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Comentario
de la semana
Fiesta a la medianoche
Eduardo Torres*
El Diario de Hoy
eduardo@elsalvador.com
Sufrirán
una baja en su productividad los países latinoamericanos
y europeos a raíz del horario de transmisión de los
juegos del Mundial de Fútbol, preguntó hace tres semanas
Andrés Oppenheimer, en su columna de opinión en el
periódico The Miami Herald.
No se rían, advirtió.
Esto es un tema al cual analistas de Wall Street y economistas
independientes le han dado total seriedad y muchas horas de análisis,
desde el momento en que se conoció que los juegos en el Viejo
Continente iban a ser transmitidos durante las primeras horas de
la madrugada y, en Latinoamérica, desde la medianoche.
Conocedores de lo que es un mundial de fútbol, sabían
perfectamente que miles de millones alrededor del mundo estarían
pegados al televisor durante un mes entero, y que en el caso nuestro
y en el de los europeos, en horarios más aptos para serenos
que para trabajadores de día.
Todos los mundiales de fútbol afectan la competitividad,
pero este será el que más, por los horarios de transmisión,
dice Oppenheimer, citando textualmente al economista Isaac Cohen,
ex director en Washington de la Comisión Económica
de las Naciones Unidas para América Latina.
Mucha gente va a ver los juegos a las tres de la mañana,
y estará totalmente incapacitada para el resto del día,
añadió. La tesis, por supuesto, continúa con
qué tan afectada se verá la productividad.
Habiendo visto algunos de los partidos durante las jornadas transcurridas,
confieso que fue hasta hace dos noches que pensé en otro
elemento al cual hizo referencia Oppenheimer en su columna.
¿Cómo gritar los goles sin despertar al resto de la
familia y/o a los vecinos?, pensé, debido a que nos pusimos
de acuerdo con dos de mis hijos para ver el juego Brasil-Inglaterra.
Al respecto, permítanme aclarar que quien esto escribe va
con Brasil, no por ser el último país latinoamericano
que se mantiene con vida en el Mundial; por válida que fuese
la razón anterior, he ido con Brasil mi vida entera, desde
el mundial México 70, que es el primero que con puntos y
comas recuerdo.
Bien dicen que la persona es de donde pasa su adolescencia. Yo tenía
trece años para ese mundial, y recuerdo que mi hermano y
su novia (dos de sus tres hijos son solteros todavía) me
llevaron a una finca en Santa Ana o Ahuachapán, y ahí
vimos en blanco y negro la final Brasil-Italia (cuatro a uno a favor
de la verde amarilla).
El placer de vivir
Mi vida entera profesional ha sido una carrera contra el tiempo.
Carrera por progresar, carrera por construir un mejor presente y
futuro para la familia, idealista en extremo por mi
país. Todo ello hubiese estado bien, con el adecuado balance
entre el trabajo y la familia.
La soberbia, sin embargo, puede funcionar de muchas maneras.
A principios de este año tuvimos la dicha de asistir a un
congreso muy importante para nosotros. Al regresar me dirigí
donde el jefe y le dije que me había ido súper bien,
pero que no me había sentido del todo bien por los diez días
que había pasado fuera, a inicios de un nuevo año.
¡Vaya lección!
Disfrutó, me preguntó. Claro que sí le dije.
Bueno, pues esas son las cosas que hay que hacer cuando se pueda,
me dijo. Porque el estado de ánimo va en abono de lo que
uno es y de lo que uno hace.
Una segunda lectura más profunda lo lleva a uno a pensar
en el placer de vivir, pues no cabe duda de que hay que enriquecer
integralmente el espíritu, para poder ofrecer más
en los diferentes campos de acción, bajo la concepción
de que el trabajo duro remunera.
En este sentido es que concluye Oppenheimer su columna, afirmando
que habrá daño a la productividad en el mundo, pero
al igual que miles de millones de almas, él ve los juegos
durante la noche, grita los goles y, por vivir en los Estados Unidos,
corre el riesgo de despertar a sus indiferentes vecinos a la pasión
del fútbol.
¡No saben lo que se están perdiendo!
Licenciado en Ciencias Jurídicas y columnista de EL DIARIO
DE HOY.
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