De vez en cuando algunos venados
cruzan la arboleda de los alrededores, dejando a su paso las huellas
de su supervivencia.
Lugar de quetzales
Este paradisíaco parque se encuentra a una altura de 2,450
metros sobre el nivel del mar y en la actualidad es considerado
una de las principales áreas protegidas de nuestro país,
debido a la flora y a la fauna del lugar, mucha de la cual está
a punto de extinguirse. Ahí se pueden encontrar los pinos
más grandes del país, centenares de cipreses y gran
variedad de plantas ornamentales.
Mapaches, tigrillos, ardillas, quetzales, venados y pumas forman
parte de la fauna de Montecristo que está en peligro de desaparecer
por la mano del hombre que destruye su hábitat o los caza.
Pero no toda la lucha está perdida. Organizaciones ecológicas
como el Servicio de Parques Nacionales y Vida Silvestre (PANAVIS)
tienen la tarea de velar por la protección y la educación
de las poblaciones que viven dentro del parque o en sus riberas,
para que aprendan a conservar y a cuidar lo hay dentro de él.
Puente de emoción
Y para ayudar a esta misión, desde el 13 de enero de 1999,
Montecristo cuenta con un Centro de Educación e Interpretación
Natural, dividido en las secciones de infraestructura, medio ambiente
y cultura, con el objetivo de concienciar a las personas cómo
deben cuidar los recursos naturales.
Uno de los senderos de interpretación más gustados
es el que se hace en medio del bosque de cipreses. Ahí los
turistas tienen la oportunidad de aprender aspectos curiosos del
bosque.
El recorrido de esta ruta se hace en una hora. Uno de los puntos
que llama la atención en el trayecto es un puente colgante
de unos 30 metros de largo por un metro de ancho.
La mayoría de la gente pasa con miedo, pues es muy angosto,
se mueve mucho y las tablas que lo forman están deterioradas.
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| Las espesas y blancas nubes poco a poco
van descendiendo de lo alto para acariciar las copas de los
cipreses. Foto: EDH |
Es emocionante pasar por este puente. La gente hasta se marea
cuando camina por él, pero en realidad no es peligroso,
dice José Alfredo Palacios, uno de los jóvenes que
habita en los alrededores del parque.
En esta reserva natural también se puede disfrutar de impresionantes
paisajes, que pueden contemplarse desde lo alto de los miradores
del sitio.
Los turistas también pueden hacer uso de una cancha cubierta
de grama de la zona para comer y de las áreas para acampar.
Si usted tiene planeado pasar las próximas vacaciones en
lugar tranquilo, lejos del bullicio y de la contaminación,
Montecristo es el sitio ideal.
Para llegar al parque se requiere de un vehículo de doble
tracción. Además debe llevar ropa caliente, dinero
para pagar la entrada (¢1.50/$0.17 por persona), comida y sobre
todo las ganas de pasarla bien al lado de la naturaleza.
Amor entre el follaje
Montecristo tiene 2,000 acres de extensión, está ubicado
en Santa Ana, entre las fronteras de Guatemala, Honduras y El Salvador.
En él se encuentra el punto El Trifinio, donde se unen los
tres países.
Una de las atracciones de Montecristo es el Jardín
de los cien años, donde crecen y se reproducen plantas
silvestres y ornamentales, entre las que sobresalen orquídeas,
cartuchos de agua, hortensias y helechos.
Los visitantes pueden recorrer el jardín a través
de un sendero y en uno de sus puntos admirar uno de los caprichos
de la madre naturaleza: el árbol del amor.
En realidad son dos árboles, y su nombre hace alusión
a una copulación, ya que una gruesa ramas de uno de ellos
parece penetrar el tallo de su compañera de al
lado.
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