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De mi cuaderno de apuntes
El cáncer no se cura con cataplasmas

Carlos Mayora Re*
Editorial
El Diario de Hoy
cmayora@istmania.com

En algunos países, cuando surgen problemas de gran magnitud, se nombran funcionarios extraordinarios llamados fiscales específicos (para intentar controlar el problema del terrorismo separatista, o el accionar de la mafia, por ejemplo), que actúan en un marco jurídico especial, por un plazo de tiempo limitado

Me parece que no hace falta rememorar algunas de las acciones delictivas que han sido protagonizadas últimamente por estudiantes. Van desde desórdenes callejeros hasta asesinatos. La situación es grave. Pienso que no es exagerado afirmar que en algunos sectores de la sociedad se ha llegado a lo que se conoce como anomia, es decir, falta de ley, y eso es una enfermedad. Nunca me ha gustado hablar de una sociedad enferma, pero cuando un número considerable de personas padece un mismo mal, sí que se puede hablar de epidemia, es lo que tenemos: una epidemia de personas con los valores trastornados, jóvenes cuyas prioridades están muy lejos de las que se necesitan para vivir en sociedad.

En algunos países, cuando surgen problemas de gran magnitud, se nombran funcionarios extraordinarios llamados fiscales específicos (para intentar controlar el problema del terrorismo separatista, o el accionar de la mafia, por ejemplo), que actúan en un marco jurídico especial, por un plazo de tiempo limitado, con atribuciones específicas y con más posibilidades que los jueces o fiscales ordinarios.

La idea de fondo es simple: cuando surge una enfermedad extraordinaria, se deben aplicar remedios extraordinarios. Cuando el padecimiento remite, sería de locos continuar aplicando la medicina, pues, si así sucediera el remedio sería, sin duda, peor que la enfermedad.

Desde hace unos quince años, el problema de la violencia juvenil en las calles de San Salvador ha venido sufriendo altas y bajas en el nivel de su intensidad. ¿Las causas? En primer lugar, sin duda alguna, la descomposición de la familia; en segundo lugar, una situación de pobreza que se suma a la existencia de un talante violento, que se vio exacerbado durante los años de la guerra; en tercer lugar, la influencia directa de culturas extranjeras (que no son dañinas por extranjeras, sino por algunos de los valores que consideran importantes); en cuarto lugar, la instalación en todos los niveles de la sociedad de una mentalidad hedonista y consumista, que convierte en ídolo al placer, al prestigio social que proporciona el distinguirse de los demás por el uso del poder o el consumo de bienes materiales; en quinto lugar, el alto índice de personas armadas; el consumo de drogas, etc.

Siempre se ha sabido que la mejor manera de erradicar un problema es atacarlo en sus causas, y en esto de la violencia juvenil, parecería que se ha trabajado sólo a nivel superficial: denunciar a los estudiantes que no asistan a clases, redoblar la vigilancia en las calles, cambiar de lugar las paradas de autobuses, modificar el uniforme único, prohibir el uso de mochilas a los estudiantes y escudarse en que por rencillas políticas no se ha podido llegar a más. Sin embargo, estoy seguro de que se ha hecho bastante más de lo que recoge la opinión pública, aunque los medios sólo reflejen esas medidas superficiales.

Sin embargo, a la vista de los hechos sangrientos de estos últimos días, es innegable que hace falta trabajar más. La situación de nuestra sociedad en este caso se puede asimilar, quizás, a lo que se vive en la emergencia de un hospital cuando ingresa un paciente que ha sufrido un grave accidente de tránsito: los médicos evalúan sin dilación las lesiones más graves y se concentran en ellas, y dejan de lado aquellas otras que tal vez son más aparatosas o llamativas, pero que no ponen en peligro inmediato la vida del paciente, y a nadie se le ocurre atender las enfermedades crónicas que el accidentado pueda padecer.
Estamos en una situación difícil, de crisis me atrevería a decir. Por lo tanto, sería importante considerar el nombramiento temporal de un fiscal especial para el problema, modificar las leyes durante un período determinado y actuar con decisión sobre las causas que inmediatamente pueden producir —por seguir con el símil— la muerte de “el paciente”.

Después, cuando se hayan puesto los medios para contener la hemorragia, se podrá trabajar en las enfermedades crónicas, empezando por lo que prescribe el Juramento Hipocrático: “primum non nocere” (lo primero que tiene que hacer el médico es no dañar al paciente).

Por eso se debe detener el daño sistemático que se inflige a la sociedad al considerar a los ciudadanos como si de animales se tratara (pues hay personas que piensan que lo único que nos interesa es la comida, la bebida, la diversión y el sexo). Esto lleva a diseñar campañas de instrucción sexual, por ejemplo, o a emitir indiscriminadamente programas de televisión que dañan directamente a la familia.

Sólo entonces, dentro de un marco legal adecuado y dejando de atacar a la familia, se podrá hablar de educación y de fortalecimiento familiar. Mientras tanto, no podemos seguir intentando curar el cáncer de la violencia juvenil sólo con cataplasmas.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

 

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