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Palabras
Regreso en los lirios
Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Juanita Ibarbourou regresaba, no obstante, a la vida como vuelve
la lluvia: Amante, no me lleves, si muero, al camposanto.
A flor de tierra a mi fosa, junto al reciente alboroto divino de
alguna pajarera.
Le pide a su amado que le arroje semillas dentro del parótico
rictus del regreso, paradoja de la fertilidad del semen en la tierra,
bajo la cual sus manos nunca estarán quietas en la tierra
y su vuelta le dice: Arrójame semillas, yo quiero que
se enraícen en la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas/ yo subiré
a mirarte en los lirios morados!.
En Resurrección de su poemario oro y tormenta,
ella ha de tener sus rosas como antes: Han de
volver mis duendes caminantes. Y mi marina flota de delfines. Retornarán
los claros serafines, mis circos con enanos y elefantes, mis mañanas
de abril, alucinantes... He de beber la vida hasta en la piedra...
y en sal de lágrimas furtiva (aunque como ella misma
lo diga en Chico Carlo, ninguna lágrima rescate nunca el
mundo que se pierde ni el desvanecido sueño).
Día
a Día
Las declaraciones de bienes de funcionarios son un paso, pero uno
que ha demostrado ser inútil hasta la fecha. Que sepamos,
nunca hubo una auditoría post-cargo que pusiera en evidencia
a alguien. Además, no cuesta nada colocar fondos en el extranjero,
como el presidente Portillo, de Guatemala, y sus compinches, o poner
a nombre del cónyuge y los hijos los bienes mal habidos.
Las declaraciones de probidad deberían incluir tanto al favorecido
con el puesto, como a toda su parentela hasta el tercer grado de
consanguinidad y etcétera.
Por ahora el problema de la corrupción crece a ojos vistas,
estando a punto de convertirnos en la sociedad cleptómana
a la que se refiere el pensador François Revel. La gente
está perdiendo sensibilidad, el problema se estima inevitable
y se llegan a considerar los delitos de esta clase como menores.
Los grandes corruptos de la década perdida, debe alertarnos,
pretenden reinsertarse en la vida pública, como si
nada hubiera pasado. La podredumbre, no lo olvidemos, es contagiosa.
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