| |

Esta
boca es mía
Guerra o paz en la familia
Marcel Orestes Posada*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Cuando
hay paz sin espiritualidad, es precaria porque radica en intereses
filtrados por la razón; proviene del mundo, no de Dios
Fatal hubiera sido la soledad de Adán sin una Eva que, sacada
de la costilla más cercana al corazón para ser amada,
se convirtiera en necesidad que El Creador anticipó diciendo:
No es bueno que el hombre esté solo. Por eso,
el amor conyugal es afán por aquello que falta para completud,
trabajo deleitoso para fusión y refusión en
una sola carne de lo que es uno desde el origen, para fundación
y refundación de la humanidad por mandato supremo, para supremacía
de la especie única digna del soplo que fue implante de espíritu
(Génesis 2:7, 18, 21 y 24).
Dios hizo, pues, el matrimonio como fundamento de la familia nuclear
que, ampliada, devino en clan y más tarde en tribu, nación,
Estado y ahora al sofisticado nivel de aldea global. Son efectos
de lo que Grocio llama instinto social, el cual contiene,
por contra, el tremendísimo materialista del ego, que procura
únicamente lo propio, cuyo límite está en el
sometimiento por la fuerza o en la contención disuadida.
Así, entre cónyuges, como entre naciones, la guerra
y la paz de ello dependen. Desbalance y equilibrio de mezquindades
y virtudes. No hay guerra santa; siempre es ruindad carnal. Y cuando
hay paz sin espiritualidad, es precaria porque radica en intereses
filtrados por la razón; proviene del mundo, no de Dios.
Pues bien, la armonía contratada por conveniencias recíprocas,
que permite el ocio de las armas, pero no su eliminación
(armas son la totalidad de recursos orales, escritos y materiales
para pelea, activos o reposando en el hogar como en el cuartel),
con todo, da lugar a la sobrevivencia para respuesta a tres necesidades
primarias correspondientes a tres atributos humanos, así:
1.- Pertenencia que proporciona identidad. Toda persona siente la
urgencia de formar parte de grupos concéntricos: familia,
barrio, ciudad, nación. Son espacios con secciones secantes
y tangentes, que combinan y distinguen, vinculan y demarcan fronteras,
dan sentido de lo nuestro y lo mío,
informan a cada uno quién es. Individualidad y semejanza
solidaria. Es la identidad perteneciente que canta el himno bajo
una bandera escudada, que proclama independencia y soberanía.
Lazo invisible que acerca al hermano lejano. Conciencia
que resiente dejar de contar colones; que se niega a la disolución
y al olvido.
2.- Aceptación que provee seguridad. Ser aceptado es también
otra de las demandas de la psique individual. El acogimiento por
el grupo hace al sujeto sentirse seguro. Por el contrario, el rechazo
sume en la congoja. Sufre el alma infantil aborrecida por el padre,
el niño cuya madre tuvo que emigrar, el desamparado huelepega
despreciado en el semáforo. Así golpeamos de muerte
por rechazo, hachazo al tronco del árbol de la patria. Por
eso, cuanto mayor es la cantidad de marginados, más se eleva
la inseguridad. No digo que la pobreza sea de por sí crimíogena,
no; hay muchos seres honrados en medio de las estrecheces. Mas la
calle, trágica manifestación del rechazo, puede hacer
del alma incubadero de ferocidad vengativa, abono para la planta
que frutece en crimen.
3.- Reconocimiento que insufla dignidad. Desde la cuna, el ser humano
siente avidez de afecto. Infancia, pubertad y adolescencia equilibradas
son aquellas en las cuales hay sentido de pertenencia y aceptación
que dan identidad y seguridad, pero también reconocimiento
que dignifica. El desamor expresado en frialdad, indiferencia, desprecio
y, lo que es peor, en censura o burla ante lo que el menor considere
merecedor de aprobación es injuria a la autoestima; puede
transformar una conducta sana en rebeldía y agresividad,
porque la atención que no se logra haciendo lo bueno se consigue
efectuando lo malo.
Si el fundamento de la familia es el matrimonio y éste es
base de la sociedad (art. 32 de la Constitución), la violencia
intrafamiliar, la ruptura de hogares por emigración, abandono,
divorcio, la separación de los convivientes no casados y
la paternidad irresponsable están socavando la base social.
Por eso, la mara es sucedáneo de la familia desintegrada
o disfuncional; cubre aquellas necesidades insatisfechas, provee
el ambiente desde el cual los conflictos del alma juvenil se pueden
(no siempre) proyectar en guerra contra la sociedad; viene a ser
la cereza amarga sobre el postre (bíblicamente mara
significa amargura).
Ingentes esfuerzos y recursos se destinan a la investigación
de esta guerra. No hay tal cosa como una solución
humana. La respuesta sólo puede provenir de aquel que es
capaz de disolver el ego materialista, el de la paz verdadera, no
aparente como la del mundo. Aquel que por ello es llamado Príncipe
de la Paz (Isaías 9:7). Por eso, todo el que haya sufrido
desamparo puede hacer suya la exclamación del Rey David:
Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová
me recogerá (Salmo 27:10).
* Dr. en Derecho
|
|