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Tema del momento
La necedad de lo sagrado

Luis Fernández Cuervo*
Editorial
El Diario de Hoy
lfcuervo@tutopia.com

“Religión y ciencia no se excluyen, sino que se complementan y se condicionan mutuamente”

“Por contraste, si lo sacro aparece en lo profano, también puede encontrase, desgraciadamente, que lo profano ha invadido algunos templos y oficiantes sagrados”.

¿Por qué este título?, preguntará algún lector extrañado. Quizá algún otro lo encuentre escandaloso. Depende de cómo se entiendan esas dos palabras claves: “necedad” y “sagrado”, y más especialmente la primera.
“Necio” aquí, en El Salvador, es sinónimo de “tozudo”, “terco”, “porfiado”. En otras latitudes de nuestro mismo idioma, en cambio, significa “ignorante” o “tonto”. ¿En qué sentido lo he querido aplicar aquí? Según y cómo, en los dos sentidos. Me explico.

Ya apunté en mi anterior editorial la ignorancia de lo sagrado y lo religioso que hay en tantos profesionales, científicos, intelectuales de variado tipo y periodistas de nuestro tiempo. Por “necedad” (ignorancia) los más; algunos otros, por mala voluntad, pero todos con una terrible confusión entre lo que es sagrado y lo que le es más contrario (aunque se vistan de ropajes religiosos): lo mágico, lo supersticioso o lo fanático. Tema que merece un esclarecimiento, pero que dejo para otra ocasión.

Quiero ceñirme ahora a ese otro tipo de “necedad”: la terquedad, la persistencia en no desaparecer lo sagrado del hombre, a pesar de las enormes fuerzas que tratan de aniquilarlo desde hace siglos. Comenzó tímidamente en el Siglo XVII, con el empirismo inglés y tomó alta virulencia con el Iluminismo del Siglo XVIII, que en este campo, más que una claridad, fue un “agujero negro”, ansioso por oscurecer y fagocitar toda luz religiosa. Bien dijo Aldous Huxley que “siempre hay toda una serie de dioses falsos que esperan en el zaguán; apenas los hombres han despedido al verdadero Dios, inmediatamente, los falsos ocupan su lugar”. El ser humano es un ser religioso. Tiene sentido del misterio. Aspira de algún modo a lo absoluto. Necesita adorar. Si se le quita al verdadero Dios, adorará a un ídolo. Si se le cierra el camino a la religión, se abre a las sectas, a la magia, a la superstición.

Para los ilustrados del Siglo XVIII, fue diosa, la razón. Más tarde vendrían sus hijos: los diversos ídolos revolucionarios. Ahora, para muchos, es la ciencia. Creen que la ciencia se opone a la religión; creen que la ciencia explicará todo. ¡Vana fe y adoración de la Ciencia! Confunden “problemas” —que es propio de la ciencia resolverlos— con “misterios” que es algo que escapa al campo y competencia de las ciencias empíricas. Sobre esto, un intelectual no creyente, el francés Claude Levi-Strauss, afirma: “Un ateísmo que intente justificarse en bases científicas no se puede sostener, porque implicaría que la ciencia es capaz de responder a todas las preguntas. Evidentemente, eso no es así, ni lo será jamás”.

Habría que añadir, además, una larga lista de científicos de primerísimo orden que fueron creyentes y negaron con sus palabras y su vida esa supuesta oposición entre religión y ciencia. Baste un ejemplo, el del físico Max Planck, pionero de la Teoría Cuántica de la Radiación. Estas son sus palabras: “En todas parte, y por lejos que dirijamos nuestra mirada, no solamente no encontramos ninguna contradicción entre religión y ciencia, sino, precisamente, en puntos decisivos, encontramos un pleno acuerdo. Religión y ciencia no se excluyen —como algunos han creído o lo temen aún hoy—, sino que se complementan y se condicionan mutuamente”.

Mircea Eliade, en su “Historia de las creencias y las ideas religiosas”, señala que “lo sagrado es un elemento de la estructura de la conciencia humana, no una etapa en la historia de esta conciencia” y que decir “hombre” es lo mismo que decir “ser religioso”. Lo sagrado, pues, por mucho que se lo suprima de la enseñanza, se le persiga, se prohíba bajo pena de muerte, se trate de aniquilarlo, aparece. Aparecerá, no donde debiera estar, sino en donde menos se podría pensar. Así, por ejemplo, en el diario comunista italiano, “L’Unitá”, cuando a la muerte de Stalin, exaltó su figura escribiendo: “Gloria eterna al hombre que ha realizado el comunismo”. Otro ejemplo lo comentaba Ortega y Gasset en su escrito “En torno a Galileo”, cuando cita a un ministro socialista que en un discurso a la clase obrera dijo: “La legión socialista, ésta nuestra, cada día en mayor cohesión por ese nuevo espíritu religioso, casi ya tan fuerte como el cristianismo, que se llama solidaridad obrera”.

Ortega se extraña de esas palabras en alguien al cual califica de “hombre tan denodada y ruidosamente ateo”, dice que le suena a “Epístola a Los Corintios” y que “quiera o no el ministro socialista, eso es esencial cristiano, es cristianismo en hueco”. Léanse, también, las crónicas de homenaje de algunos personajes ilustres, vivos o difuntos, y como surgen los adjetivos sacros “fervor”, “religioso silencio”, “comunión”, etc. Y no hay que retroceder en el tiempo o en el espacio. Ahí está la “devoción” y las ceremonias que despiertan tantos ídolos de la canción, el cine o el deporte.

Y si uno quiere asistir a una “liturgia” larga, complicada, fastuosa y solemne, no hay que ir a una misa, sino encender el televisor y ver la ceremonia de apertura o clausura, por ejemplo, de unas Olimpiadas. No falta en ellas nada de “lo sagrado”: altar, cuerpo de oficiantes, himnos, música, coros, pebeteros, etc. Por contraste, si lo sacro aparece en lo profano, también puede encontrarse, desgraciadamente, que lo profano ha invadido algunos templos y oficiantes sagrados, que mascullan un ritual rápido y desacralizado, adornado con adoctrinamiento político, charlatanismo embaucador o, simplemente, confusa vaguedad poético-seudomística.
El tema da para el análisis de otros muchos aspectos, más profundos, que dejo, tal vez, para otra ocasión. El tiempo corre y muchos de los lectores tienen prisa, porque están ya preparándose o sumergiéndose, con “fervor religioso”, en la gran liturgia laica de la gran religión... del Mundial de Fútbol. Y que gane el mejor.

*Médico y columnista de El Diario de Hoy.

 

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