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De mi cuaderno de apuntes
Un empeño a largo plazo

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
cmayora@istmania.com

La educación genera riqueza desde dos puntos de vista. El más importante, es que enriquece a quien la recibe y le hace ser mejor, y el menos importante, porque al ser mejor puede hacer mejores cosas

Con frecuencia se nos critica a los salvadoreños porque somos “llamarada de tusa”, luces de bengala que brillan un instante con mucho fulgor, y luego nos apagamos. Seguro que habrá razones para que seamos calificados así -y como en todos los estereotipos que se aplican a una nación-, muchos de nosotros tendremos nuestras reacciones de entusiasmos pasajeros, pero otros más no encajarán con tanta facilidad en el tópico, pues si todos fuéramos así, no se explicaría que haya tanta gente exitosa en este país, empeñada en trabajar con entusiasmo y constancia.

Al sentarme a escribir la columna, y pensar que sería publicada en el Día del Maestro, consideraba que no podía dejar de tocar algún tema relacionado con la educación. Además, desde hace un tiempo pensaba escribir sobre un asunto del que se ha hablado poco en los medios de comunicación, aunque más en los círculos especializados: me refiero al Informe de Desarrollo Económico y Social 2002, preparado por FUSADES, y que se titula: “Invirtamos en educación para desafiar el crecimiento económico y la pobreza”.

En la elaboración del documento se presuponen varias cosas, entre ellas que la solución a la pobreza pasa necesariamente por la cualificación de los protagonistas; parecen pensar que el país está maduro, políticamente hablando, para asumir ese compromiso; suponen que el desarrollo humano no se mide en forma exclusiva por el ingreso monetario de las personas, y utilizan para sus análisis indicadores que van más allá de lo meramente monetario; analizan no sólo los índices de pobreza absolutos y relativos, sino también la distribución del ingreso, etc. Es decir que intentan escapar del reduccionismo en que a veces caen los economistas y técnicos, para quienes es importante sólo el valor económico de los recursos, incluyendo el llamado recurso humano.

Además, en lo que se refiere directamente a educación, el análisis abunda en datos acerca de la escolaridad de los salvadoreños y las oportunidades de educación, los factores culturales de nuestra gente, la calidad educativa actual y el modo en que se ha estado distribuyendo el gasto público en este rubro.
Pienso que todos esos presupuestos son muy valiosos, pues encuadran el problema de modo adecuado, y dejan claras las bases de la apuesta principal: el fortalecimiento de la educación como medio para impulsar la productividad; provocar un fortalecimiento económico que se traduzca en reducción de la pobreza.

A ese planteamiento se le pueden poner muchos peros; sin embargo, en general, me parece muy bien planteado. No sólo porque es obvio que los países dependen en su desarrollo de la calidad de las personas que viven en ellos, y porque la calidad humana es fruto directo de la educación, sino también por una razón todavía más de fondo: la educación permite incrementar el valor añadido de los productos, al mejorar a los trabajadores como seres humanos y posibilitar que éstos trasladen a su trabajo parte de lo que ellos mismos son. A mejor gente, mejor país.

La educación genera riqueza desde dos puntos de vista. El más importante, es que enriquece a quien la recibe y le hace ser mejor, y el menos importante, porque al ser mejor puede hacer mejores cosas. Una riqueza interior que se traduce necesariamente en una riqueza exterior. Y las dos, la interior y la exterior, redundan en el bienestar del país.

Pero, y esto lo remarca la propuesta, los resultados no se alcanzarán en un chasquear de dedos. Y “ahí está el detalle...”, pues tal como se plantea: “se requiere un período de doce años y elevar la asignación de recursos para educación (...) hasta llegar a un 5.7% del PIB”. Y aunque no lo especifican, también se requiere una política de Estado coherente, más preocupada en servir al país que en politiquería; se requiere estabilidad económica y financiera; seguridad ciudadana; políticas que fomenten el fortalecimiento de la familia como formadora de ciudadanos honestos; participación de todos en los asuntos de interés público. Y también, esto sí que queda claro, doce años para tener una población con escolaridad hasta sexto grado, y veinte años para alcanzar que todos estudien hasta noveno...

FUSADES no piensa que ha descubierto la pólvora, sabe, sensatamente, que es necesario fijarse en qué factores han hecho que otros hayan vencido la pobreza, y apuesta por la educación. Propone de dónde pueden salir los recursos económicos, y confía en que los ciudadanos, los funcionarios públicos y las instituciones del Estado no vayan a ser “llamaradas de tusa”.

Ante la propuesta, más que fijarse en los defectos de nuestra sociedad (y sus correspondientes círculos viciosos), pienso que sería más positivo intentar comprender las razones expuestas y dejarse seducir por el círculo virtuoso “que se da entre la reducción, el crecimiento económico y la reducción de la pobreza”, y después de reflexionar al respecto, que cada uno tome su parte de responsabilidad y se ponga manos a la obra.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

 

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