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Como decíamos ayer
La tragedia del desempleo en L.A.


Los salarios no los pagan las empresas, sino los consumidores que adquieren los bienes que estas empresas ponen a la venta

En problema del desempleo se viene discutiendo desde hace muchos años, sin que en apariencia se pueda llegar a soluciones definitivas para él. La desocupación afecta a las personas en lo particular y a las comunidades en general; a las primeras, porque impide que ellas puedan sostenerse por sí mismas y tengan que recurrir a la ayuda de extraños o de familiares para subsistir; a la segunda, o sea a una nación entera, porque significa un desperdicio del potencial de mano de obra y una merma en la producción.

En la Hispanoamérica, y en los países subdesarrollados, el desempleo ha adquirido caracteres trágicos, creando explosivas situaciones sociales y siendo el culpable del atraso que se sufre en muchos campos.
Lamentablemente, como ocurre cuando se discuten esta clase de temas, los participantes recurren a mil estudios, diversas disciplinas científicas y buscan la opinión de toda suerte de grupos y entidades, pero haciendo a un lado los fundamentos de la ciencia económica y aferrándose a intereses políticos, que impiden un examen objetivo de los argumentos que se presentan. Es por ello que casi todos los seminarios que se organizan sobre cualquier problema, ya se trate de la reforma educativa, del mal servicio de los transportes, o de la desocupación de un gran número de salvadoreños, llegan a conclusiones erróneas o sólo en parte veraces.

Por regla general, un país sufre desempleo cuando en el mercado de trabajo se imponen condiciones irreales o salarios que no están de acuerdo con la productividad de un porcentaje de los trabajadores. Este principio se ha visto demostrado una y otra vez, siendo muy pocos los gobiernos que han tenido el valor de reconocer este hecho y de liberar a sus súbditos de las muchas regulaciones, leyes o trabas que impiden a un hombre encontrar trabajo.

Muy pocos ponen en duda los sentimientos altruistas que motivan esta clase de medidas, pero ya se sabe que “de buenas intenciones, está pavimentado el camino del infierno”. Todos quisieran, y a todos beneficiaría, que cada habitante reciba un ingreso suficiente como para “vivir con dignidad”, y que sus recursos le alcancen para cuidar de la salud, la alimentación, la vivienda y el esparcimiento de su grupo familiar, y que además tengan algunas garantías sobre la continuidad de su empleo. Pero cuando se trata de llevar a la práctica estos propósitos, se da uno cuenta de la existencia de una serie de factores que impide su cabal realización, como es la carestía de recursos, la falta de capital para organizar nuevas empresas y la estrechez de los mercados que puedan absorber los productos o los servicios del trabajador. A fin de cuentas, los salarios no los pagan las empresas, sino los consumidores que adquieren los bienes que estas empresas ponen a la venta. Allí está la principal limitante a un gran número de planificaciones utópicas.

Para cada nuevo empleo se necesitan grandes inversiones

En El Salvador, la creación de cada puesto de trabajo necesita de inversiones que oscilan entre los 50 mil y 500 mil colones, según la actividad de que se trate. Esto quiere decir que, para resolver el problema del desempleo, debe el país hacer una fuerte inversión, lo que no se lleva a cabo cuando hay desconfianza o cuando se impide la formación de los capitales necesarios. Es ilusorio pensar que “el Estado” puede crear empleo, ya que en todo caso sólo hace un uso ineficiente de los recursos que se obtienen de la ciudadanía y que, por regla general, es capaz de usar sus dineros con más efectividad. Un análisis financiero de las últimas “grandes obras” realizadas pone esto en evidencia.

El problema del desempleo está vinculado en esencia al problema del desarrollo y de la inversión, como ya hemos dicho. Cada centavo que se ahorre y que sea utilizado para promover nuevas empresas de cualquier índole, contribuye a crear más puestos de trabajo en el país; en cambio, los dineros que se despilfarren, que se utilicen para obras improductivas o que simplemente aumenten burocracia, no sólo no contribuyen a resolver la desocupación, sino que la agravan.
( Publicado el 16 de junio de 1978 )

 

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