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Una
mirada de fe
Renueva, Señor, nuestro espíritu
Oscar Rodríguez Blanco s,
d, b.
El Diario de Hoy
E-mail: osrobla@hotmail.com
Lo
que hoy celebramos no es sólo un recuerdo de lo que sucedió
aquel primer Pentecostés de la Iglesia, cuando María,
la Madre de Jesús, los Apóstoles y discípulos
recibieron la fuerza del Espíritu Pentecostés es una
realidad para la Iglesia de hoy
Hoy, domingo de Pentecostés, al finalizar los cincuenta
días de pascua, estamos celebrando el gran don, prometido
por Jesucristo a sus discípulos, antes de subir al cielo:
el Espíritu Santo. Pentecostés era una de las fiestas
más importantes que celebraba el pueblo judío. En
sus orígenes había sido una fiesta de agricultores
que agradecían a Dios los frutos que la tierra les había
dado, pero en los últimos siglos del Antiguo Testamento pasó
a ser la fiesta con la que celebraban el regalo que Dios había
hecho a su pueblo, entregando a Moisés las Tablas de la Ley.
Fue en esta ocasión cuando sucedió el acontecimiento
que nosotros celebramos y que llamamos Pentecostés o fiesta
del Espíritu Santo.
Lo que en este día celebramos no es sólo un recuerdo
de lo que sucedió aquel primer Pentecostés de la Iglesia,
cuando María, la Madre de Jesús, los Apóstoles
y discípulos recibieron la fuerza del Espíritu. Pentecostés
es una realidad para la Iglesia de hoy, para cada una de las comunidades,
para cada uno de nosotros. Es la actualización del regalo
que Cristo prometió a su Iglesia: el Espíritu Divino.
Los Hechos de los Apóstoles nos narran lo sucedido: Cuando
llegó el día de Pentecostés, estaban todos
reunidos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un gran ruido,
como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó
toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego
que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos
(Hch.2, 2-3).
Es natural que todos los que se encontraban ahí reunidos
tuvieran miedo por los acontecimientos que habían sucedido
en Jerusalén; se sentían nerviosos e impotentes, pero
su actitud era la de permanecer unidos en la oración, esperando
el cumplimiento de la promesa que Jesús les había
hecho de enviarles el Espíritu Santo. Es en este ambiente
en el que aparecen como signos del Espíritu el viento y el
fuego. El ruido del viento simboliza la fuerza invisible de Dios,
su poder, su aliento, su presencia y acción; el fuego simboliza
la purificación, la presencia eficaz de Dios, la luz que
hace distinguir los colores, la luz que da seguridad. Esa fuerza
irresistible simbolizada en estos elementos es el Espíritu
Santo, que no cae bajo el control de nuestros sentidos. No lo vemos,
pero sí sentimos sus efectos, porque habita en nosotros y
lo llamamos Dulce Huésped del Alma.
Esa fuerza misteriosa, espiritual, fue la que llenó de gozo
y valentía a los Apóstoles, fue el impulso que recibieron
para proclamar las maravillas de Dios, con el único lenguaje
del amor, haciendo llegar la salvación de Jesucristo a los
hombres de todas las razas, pueblos y naciones. Los Apóstoles
comprendieron mucho mejor ese día las palabras de su Maestro:
Como el Padre me ha enviado, así también los
envío Yo. Este es el don que pedía Juan XXIII
en la oración por el Concilio: Renueva en tu Iglesia
los prodigios de un nuevo Pentecostés, y ese es también
el don que necesitamos para nuestra vida de cristianos.
Hace falta un nuevo Pentecostés en nuestras vidas, para
que tengamos el coraje de anunciar sin temores la verdad de Jesucristo.
Necesitamos cambiar nuestras actitudes tímidas e indecisas
para dar testimonio de lo que Dios ha hecho en nosotros. Necesitamos
la fuerza del Espíritu Santo para superar la arterioesclerosis
espiritual que trae apatía espiritual a nuestras vidas y
nos hace perder el gusto por las cosas de Dios.
Necesitamos el Espíritu-Renovador que dé belleza
y entusiasmo a nuestra vida. Existen jóvenes sin ninguna
ilusión ni esperanza, a los que el Evangelio no les dice
nada; están en plena frescura biológica, pero tienen
un alma de viejos. A Dios gracias, hay también viejos con
juventud espiritual que trasparentan fe, alegría y optimismo.
Hoy tenemos que rezar con fe la bella secuencia que la liturgia
nos presenta este día: Mira el vacío del alma
si Tú le faltas por dentro, y mira el poder del pecado cuando
no envías tu aliento.
*Párroco de la iglesia de
María Auxiliadora (Don Rúa).
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