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La
nota del día
Desalojen calles de chatarra y mugre
La campaña de limpieza, Dios mediante se siga hasta su lógico
final, se debe emprender con gana y energía, sin admitir
las excepciones que de inmediato producen más excepciones
Para recuperar la vía que atraviesa el municipio de San
Marcos, el Viceministerio de la Vivienda proyecta retirar el ripio
y la chatarra que obstruyen buena parte de la calzada, para lo cual
se ceñirá a las ordenanzas municipales. Esa vía,
como muchas otras, está invadida por lo que allí dejan
los negocios aledaños, como hacen los talleres de reparación
de automóviles.
El remedio a semejante desorden es el que aplicó el alcalde
Giuliani a los pobladores de Nueva York: cero tolerancia. Quien
tira ripio, deja vehículos abandonados, tiene chatarra frente
a su negocio, al ser sorprendido en flagrancia, paga las consecuencias.
Y eso es particularmente efectivo, si se trata de camiones que van
a tirar ripio y basura a la vera de las carreteras.
Durante un tiempo se aplicó una medida rigurosa, que en poco
tiempo estaba curando el mal. Cuando la policía pillaba a
un camión descargando ripio en un camino, no sólo
estaba forzado el dueño a retirar lo que había botado,
sino a limpiar todo el sitio. Por desgracia, la excelente medida
fue abandonada, de seguro por una interpretación constitucional
sobre esos tan mal entendidos derechos ciudadanos.
Pero limpiar el ripio es más o menos equivalente a las penas
sociales que se imponen a cierta clase de infractores.
Y pondremos un ejemplo también tomado de la ciudad de Nueva
York: los que cometen algunas faltas no van a dar a la cárcel,
sino que están en la obligación de barrer parques
y hospitales, cuidar escuelas. Para salvar las cuestiones constitucionales,
al infractor le ponen a escoger una de dos penas, la social
o ir a la cárcel; muy pocos jueces irían en contra
de una decisión voluntaria, aunque aquí, en nuestra
tierra, se ven muertos caminando.
La idea de Giuliani, a quien muchos juzgan fue el mejor alcalde
que ha tenido Nueva York, sobrepasando la figura de Fiorello Laguardia,
es que, al no tolerar nada, las cosas naturalmente caen en su cauce
de normalidad, decencia, orden y limpieza. En un extraordinario
trabajo que nos falta comentar, La ventana rota, se
hace ver que la tolerancia al desorden, en tal caso una ventana
rota o un vehículo abandonado frente a una casa, de inmediato
genera más ventanas rotas, vehículos tirados, casas
derruidas y suciedad por doquier. El mal ejemplo cunde y, al final,
un barrio entero se viene abajo. A la inversa, cuando a la gente
se le obliga a quitar el ripio y poner orden frente a sus negocios
y viviendas, otros comienzan a imitar la buena obra.
Si nacen en el desorden, no mueran en él
Volvamos a San Marcos. Al poner automóviles arruinados frente
a una casa, los vecinos hacen lo mismo. Es decir, en vez de ir a
tirar ese vehículo chatarra donde corresponde para que lo
fundan y hagan varillas de hierro, se queda de monumento a la suciedad
y al relajo. Y una manzana podrida corrompe al resto.
La campaña de limpieza, Dios mediante se siga hasta su lógico
final, se debe emprender con gana y energía, sin admitir
las excepciones que de inmediato producen más excepciones.
La gente debe darse cuenta de que es ella la que vive allí,
ella la que paga las consecuencias, ella la que se ve forzada a
educar mal a sus hijos, con ejemplos tales frente a los ojos. Aunque
se nazca así, no hay que morir así.
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