Turismo
 
Inicio del Sitio Domingo 19 de mayo
 

 




CHAT
FOROS
CORREO
COMUNIDAD
CLASIFICADOS
EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
PDA
ESCRIBANOS
CONOZCANOS


 
 

Una mirada de fe
Renueva, Señor, nuestro espíritu

Oscar Rodríguez Blanco s, d, b.
El Diario de Hoy
E-mail: osrobla@hotmail.com

Lo que hoy celebramos no es sólo un recuerdo de lo que sucedió aquel primer Pentecostés de la Iglesia, cuando María, la Madre de Jesús, los Apóstoles y discípulos recibieron la fuerza del Espíritu Pentecostés es una realidad para la Iglesia de hoy

Hoy, domingo de Pentecostés, al finalizar los cincuenta días de pascua, estamos celebrando el gran don, prometido por Jesucristo a sus discípulos, antes de subir al cielo: el Espíritu Santo. Pentecostés era una de las fiestas más importantes que celebraba el pueblo judío. En sus orígenes había sido una fiesta de agricultores que agradecían a Dios los frutos que la tierra les había dado, pero en los últimos siglos del Antiguo Testamento pasó a ser la fiesta con la que celebraban el regalo que Dios había hecho a su pueblo, entregando a Moisés las Tablas de la Ley. Fue en esta ocasión cuando sucedió el acontecimiento que nosotros celebramos y que llamamos Pentecostés o fiesta del Espíritu Santo.

Lo que en este día celebramos no es sólo un recuerdo de lo que sucedió aquel primer Pentecostés de la Iglesia, cuando María, la Madre de Jesús, los Apóstoles y discípulos recibieron la fuerza del Espíritu. Pentecostés es una realidad para la Iglesia de hoy, para cada una de las comunidades, para cada uno de nosotros. Es la actualización del regalo que Cristo prometió a su Iglesia: el Espíritu Divino.

Los Hechos de los Apóstoles nos narran lo sucedido: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un gran ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos” (Hch.2, 2-3).

Es natural que todos los que se encontraban ahí reunidos tuvieran miedo por los acontecimientos que habían sucedido en Jerusalén; se sentían nerviosos e impotentes, pero su actitud era la de permanecer unidos en la oración, esperando el cumplimiento de la promesa que Jesús les había hecho de enviarles el Espíritu Santo. Es en este ambiente en el que aparecen como signos del Espíritu el viento y el fuego. El ruido del viento simboliza la fuerza invisible de Dios, su poder, su aliento, su presencia y acción; el fuego simboliza la purificación, la presencia eficaz de Dios, la luz que hace distinguir los colores, la luz que da seguridad. Esa fuerza irresistible simbolizada en estos elementos es el Espíritu Santo, que no cae bajo el control de nuestros sentidos. No lo vemos, pero sí sentimos sus efectos, porque habita en nosotros y lo llamamos “Dulce Huésped del Alma”.

Esa fuerza misteriosa, espiritual, fue la que llenó de gozo y valentía a los Apóstoles, fue el impulso que recibieron para proclamar las maravillas de Dios, con el único lenguaje del amor, haciendo llegar la salvación de Jesucristo a los hombres de todas las razas, pueblos y naciones. Los Apóstoles comprendieron mucho mejor ese día las palabras de su Maestro: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío Yo”. Este es el don que pedía Juan XXIII en la oración por el Concilio: “Renueva en tu Iglesia los prodigios de un nuevo Pentecostés”, y ese es también el don que necesitamos para nuestra vida de cristianos.

Hace falta un nuevo Pentecostés en nuestras vidas, para que tengamos el coraje de anunciar sin temores la verdad de Jesucristo. Necesitamos cambiar nuestras actitudes tímidas e indecisas para dar testimonio de lo que Dios ha hecho en nosotros. Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo para superar la arterioesclerosis espiritual que trae apatía espiritual a nuestras vidas y nos hace perder el gusto por las cosas de Dios.

Necesitamos el Espíritu-Renovador que dé belleza y entusiasmo a nuestra vida. Existen jóvenes sin ninguna ilusión ni esperanza, a los que el Evangelio no les dice nada; están en plena frescura biológica, pero tienen un alma de viejos. A Dios gracias, hay también viejos con juventud espiritual que trasparentan fe, alegría y optimismo. Hoy tenemos que rezar con fe la bella secuencia que la liturgia nos presenta este día: “Mira el vacío del alma si Tú le faltas por dentro, y mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento”.
*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).

 

  HACIA ARRIBA

VERTICE Escuela de Angeles HABLEMOS Cactus-Mania GUANAQUIN Familia PLANETA ALTERNATIVO Dieta Espiritual


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal
   
CORREO GRATIS
Página principal de Mail
Usuario
Clave
 
¿No tienes cuenta?
Inscribete aqui!