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Breve
análisis
Decir tonterias en cinco idiomas
Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
cmayora@istmania.com
Tal
como se está orientando la educación en algunos ambientes,
nos estamos dirigiendo irremisiblemente a contar con una juventud
que dominará perfectamente cinco idiomas, pero lastimosamente
-en frase de Unamuno-, sólo será capaz de decir tonterías
En los tiempos que corren, cualquier colegio que se precie, si
quiere ser competitivo en el mercado, debe incluir necesariamente
entre los puntos fuertes de su oferta educativa dos asignaturas:
computación e inglés.
Todo padre de familia sabe que la informática y el inglés
son un moderno abracadabra que abre las puertas de los mejores empleos,
pues adornan muy bien cualquier currículum vitae. Más
aún, también es conocido que esas asignaturas son
elementos imprescindibles para estudiar cualquier ingeniería,
administración de empresas, negocios y ahora hasta medicina,
y que por lo tanto son la llave para conseguir una buena posición
económica en la vida, aunque, en realidad, el simple hecho
de terminar una carrera de esas no garantiza a nadie la prosperidad
económica
Pero ayudan, pues a nadie escapa que el inglés se ha convertido
en la lengua franca del imperio, y la informática
es actualmente mucho más que un idioma o un medio de comunicación:
es un modo de estar en la vida, es un ethos en el que se mueven
el hombre y la mujer modernos, y fuera del cual con frecuencia están
desubicados respecto al mundo laboral, social y, en algunos casos,
hasta del familiar.
Hasta aquí, muy bien, pero los problemas comienzan cuando
el panorama cultural y social de muchas personas se queda sólo
en las herramientas, y no se llega a ver más allá
de un horizonte estrecho y limitado. Es triste comprobar la tremenda
presión social y familiar que sufren inteligencias jóvenes
muy prometedoras, potencialmente infinitas -quizá las de
quienes tomarán el relevo en la dirección del país
en pocos años-, y que les hace conformarse con saber
para pasar, o con saber sólo lo que me va a servir,
y desechar como teórico o sin importancia lo que no tiene
utilización inmediata. Y no hablo sólo de alumnos
de bachillerato, me refiero, también, a estudiantes universitarios
y profesionales jóvenes, ávidos de saber cómo
aprender, pero sin ideas claras acerca de qué aprender.
Aprender a aprender se ha vuelto un tópico,
y se pone mucho esfuerzo en perfeccionar los modos de aprender,
pero, lastimosamente, se olvida cada vez más la pregunta
que se deriva lógicamente de esa frase hecha: ¿aprender
qué? A veces he cuestionado a otros con esa pregunta, y se
me ha contestado que los contenidos son lo de menos, pues eventualmente
pueden encontrarse en cualquier libro, en cualquier sitio de Internet
o en cualquier base de datos. Y precisamente ahí está
el meollo del problema: si se aprende en cualquier lugar, forzosamente
se aprende cualquier cosa.
Qué bien encajan aquí los versos de T.S. Eliot -citados
frecuentemente-, cuando dice: ¿Dónde está
la sabiduría que se nos ha perdido en conocimiento? ¿Dónde
está el conocimiento que se nos ha perdido en información?
Con ese afán de salir del paso (lamentablemente
no sólo en el caso de alumnos, sino también en el
de algunos maestros), al quedarse solamente en la capacitación
y adiestramiento para empuñar las herramientas, quedan fuera
del marco de la formación temas tan importantes como la capacidad
crítica, la cultura general, las humanidades (y por lo mismo
el sentido del esfuerzo, el sentido de la vida), la ética,
etc.
Y lo más grave, a mi juicio, es que se marchitan los grandes
ideales en las voluntades juveniles, los impulsos de cambiar el
mundo, de servir a los demás. Pues sobre una base fundamentada
sólo en el pragmatismo, no es posible la formación
cívica ni la creación de una conciencia en los jóvenes
de que son responsables de su formación para integrarse productivamente
en la sociedad donde viven.
En otras latitudes, los gobiernos se han dado cuenta de que mucho
de la crisis social por la que atraviesan sus países se debe
a la carencia de una formación que vaya más allá
de las disciplinas exclusivamente técnicas. El olvido de
las humanidades conduce a la incomunicación (aunque se hablen
cinco idiomas), la incomunicación lleva al aislamiento y
el aislamiento es el caldo de cultivo más fértil para
el totalitarismo.
Pero si se recuperan las humanidades, se ganan con ellas la capacidad
crítica (vital para la democracia), la incorporación
a la propia sociedad de los tesoros culturales de civilizaciones
distintas a la propia, la posibilidad de hacerse planteamientos
profundos respecto a la propia vida (vital para encontrar el sentido
de la existencia), y el incremento de la motivación y de
la capacidad de innovación (vitales en una sociedad cada
vez más intercomunicada).
Los padres de familia, los políticos y los educadores tenemos
que plantearnos a fondo esta cuestión. Si no, tal como se
está orientando la educación en algunos ambientes,
nos estamos dirigiendo irremisiblemente a contar con una juventud
que dominará perfectamente cinco idiomas, pero lastimosamente
en frase de Unamuno, sólo será capaz de
decir tonterías.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y
columnista de El Diario de Hoy.
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