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Palabras
La pesadilla de los corazones
Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Dicen que dormir con las manos en cruz provoca pesadilla, así
como dormir con una mano sobre el corazón o al lado del corazón.
Hace tantos años, Cristian Barnard, el médico surafricano,
dictaría en Santo Domingo una conferencia con visuales sobre
los transplantes del corazón. Estreché su mano y le
felicité.
Las mujeres decían que era un hombre encantador. Era muy
bien parecido, en efecto. Observé sus manos blancas, las
primeras en cambiar el corazón humano. Dijo que la maldad
no estaba en el corazón humano. No sé por qué
dicen que ahí hay sentimientos, opinó otro médico.
Tal vez tenían razón de que el ser humano fuera tan
sólo glándulas silenciosas, sin pasiones. Que el mimo
hombre fuera sólo un mal sueño. Una pesadilla del
corazón.
Los tres estamos muy alejados del proyecto que un día compartimos
y de la gente que lo impulsó. De Maravilla aprendí
mucho de su magistral uso de la palabra y de su celebración
de la vida.
De Santiago admiré siempre su energía creativa y
su transparencia. Tengo con Santiago enormes diferencia en cuanto
a la visión de mundo. Pero al final no me importan las cosas
tan humanas que nos alejan. Pesa más, para mí, esa
experiencia única e irrepetible que bajo bombas y balas,
lluvia y sol, alegrías y esperanzas por casi una década
compartimos.
Día a Día
No sólo en los trópicos, sino también en el
resto del mundo es usual el tráfico de influencias y los
conectes entre funcionarios y proveedores de servicios.
La última pequeña tormenta se dio en el augusto seno
de la Asamblea Legislativa, cuando se descubrió que la esposa
de un funcionario era dueña de la agencia que tramitaba avisos.
Mírese también el caso de las chiviaderas.
Ya hemos contado cómo, hace años, un individuo que
dirigió la CEL encargó a su primo fundar una aseguradora
para suscribir los seguros de la institución. Por varios
meses, tiempo que duró constituir la sociedad y echarla adelante,
la entidad quedó sin cobertura y el país, a merced
de una catástrofe natural sin medios para reconstruir el
sistema eléctrico. Por fortuna no sucedió nada; los
seguros se suscribieron, grandes comisiones engrosaron patrimonios
privados, y santas pascuas.
Las prácticas han continuado aquí, en la China continental,
en los territorios de la antigua Unión Soviética,
en Estados Unidos y hasta en la más minúscula de las
naciones. Sólo en países con transparencia de información
y medios independientes es que se minimizan estos procederes. En
algunos se ha llegado a formar una comisión contra la corrupción,
como aquí hace diez años, con resultados muy variables.
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