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Tomando la palabra
¡Como “en los Estados”!

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Los salvadoreños (que éramos tan “cacheros”), nos fuimos transformando en pordioseros e inútiles. Sólo ocupamos energías para exigir

Misterio indescifrable: cómo tantos compatriotas arriesgan incluso la vida, venden todo y abandonan familia, amigos, trabajo, etc., persiguiendo su sueño de irse “para los Estados (Unidos)”. Pero, mientras tanto, simplemente vegetan, son apáticos e indiferentes a lo nuestro, se quejan en forma constante y no mueven ni un dedo para mejorar aquí su situación actual. Son, tristemente, aves de paso en su propio país.

Habría que examinar caso por caso, para ser objetivos, sin duda, muchos de ellos (no todos) viven una situación en verdad dramática, y eso les hace pensar en emigrar. Sin embargo, lo que les espera tampoco es fácil, agravado por encontrarse con otro idioma, climas extremosos y urbes gigantescas, donde el ser humano es poco más que una hormiga.

¿Entonces? La respuesta no es científica, pero sí obvia: padecemos de un mal intangible, sumamente grande, que nos impide salir de la pobreza y el subdesarrollo: la mentalidad de que “yo tengo un problema y OTROS tienen que resolvérmelo”, ¡a como dé lugar!

A esta errada actitud contribuyen los profetas apocalípticos que escuchamos casi a diario en los programas de opinión; aquellos que atribuyen la emigración a “la pobreza producida por las políticas neoliberales y falta de oportunidades”, sin reconocer que el libre tránsito de ciudadanos salvadoreños es, por sí mismo, un mentís a sus teorías. Arremeten contra toda gestión gubernamental y empresarial, aunque éstas sean beneficiosas y necesarias; se limitan a largas peroratas en descrédito de lo mucho que ya se ha hecho, pero sin aportar ni una brizna de solución para lo que falta por hacer. ¡Qué desconsuelo!

Comentaba un compañero de estudios sobre la crisis en que muchas empresas pequeñas o informales se encuentran, y mencionaba cuántas de ellas trabajaron por años con ganancias del 200%, sin pagar impuestos ni prestaciones; por supuesto, con las exigencias competitivas de hoy, no pueden sobrevivir así. Coincidimos en que la administración duartista nos hizo un inmenso daño, cambiando nuestra idiosincrasia; fue desde entonces que la gente se acostumbró a extender la mano y recibir, sin tener que trabajar para ello.

Los salvadoreños (que éramos tan “cacheros”), nos fuimos transformando en pordioseros e inútiles. Sólo ocupamos energías para exigir. Se entronizó la “cultura del no-pago”, porque nos acostumbramos a tomar decisiones sin tener que afrontar sus consecuencias. Y eso, en todos los ámbitos: estudiantes que no aprenden, porque de todos modos “pasan”; empleados irresponsables, pero inamovibles por “alcahuetería” del Código de Trabajo; clientes morosos que protestan si se les cobra; automovilistas y buseros que infringen atentatoriamente el Reglamento de Tránsito y después piden un decreto que los exonere de pagar las multas; personas jurídicas y naturales que evaden impuestos, etc. A eso, añadamos que somos sucios, tiramos todos los desperdicios en la vía pública y luego culpamos al gobierno cuando se inundan las calles o se desata alguna epidemia. ¡Entonces sí! Exigimos que se nos atienda de inmediato y se nos indemnice de cuanta pérdida —real o imaginaria— hayamos sufrido. Como decía mi tío: ¡Ve, pues, qué galán!

El punto es que las “aves de paso” que mencionaba, si algún día llegan “a los Estados”, se verán obligados a trabajar sin prestaciones, en la mayoría de los casos; en un ambiente de total libertad de contratación, a la cual aquí se oponen tenazmente, impidiendo así la creación de más empleos; deberán alcanzar determinada productividad, o perderán el puesto; si botan basura en la calle, escupen “u otros”, que aquí hacen con total desfachatez, serán multados, y si no pagan, serán encarcelados. El Reglamento de Tránsito no admite ni la menor falta (¡con toda razón!) y es aplicado con estricta severidad. (¡Ay de los buseros que piden asilo político por sentirse “perseguidos”! ¿por fantasmas, quizá?). Las deudas son sagradas y deben honrarse en forma escrupulosa, so pena de total marginación: quien tiene un mal historial crediticio, difícilmente volverá a emplearse. Y ¡que no se les ocurra pintarrajear paredes! La ley es dura.

Si están dispuestos a pasar por todo eso, les felicito. Pero me duele que esperen a pisar suelo extranjero para observar esas reglas de buena conducta que deberían practicar, en primerísimo lugar, en su Patria.
Podríamos ver un cambio extraordinario, si todos decidiéramos comportarnos “como en los Estados”.

*Columnista de El Diario de Hoy

 

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