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Comentando
Día de la Gratitud, Día de la Cruz
La
alegría de sabernos hijos de Dios, creados con amor para
una misión especial, nos debe llevar a dar gracias en cada
momento, amando y sirviendo a Nuestro Padre
Julia Regina de Cardenal*
Desde
todos los tiempos y culturas, el ser humano reconoce como creador
a un ser superior. Nuestros ancestros, los pipiles, acostumbraban
a dar gracias a sus dioses, entrado el invierno; o sea, en los primeros
días de mayo, por ser proveedores de todos los bienes que
obtenían de la tierra.
Los conquistadores españoles de América trajeron consigo
la fe católica y enseñaron a los indígenas
a creer en un solo Dios Todopoderoso, que vino al mundo hecho hombre,
dio su vida en una cruz y resucitó para nuestra salvación.
Se designó la tradición de adorar la cruz dando gracias,
como la costumbre anterior. Por eso, los cristianos sembramos una
cruz hecha de palo de jiote y la adornamos con todo tipo de frutas,
flores y manualidades.
El 3 de mayo se designó como Día de la Gratitud
para que los salvadoreños, pueblo que ha cargado la cruz
con mucho esfuerzo, demos gracias a Dios por todo lo que nos da.
A pesar de lo que hemos sufrido, somos gente trabajadora, cristiana,
agradecida, de buenos sentimientos y con la vista puesta en Dios.
Dios quiere que seamos felices pero, a veces, confundimos la felicidad
duradera con la pasajera que sólo deja vacíos. Muchos
piensan alcanzarla en la fortuna; otros, en la fama o en el poder,
y al fracasar quedan sumidos en una frustración que afecta
a todos a su alrededor.
Es fácil dar gracias a Dios cuando todo va bien. Pero qué
difícil es comprender por qué Dios permite el dolor.
Nuestra reacción ante la prueba puede ser de rebeldía
-lo cual nos amarga-, de resignación -que nos deja desdichados-o
de abandono en su santa voluntad, amándola y aceptándola
con paz. Vivimos en un mundo materialista y consumista que engaña
en la búsqueda de la felicidad, pero hay personas que son
regalos especiales que Dios manda como ejemplo para encontrar la
verdadera felicidad.
Montserrat Grases es un modelo de una entrega total a la voluntad
de Dios. Una jovencita que nació dentro de una familia profundamente
cristiana, educada en un clima de piedad sincera y de amor a la
libertad. A los 17 años se le diagnosticó cáncer
de hueso, causa de intensos dolores llevados con serenidad y con
heroica fortaleza. Durante su enfermedad, jamás perdió
su contagiosa alegría y su capacidad de amistad que brotaba
de un verdadero celo por las almas, acercando a Dios a muchas amigas
hasta que murió a los 18 años.
La alegría de sabernos hijos de Dios, creados con amor para
una misión especial, nos debe llevar a dar gracias en cada
momento, amando y sirviendo a Nuestro Padre y a nuestros hermanos.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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