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El paraíso de Ricardito

Lo que más irritaba a Ricardito era ser molestado. Y eso valía para cualquier evento de la vida. En especial le molestaba que lo despertaran en medio de una ensoñación, así la tuviera a mitad de la calle mientras conducía su carro último modelo.

Por Luis Lainez
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com

Por ejemplo, le irritaba sobremanera que la gente dijera que el país estaba mal.

- ¿Cómo es que hay gente tan negativa? ¿Es que acaso no perciben lo bien que trabaja este gobierno, mi gobierno? ¿Sólo tienen ojos para lo malo? ¿No les da vergüenza mirarse cada día al espejo y ver lo mentirosos que son?

Como regla general, estas eran las últimas palabras que Ricardito pronunciaba en cualquier bar antes que lo echaran a patadas, aunque apenas hubiera dado dos sorbos a su copa.

La culpa la tenía él, por incitar a los parroquianos a hablar sobre política.
Así que Ricardito se volvió solitario. A decir verdad, no le molestaba en nada el sentirse solo, porque consigo mismo no solía pelear (a veces sí, cuando luchaba por peinar ese cabello rebelde que tenía).

Para él, el mundo funcionaba perfectamente (Ricardito era un hombre de partido a toda prueba). Algunos de sus allegados (él no los consideraba amigos) decían que usaba unos lentes de contacto especiales que mostraban a sus ojos un paraíso inexistente.

Un buen día llegó al gobierno, a cargo de una importante cartera de Estado. Se hizo viceministro y puso en práctica todas las teorías que había vivido desde su adolescencia.

- ¡Entienda! ¡No quiero ver chatarras en las calles, afean el paisaje y, además, son peligrosas y dañan el medio ambiente!

En esta idea, muchos de sus paisanos estuvieron de acuerdo, cansados de exponerse a diario en esos armatostes.

Y cada vez que tenía una idea, la ponía en práctica, así fuera la cosa más absurda o totalitaria.

Entonces se le ocurrió que Dios lo había ungido para dar permiso para construir túmulos.

- ¿En qué cabeza cabe afear las calles con semejantes adefesios?
- Es para proteger a mis hijos -le contestó un ciudadano.
- ¿Protegerlos, de qué?
- ¡De los microbuses, señor y de todos esos muchachitos que creen que las calles de mi colonia son pistas de carrera!
- Señor, lamento decirle que está equivocado. ¡En El Salvador la gente respeta la ley!
El hombre le lanzó una mirada de misericordia.

 

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