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De egoístas estamos llenos
Tu que piensas que no creo cuando argüimos los dos,/no imaginas
mi deseo, mi sed, mi hambre de Dios;/ni has escuchado mi grito desesperante,
que puebla la entraña de la tiniebla invocando al Infinito;/ni
ves a mi pensamiento, que empeñado en producir ideal, suele
sufrir torturas de alumbramiento (Amado Nervo).
Janet Cienfuegos
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com
¿Dónde
hallar a Dios?...
En todas partes donde haya alguien que lo invoque...
A Dios se le lleva dentro, en todo momento y lugar, sencillamente
está, con uno, para felicidad de quien decida convivir con
El.
Si mi espíritu infecundo tu fertilidad tuviese, forjado
ya un cielo hubiese para completar su mundo./Pero di, ¿qué
esfuerzo cabe en un alma sin bandera que lleva por dondequiera tu
torturador ¿quién sabe?;/que vive ayuna de fe y, con
tenaz heroísmo, va pidiendo a cada abismo y a cada noche
un porqué./De todas las suertes, me escuda mi sed de investigación,
mi ansia de Dios, honda y muda; y hay más amor en mi duda
que en tu tibia afirmación.
El egoísmo se ha convertido en rey. Cada día lidiamos
con personas que llevan por bandera su amor (enfermizo) por ellos
mismos y todo lo que les rodea; personas para quienes lo más
importante de la vida depende de lo que puedan lograr para ellos
mismos, sin importarles para nada los demás.
No podemos caminar juntos si vamos separados, no podemos conquistar
rumbos similares si nuestras metas son ajenas a lo que quieren los
demás.
Hay lazos que nos unen, pero solo nos unen cuando decidimos enlazarnos;
decisiones que tomamos entre todos, que nos alejan de ese egoísmo
mezquino que prevalece por encima de cualquier cosa.
Tendemos a ponernos como centro de nuestro propio universo, ese
que hemos creado para beneficio propio, sin importar lo que es bueno
para todos.
De mediocres egoístas está lleno nuestro mundo.
Bien podemos desear cambiar este a veces tan sombrío panorama,
ese egoísmo generalizado nos empuja a desear esos cambios
que son provechosos individualmente, raras veces pensamos, y menos,
hacemos algo que sea de beneficio público.
Y aun así cuando vemos el intento de alguien por cambiar
las cosas, rápidamente instalamos ese muro intraspasable
que deje su intención en nada más que eso, una intención.
Tenemos miedo de dar porque incluso cuando no hemos movido un dedo
para hacerlo, pensamos en que al hacerlo seremos quienes perdamos,
pero pedimos, siempre pedimos todo...
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