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Magníficos
recuerdos
¿Cómo te recordará tu hija?
María A. de López
Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Y
que sus hijas, como yo, puedan orar diciendo: ¡Te bendigo,
Señor, por el padre que me diste!
Últimamente, mi agenda ha sido más apretada pero
también más novedosa, al involucrarme en actividades
diferentes a las que normalmente realizo. Mientras escribía
mis anotaciones sobre cada una de ellas, estuve preguntando, como
siempre: ¿Qué opinas, papá? ¿Tú
qué harías? Y, también como es usual,
tuve la incondicional ayuda de mi padre para tomar decisiones y
realizar mi trabajo
a pesar de que él murió
veintidós años atrás.
No, ésta no es una historia de espiritismo, ni del
más allá. Es el testimonio sencillo y diario
de cómo una influencia amorosa y positiva trasciende el tiempo,
las generaciones y, aun, la muerte. Es, en una palabra, cumplir
la misión que Dios nos encomendó al insuflarnos vida.
Papá tenía gran devoción por la Patrona
(Santa Ana), habiendo nacido en esa ciudad (1907), dentro de una
familia de agricultores. El quinto de seis hermanos, ejerció
sobre todos los suyos un liderazgo indiscutible. Dios le dotó
de una inteligencia privilegiada (fue autodidacta) y una personalidad
en la que su gran fortaleza y rectitud no reñían en
absoluto con su trato, sencillo y jovial. Nunca le oí calificar
a nadie como rico o pobre, para él,
las personas eran honorables o sinvergüenzas;
evaluaba conductas, no posesiones. Era un hombre de principios.
Poseía un profundo sentido del deber, inmenso amor a la familia
y a la Patria, e indomable espíritu de lucha; todo eso, junto
al apoyo de mi madre, le hizo remontar problemas de toda índole,
injusticias y grandes penas. En 1944, gravemente herido, fue encarcelado
y exilado; ya anciano, sufrió la muerte de dos de mis hermanos;
posteriormente, su sobrino a quien consideraba como otro hijo
fue víctima de un secuestro. Y así, en múltiples
y graves ocasiones, le vi doblegarse momentáneamente, para
luego erguirse con mayor fortaleza y dignidad.
Su vida fue limpia, fructífera y exitosa; al morir, casi
de 73 años, mi hermano y yo encontramos archivadas infinidad
de cartas, de diferentes épocas (firmadas igualmente por
humildes personas que por grandes figuras), agradeciéndole
su invaluable ayuda (económica y moral) en tal o cual situación.
No nos sorprendió, sabíamos que las duras experiencias,
privaciones y angustias que mamá y él vivieron les
volvieron más compasivos y generosos.
Yo fui la menor (después de tres varones) y mi relación
con papá fue única y maravillosa. Él fue para
mí padre, maestro, amigo, confidente, compañero de
trabajo y cómplice de mil travesuras. Imperfecto, claro,
como todo ser humano. Desde pequeña me fascinó una
cualidad muy suya (que mis hijos notaron a su tiempo): siempre tenía
respuesta para todo, no importando qué le preguntase. Cierto
que le vi estudiar, religiosamente, hasta el último día
de su vida, pero sus respuestas, además del aspecto académico,
incluían también un examen, desde todos los ángulos:
analizar lo bueno, lo justo, lo conveniente de cada situación,
y anticipar los resultados. ¡Aun siendo un hombre importante
y ocupado, hacía el tiempo para responder pacientemente!
Así me enseñó a tomar decisiones con responsabilidad;
aún oigo su voz, diciéndome: Tú vas a
vivir con las consecuencias de tus actos; decide qué es lo
correcto y hazlo.
Ahora soy abuela, pero igual que cuando niña,
acudo con todas mis preguntas a papá, sabiendo que, en sus
enseñanzas, obtendré una respuesta. Muchas veces me
canso, flaqueo, a ratos creo que nado contra corriente,
pienso que ya es hora de tirar la toalla y que otros
continúen la faena. Entonces, veo a papá, con su eterna
cachucha y su bastón, siempre trabajando, imparable, positivo,
inclaudicable. Y comprendo que, como él, tengo que dar mi
mayor esfuerzo. Hasta el final.
Quise escribir todo esto porque recién celebramos el Día
del Padre. Pero no lo escribo para recordar a papá, no es
necesario, porque su presencia cálida está conmigo
y los míos, permanentemente.
Escribo para todos los demás padres, especialmente para aquellos
que quizá no sean los mejores o, incluso, pudiesen catalogarse
como irresponsables o indignos. Lo hago en nombre de sus hijas:
para que, por ellas, reorienten su conducta y actitud; que ellas
puedan sentirse orgullosas de ustedes; que, a futuro, ellas les
recuerden con amor y devoción.
Y que sus hijas, como yo, puedan orar diciendo: ¡Te
bendigo, Señor, por el padre que me diste!.
*Columnista de El Diario
de Hoy
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