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Amor
y voluntad a prueba
Las
esperanzas de los padres están centradas en sus hijos, en
educarlos y en hacerlos gente de bien. Pero la vida, a veces, le
da vuelta a la moneda.
Karen Funes
vida@elsalvador.com
Para don Juan Estrada bastaría con que Dios le concediera
ver a su hijo caminar, aunque sea con andadera, y por eso su esfuerzo
cotidiano y el de su familia gira en torno a este deseo.
Cristian Yoalmo, su primogénito de nueve años, sufrió
de rubeola antes de nacer y la vida le propuso una misión:
hacer todo lo que estuviera a su alcance para mejorar su calidad
de vida.
Aunque estuvo en incubadora por 15 días y lo llevábamos
a consulta, nunca nadie nos dijo que el niño tenía
algún problema sino hasta que cumplió ocho meses y
nos preocupamos demasiado, comenta este padre de familia.
Cristian sufrió parálisis cerebral y no podía
mover sus dos piernas ni su brazo derecho, además padecía
estrabismo en ambos ojos. Fue entonces cuando inició la peregrinación
para procurar su rehabilitación. Lo más triste
de todo era que mi esposa lloraba y me decía nunca
lo veré caminar, añade don Juan.
Arduo camino
La vida de Cristian ha dado giros rotundos gracias al trabajo de
sus padres. Inició su rehabilitación en el Centro
de Invalideces Múltiples (CIM), donde estuvo cerca de cuatro
años y luego fue remitido al Instituto Salvadoreño
de Rehabilitación de Inválidos (ISRI). Ahora
se sienta y come solo; además el próximo año
irá a primer grado, explica orgulloso su padre.
Al menor le han realizado ya tres operaciones, incluyendo la de
los ojos que les costó ocho mil colones, un esfuerzo descomunal
para esta familia.
Las crisis económicas no se han hecho esperar en el proceso.
Eurante dos años no tuve trabajo y sólo mi esposa
mantuvo el hogar, pero gracias a Dios conseguí uno y hoy
he podido hacerme de este negocio poco a poco. Así hemos
podido comprarle sus lentes, medicamentos y lo que van necesitando
nuestros hijos, asegura Juan.
Don Juan y su esposa son emprendedores. Juntos se han involucrado
en mejoras para su familia, como la casa que ahora pagan a un banco
y un molino de nixtamal que un amigo le ofreció en pagos
y gracias al cual sobreviven.
Cristian viaja con su padre en el bus desde Lourdes a Santa Tecla
para asistir al kinder y luego acompañar a su padre en el
negocio. Aunque recién fue operado de la pierna, espera con
ansias sus días de terapia y mientras tanto comparte su tiempo
con sus hermanitas, de cuatro años y de cuatro meses.
No ha sido fácil todo esto, pero Dios no nos ha dejado
caer, añadió.
Apoyo paterno
Nadie está preparado para ser padre y si el hijo tiene algún
tipo de discapacidad, el acercamiento a terapeutas que expliquen
su manejo motor, sicológico y de lenguaje es vital.
Según la licenciada Sara de Molina, fisioterapista del ISRI,
el interés de ambos padres es beneficioso para el niño
y para ellos mismos al aceptar y comprender el problema.
La generalidad es que las madres se acerquen a las terapias
no sin antes haber superando miles de dificutades. Sus compañeros
de vida se desalientan cuando los niños sufren problemas
tan serios como la parálisis. Don Juan es en verdad una excepción,
añade la especialista.
Y es que el padre de Cristian es el único hombre que se ha
entregado de lleno a las terapias de su hijo porque está
comprometido y porque su manejo es muy dificil. Bajo tormentas y
las peores dificultades, él no deja de asistir a las terapias.
La licenciada de Molina explica que Cristian sufre de parálisis
cerebral con un compromiso motor de cuadriparesia espástica.
Esto significa que hasta hoy él tiene buen manejo de su cuello,
leve control de su tronco y limitaciones en sus extremidades.
A nivel intelectual está integrado a la escuela regular
y tiene buena conversación. Su maestra únicamente
debe tenerle paciencia para que él termine con sus actividades
escolares, asegura.
Cristian es un niño de nueve años y una edad motriz
de ocho meses, y aunque su caso puede catalogarse como moderado
a severo está en plena evolución... gracias
a su padre.
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