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La
nota del día
Todos concilian con asesinos
La
víctima sabe que al negarse a conciliar, por
muy grave que haya sido el atropello, le espera algo peor. Procurar
un arreglo conciliatorio es una de las garantías
fundamentales de la Ley del Menor Infractor, figura que indirecta
pero muy efectivamente fortalece a las pandillas juveniles.
En teoría, con la ayuda del juez, las partes en el problema
-el menor infractor y sus víctimas- logran un
arreglo que satisface a ambas y, además, protege al menor.
Pero la práctica es otra. Nadie en su sano juicio se negará
a conciliar con un menor infractor, conociendo
las venganzas y atropellos a los que queda expuesto con su familia.
Las maras, como cualquier banda criminal, tienen sus
propios códigos de conducta, precisamente para mantenerse
cohesionadas. Y una de las reglas es que al ser agredido uno, todos
acuden en su defensa. Y la defensa en estos casos es tomar venganza
contra el que ataca al miembro.
Las maras actúan en territorios definidos donde,
por lo general, perpetran sus desmanes y fechorías. Maras
y víctimas comparten iguales espacios, con la diferencia
que unos espían, acosan y presionan, mientras los otros tratan
de evitar enfrentarse, buscando ponerse a salvo.
Al forzar la conciliación, el sistema de justicia
coloca frente al delincuente todas las cartas de la víctima,
revelando su identidad y la exacta naturaleza de los cargos. El
careo equivale a una total identificación por si quedaran
dudas de quién es el acusador. Y esa identificación
es la base de la represalia, de la venganza.
La víctima sabe que al negarse a conciliar, por
muy grave que haya sido el atropello, le espera algo peor. Cuando
sus hijos quedan solos, o vuelve por la noche de su trabajo, o se
queda un fin de semana, tarde o temprano la banda llega y ajusta
las cuentas.
Ese ajuste de cuentas es la protección de los
mareros frente a tribunales, encausamientos, policías
y las mismas comunidades. El pacto de protección entre los
miembros se apoya sobre la represalia y la intimidación,
cimentando el clan. La manada ataca cuando una de las fieras es
acorralada.
De la conciliación, directo al cementerio
Las conciliaciones se han prestado para extorsionar
gente, cuando una de las partes, y sobre todo al existir litigios
mercantiles a los que se da un carácter penal, logra encarcelar
a un representante de la contraparte. Entonces, el chantaje es claro:
o pagan, o se pudre en la cárcel. El procedimiento equivale,
como estiman abogados a quienes se les planteó el asunto,
a un secuestro legal, donde el chantajista es apoyado por el sistema
para exigir el pago de un rescate. En ocasiones hemos narrado el
caso en que un juez de Menores encarceló a una señora
madre de familia, para sacarle siete mil colones, coacción
que fue posible por la figura jurídica de la
conciliación.
Lo que es obvio es que la Ley del Menor Infractor, con conciliaciones
o sin ellas, se ha convertido en una de las principales causas de
la violencia en las calles, del desparpajo en que están hundidos
muchos menores de edad y de la impunidad en que quedan tantos crímenes,
muchos de ellos cometidos contra otros jóvenes. Esta misma
semana los jueces pusieron en libertad a asesinos contra quienes
nadie testificó, pues hacerlo era exponerse a una conciliación
y de la conciliación ir a parar al cementerio.
No cuesta imaginar la clase de sociedad que tendremos en el futuro
con tales disparatadas legislaciones.
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