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César
volvió a caminar
Hace dos meses, César Sáenz, de 11 años, salió
del país, en un avión ambulancia, con pronóstico
reserva-do por las graves quemaduras en el 75 por ciento de su cuerpo
Javier Ramón/ Margarita
Sánchez
El Diario de Hoy
servicios@elsalvador.com
Después
de varios dobleces, los jeans terminan en los tobillos.
Las mangas de la camisa le cubren hasta las manos. Sólo la
cachucha del Real Madrid y el último botón
desabrochado de la camisa descubren lo que, a simple vista, parecen
las secuelas de la tragedia.
Las partes sin piel y de color rosado a las que, sin querer, se
dirige la vista del foráneo son, curiosamente, las únicas
zonas del cuerpo que escaparon a las llamas aquel 5
de diciembre.
Desde su ingreso en el Hospital Shriners, de Galveston, Texas, Estados
Unidos, los médicos han obtenido la piel, precisamente, de
la cabeza y la zona del pecho. Con esfuerzo, y después de
muchas operaciones, la han ido injertando en los brazos, piernas,
espalda, en, prácticamente todo el cuerpo.
El viaje a la esperanza, como tituló el 20 de
diciembre El Diario de Hoy el viaje de César Sáenz
a Estados Unidos en uno de los primeros aviones ambulancia
que han aterrizado en el Aeropuerto El Salvador, en Comalapa,
es hoy un presente con esperanza.
La madre, cuando despidió a su hijo aquel día, recuerda
que no creía que iba a sobrevivir. El 27 de febrero,
a los pies del mismo aeropuerto, Adela vio de nuevo a su hijo ponerse
de pie y caminar con más decisión que esfuerzo.
A los 15 días de estar en el Hospital de Galveston,
ya caminaba, interrumpe, orgulloso, su padre y cercano compañero,
durante todo este tiempo, en los Estados Unidos.
César no aprendió inglés, pero eso no fue obstáculo
para hacer otros amigos. Tímido, de pocas palabras, a veces
inquieto por el destello del flash, no se atreve a decir un nombre,
pero asiente con la cabeza.
La ciudad
Lo que más le ha impresionado de Galveston, lugar al que
tiene que regresar para una nueva cita el 11 de junio, es la ciudad.
Junto a la casa de gruesos muros de barro, el invierno tan seco
y el accidentado paisaje de los adentros de Jocoro, en Morazán,
le vienen a la imaginación los edificios de cemento que se
pierden en las alturas, el mar desde el séptimo piso del
hospital,... la ciudad.
Con el paso lento de las botas ortopédicas, con par de barillas
de hierro que protegen la articulación del tobillo, César
no inquieta el discurrir de una fila de pollos. Su voluntad, las
ganas de volver al quinto grado de la escuela el próximo
curso, sin embargo, sorprende a los presentes.
Más aún, después de conocer lo ocurrido aquel
5 de diciembre y que Adela, segura de la recuperación de
su hijo, relata con detalle.
César miraba con atención varios patos y gansos en
un predio conocido como La Presa, un kilómetro a las afueras
del municipio de Jocoro y camino al cantón La Laguneta, donde
reside.
Con voz serena, dos días antes de su cumpleaños número
once, el ruido de una pulidora despertó el instinto maternal
del peligro. Segundos después de un no te acerques
demasiado, siguió una estruendosa explosión.
Varios heridos
El hombre que estaba cortando una lata, que iban a utilizar como
depósito de comida para las vacas, le quebró del tobillo
para abajo. Como cuando uno mata una gallina y el pellejo
le sale volando, señala Adela.
La lata contenía algún material inflamable y las chispas
de la pulidora provocaron una bola de fuego.
Un joven se apartó y no le pasó nada. Otro, un amigo
de César, tuvo menos suerte, y le alcanzaron las llamas.
Permaneció ingresado en la Policlínica de San Miguel,
y creo que no se ha recuperado, señala.
Mi hijo salió corriendo, con la ropa prendida, en dirección
distinta de donde yo estaba. Gritaba agua, ayúdenme... Una
señora mayor se quemó los dedos en el intento,
señala la madre, segura de que su hijo no le escucha, entretenido
con un carro teledirigido.
Que las palabras nunca podrán describir lo que sintió
César en esos momentos, lo repite varias veces. Al final,
describe cómo su hijo se acercó a ella, y le quitó
el pedazo de camisa que le quedaba.
En esa escena, recuerda con una mezcla imaginería y orgullo
que el niño no derramó una lágrima. Si
yo muero, voy con Diosito, dice que exclamó César.
A partir de entonces, el tiempo se midió por días
de ingreso en varios hospitales. Ocho días en el Nacional
de San Miguel; con pocas esperanzas, pasó cinco en el Hospital
de Niños Benjamín Bloom. Al final, una ayuda generosa
permitió salto al Hospital Shriners, en Estados Unidos, y
su pausada recuperación.
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