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Arranca
cebollas
Equinoccio
de primavera
Erick Lemus
elemus@elsalvador.com
El sol ilumina el hemisferio norte de la tierra de la misma forma
que el lado sur. Una sombra delicada acaricia el atardecer del 21
de marzo. La escalera norte del Castillo de Chichén Itzá
es el escenario de todo aquella manifestación efímera.
Siete triángulos de luz invertidos empiezan a descender
literalmente sobre la escalinata de la gran pirámide del
complejo arqueológico. Ella está absorta y siente
las primeras contracciones.
Las nueve plataformas del edificio proyectan la sombra serpentina
ante la maravilla de todos los curiosos. Es el regreso de Kukulkán,
la serpiente emplumada, el señor de Chichén Itzá
que ha vuelto al nuevo mundo para rescatar a los humillados hace
más de 500 años.
Ella empieza a percibir un sudor frío que recorre todo su
cuerpo. Y el dolor. No lo soporta. Los efectos de la luz y la sombra
a través de la figura de la serpiente de la estructura prehispánica
no la alivian en lo absoluto.
Ve cómo los rayos del sol impactan en cada uno de los detalles
de la roca caliza. Mira el diseño de los glifos y es capaz
de palpar imaginariamente el trabajo de los ancestros. Pero el dolor
la estremece. Empieza a sentir que la cabeza le estalla y las piernas
se le aflojan. No puede más.
¡Tenía que ser durante el equinoccio de primavera!,
alcanza a decir al tiempo que un líquido transparente desciende
entre sus piernas.
El sol la ciega y empieza a repasar -con calma- el significado
del fenómeno astronómico. Hojea en los corredores
de su memoria los manuscritos que leyó en la biblioteca de
Yucatán:
Para los mayas es un marcador solar del ciclo de las lluvias...
Es signo de buen augurio.
Cuando termina la idea, una contracción profunda la desvanece
y cae frente a la gran pirámide. Ya viene. Maldita
sea, ya viene, susurra, mientras el resto de curiosos reacciona
ante lo inminente.
Entre todos los turistas, un caballero empuja a todos alrededor.
Dont worry. Im doctor! Un momento después, un
grito agudo alivia la tensión en torno a la plaza. Faltan
cinco minutos para las cinco de la tarde.
Ella, desfallecida sobre la grama, toma al pequeño retoño
y con una sonrisa dice: tenías que ser varón,
muchacho jodido.
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