Turismo
 
Inicio del Sitio Jueves 11 de Julio
 

 




CHAT
FOROS
CORREO
LA GUIA
CLASIFICADOS
EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
EDICION MOVIL
ESCRIBANOS
CONOZCANOS


 
 

Esta boca es mía
Guerra o paz en la familia

Marcel Orestes Posada*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Cuando hay paz sin espiritualidad, es precaria porque radica en intereses filtrados por la razón; proviene del mundo, no de Dios

Fatal hubiera sido la soledad de Adán sin una Eva que, sacada de la costilla más cercana al corazón para ser amada, se convirtiera en necesidad que El Creador anticipó diciendo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Por eso, el amor conyugal es afán por aquello que falta para completud, trabajo deleitoso para fusión y refusión “en una sola carne” de lo que es uno desde el origen, para fundación y refundación de la humanidad por mandato supremo, para supremacía de la especie única digna del soplo que fue implante de espíritu” (Génesis 2:7, 18, 21 y 24).

Dios hizo, pues, el matrimonio como fundamento de la familia nuclear que, ampliada, devino en clan y más tarde en tribu, nación, Estado y ahora al sofisticado nivel de aldea global. Son efectos de lo que Grocio llama “instinto social”, el cual contiene, por contra, el tremendísimo materialista del ego, que procura únicamente lo propio, cuyo límite está en el sometimiento por la fuerza o en la contención disuadida. Así, entre cónyuges, como entre naciones, la guerra y la paz de ello dependen. Desbalance y equilibrio de mezquindades y virtudes. No hay guerra santa; siempre es ruindad carnal. Y cuando hay paz sin espiritualidad, es precaria porque radica en intereses filtrados por la razón; proviene del mundo, no de Dios.

Pues bien, la armonía contratada por conveniencias recíprocas, que permite el ocio de las armas, pero no su eliminación (armas son la totalidad de recursos orales, escritos y materiales para pelea, activos o reposando en el hogar como en el cuartel), con todo, da lugar a la sobrevivencia para respuesta a tres necesidades primarias correspondientes a tres atributos humanos, así:

1.- Pertenencia que proporciona identidad. Toda persona siente la urgencia de formar parte de grupos concéntricos: familia, barrio, ciudad, nación. Son espacios con secciones secantes y tangentes, que combinan y distinguen, vinculan y demarcan fronteras, dan sentido de “lo nuestro” y “lo mío”, informan a cada uno quién es. Individualidad y semejanza solidaria. Es la identidad perteneciente que canta el himno bajo una bandera escudada, que proclama independencia y soberanía. Lazo invisible que acerca al “hermano lejano”. Conciencia que resiente dejar de contar colones; que se niega a la disolución y al olvido.

2.- Aceptación que provee seguridad. Ser aceptado es también otra de las demandas de la psique individual. El acogimiento por el grupo hace al sujeto sentirse seguro. Por el contrario, el rechazo sume en la congoja. Sufre el alma infantil aborrecida por el padre, el niño cuya madre tuvo que emigrar, el desamparado “huelepega” despreciado en el semáforo. Así golpeamos de muerte por rechazo, hachazo al tronco del árbol de la patria. Por eso, cuanto mayor es la cantidad de marginados, más se eleva la inseguridad. No digo que la pobreza sea de por sí crimíogena, no; hay muchos seres honrados en medio de las estrecheces. Mas la calle, trágica manifestación del rechazo, puede hacer del alma incubadero de ferocidad vengativa, abono para la planta que frutece en crimen.

3.- Reconocimiento que insufla dignidad. Desde la cuna, el ser humano siente avidez de afecto. Infancia, pubertad y adolescencia equilibradas son aquellas en las cuales hay sentido de pertenencia y aceptación que dan identidad y seguridad, pero también reconocimiento que dignifica. El desamor expresado en frialdad, indiferencia, desprecio y, lo que es peor, en censura o burla ante lo que el menor considere merecedor de aprobación es injuria a la autoestima; puede transformar una conducta sana en rebeldía y agresividad, porque la atención que no se logra haciendo lo bueno se consigue efectuando lo malo.

Si el fundamento de la familia es el matrimonio y éste es base de la sociedad (art. 32 de la Constitución), la violencia intrafamiliar, la ruptura de hogares por emigración, abandono, divorcio, la separación de los convivientes no casados y la paternidad irresponsable están socavando la base social. Por eso, la “mara” es sucedáneo de la familia desintegrada o disfuncional; cubre aquellas necesidades insatisfechas, provee el ambiente desde el cual los conflictos del alma juvenil se pueden (no siempre) proyectar en guerra contra la sociedad; viene a ser la cereza amarga sobre el postre (bíblicamente “mara” significa amargura).

Ingentes esfuerzos y recursos se destinan a la investigación de esta “guerra”. No hay tal cosa como una solución humana. La respuesta sólo puede provenir de aquel que es capaz de disolver el ego materialista, el de la paz verdadera, no aparente como la del mundo. Aquel que por ello es llamado “Príncipe de la Paz” (Isaías 9:7). Por eso, todo el que haya sufrido desamparo puede hacer suya la exclamación del Rey David: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá” (Salmo 27:10).
* Dr. en Derecho

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal