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Sentido común
Hacen de las suyas con los nuestros

Ricardo Rivas*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El tigre ha afilado sus garras y sus colmillos y tiene hambre y sed. Si se lo permitimos, arrancará de una dentellada el futuro, la felicidad y, quién sabe si no, hasta la vida de nuestros hijos.

“¡Me estoy volviendo loco!, he dejado el cigarro, el trago, pero esto me mata en vida y no lo puedo dejar...” Ésta llamada la recibí un Domingo de Ramos de hace unos cuantos años. Era un amigo mío: preso, encadenado, destruido por el “crack” y la cocaína. Había perdido todo, sólo le quedaba lo más importante: su mujer y sus hijos. Afortunadamente, aún tenía neuronas, fuerzas y fe en Dios para reconocerlo y pedir ayuda.

Con las caras de sus dos retoños y de su esposa enterradas en lo profundo de la conciencia y en medio de una desesperación que rozaba con la locura, aquel hombre emprendió un camino de rehabilitación que al final terminó bien. Pero no todos tienen la misma suerte.

La droga está deshaciendo la vida de miles de personas en este país. Los casos de jóvenes y adolescentes adormecidos, alucinados y fatalmente condenados a la pesadilla de la adicción -que es la más espantosa de las pesadillas-desangran el tejido social de muchas de nuestras familias. Aquí, lo de ser rico o pobre sale sobrando. La droga animaliza parejo. Destruye parejo. Desagarra parejo. Sufre el adicto y, en su caminata por el infierno, se lleva del brazo a todos los que le quieren.

El adicto roba, golpea y hasta mata con tal de satisfacer su adicción. En gran medida, él o ella no tiene la culpa de lo que hace; la droga, sí. La lucha y el combate no es contra ellos, sino contra la droga. Contra el traficante que la distribuye. Contra el negocio que, disfrazado de bar, discoteca, pupusería o guardería, la provee. Contra el político que se hace del ojo pacho. Contra el juez que se hace de los dos. En esto, las condenas y los sermones salen sobrando, no curan. Las adicciones ceden con programas de rehabilitación adecuados y calor de familia. Tampoco a los mercaderes que se lucran con la locura de otros se les neutraliza con reprimendas verbales y llamados de conciencia. A éstos se les persigue, sean quienes sean, y se les aplica la ley hasta el fondo.

Una familia unida es la mejor vacuna contra la drogadicción. Según datos que maneja FUNDASALVA, la mejor receta para producir drogadictos es divorciarse con hijos menores de 12 años. Qué duro decirlo, pero qué cierto que es. Las cifras en este país demuestran que una gran cantidad de adolescentes cuyos padres se separaron cuando ellos tenían menos de doce años, hoy es adicta a la droga. Estos son los jóvenes preferidos por los meseros de las discotecas que comercializan con drogas.

El otro día, en una radio de San Salvador, un cipote valiente, ex drogadicto, contó sin pelos en la lengua cómo compraba cocaína en la más famosa de las discotecas de la Zona Rosa. También contó cómo, en éste y en otros lugares de por ahí, drogaban a las adolescentes echando barbitúricos en las bebidas para luego sacarlas y abusar de ellas. Piense cada padre que hoy me lee, en ese cuadro dantesco: una de sus hijas, drogada y siendo abusada por una partida de individuos narcotizados hasta el cogote....

Por fortuna, la Policía y la Fiscalía han comenzado a jugar un papel importante en este combate. Según ellos, este “Duque” que agarraron en la orgía de Amatecampo es uno de los mayores distribuidores de “crack”, cocaína y éxtasis de la Zona Rosa. Ahora está preso y Dios quiera que no lo suelten. Pero aún faltan muchos por caer. Por ello habrá que seguir estos procesos y no despegarle el ojo al sistema judicial ni a las mafias, que intimidan a quienes luchan contra este flagelo. A quienes amenazan jueces y asesinan testigos, como lamentablemente ha ocurrido la semana pasada. Conviene que los ciudadanos, además de proteger -que en este caso sería lo mismo que “educar”— a nuestros hijos, apoyemos, decidida y públicamente, las cosas buenas que hacen nuestras instituciones. Que sí, que sepamos exigir, pero también premiar. Que no sólo critiquemos. Que ayudemos a empujar a quienes ofrendan su vida por protegernos. Tanto en el tema de los secuestros como en el de las drogas, la PNC, bajo la dirección funcional de la Fiscalía, está golpeando duro y efectivo.

También hay que destacar el compromiso de todos los diputados de la Asamblea Legislativa, representados en la Comisión de Seguridad Pública, quienes se comprometieron a brindar todos los instrumentos legales que las autoridades requieran para el combate de este flagelo. Éstas son las actitudes que el país necesita.
El tigre ha afilado sus garras y sus colmillos y tiene hambre y sed. Si se lo permitimos, arrancará de una dentellada el futuro, la felicidad y, quién sabe si no, hasta la vida de nuestros hijos. Quienes se lucran con este negocio tienen en nuestra indiferencia, comodidad o cobardía, a sus mejores aliados. Estos barones de la droga tienen tres facturas que pagar: una, a sus víctimas; otra, a sus padres, y la última, a la sociedad. Cobrémosles antes de que estos “honorables” sinvergüenzas hagan de las suyas... con los nuestros.

*Cirujano dentista y columnista de El Diario de Hoy.

 

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