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La nota del Día
Meucci, no Bell, inventó la telefonía

Hablar al vecindario o al otro extremo del mundo lo hizo posible Antonio Meucci

Antonio Meucci, un emigrante italiano que hace más de un siglo murió pobremente en Nueva York, fue el inventor del teléfono, como lo ha proclamado la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Al día de hoy, esa gloria se adjudicaba a Alejandro Graham Bell, que tenía apenas dos años de edad cuando Meucci comenzó a trabajar en su ingenio.

La noticia no ha movido nada, y es seguro que por un tiempo, o para siempre, en enciclopedias, historias y libros de texto se continúe atribuyendo a Bell lo que con descaro robó. Entre otros casos similares está el invento del helicóptero por un español (Juan de la Cierva) pero atribuido a un estadounidense. Y en esto de robar inventos, son famosas las pretensiones de los comunistas rusos, que atribuían a congéneres suyos haber inventado todo, como lo estampaban en letras de molde en la gran enciclopedia soviética.

La historia del pobre y hasta ahora olvidado Meucci es desgarradora. Llegado en la segunda mitad del Siglo XIX a la tierra de las promesas, los Estados Unidos, Meucci siguió trabajando en su aparato, lo que consumía sus pocos recursos, ya agotados por la enfermedad terminal de su esposa. El inventor había emigrado de Italia a Cuba, donde continuó con su investigación, y de Cuba salió para Nueva York. Meucci era tan pobre que nunca tuvo el dinero para patentar su invento, lo que dos años más tarde consiguió Bell con la ayuda de la recién fundada Western Union.

Bell no sólo se adjudicó la fama, sino que hizo una enorme fortuna. Al día de hoy, las compañías telefónicas en Estados Unidos llevan su apellido (Southern Bell, “baby bells”, etc.); hasta hace poco esos conglomerados constituyeron un monopolio de hecho, las “Bells” y la ATT, que inclusive opusieron el uso de los módems para transmitir datos, hasta que la Corte Suprema los declaró legales. Con este último paso da inicio el mundo prodigioso del Internet y la transmisión electrónica de datos, incluyendo fotografías. Con el Internet, a los pueblos pobres del mundo se les abren insospechadas posibilidades, las que están lejos de ser aprovechadas siquiera en una mínima parte.

Se globaliza la ciencia y el deporte


Trabajando solo, Meucci logró lo que ninguna universidad de su tiempo, ni menos los gobiernos de entonces, llegaron a soñar. Pero poco después, al reconocerse el potencial y la realidad de la telefonía, casi todos los gobiernos cayeron encima de las comunicaciones telefónicas y telegráficas, lo que a su vez dio lugar a espionajes y control sobre los ciudadanos.

A todos nos es difícil imaginar un mundo sin teléfonos o inclusive sin Internet. Hablando sobre la aparición de nuevas luminarias en el actual campeonato de fútbol, el New York Times dice que, en parte, eso se debe a la globalización y al Internet: jugadores y entrenadores de cualquier lugar de la Tierra pueden conocer las nuevas técnicas deportivas, valorar estrategias, emular jugadas.

Aunque en Senegal no accedan a las publicaciones científicas, habrá decenas de miles que estudien al milímetro las tremendas patadas de Ronaldo y de Zinedine.

Todo comenzó gracias a la inteligencia, la perseverancia y los terribles sacrificios de un olvidado inventor italiano, que sentó una de las más importantes bases del esplendor de la edad contemporánea. Hablar al vecindario o al otro extremo del mundo lo hizo posible Antonio Meucci

 

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