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Control de calidad en los futuros docentes

Rodolfo Chang Peña
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Llama a la reflexión y preocupación también la actitud de no aceptar una prueba ordenada por un nivel superior que tiene todo el derecho de hacerlo, no una, sino las veces que lo considere necesario

Ya era tiempo de que alguien hiciera algo para detectar el grado de cumplimiento del pénsum, planes de estudio y otras obligaciones, en los maestros que se forman en el país.

El Ministerio de Educación muy sabiamente dispuso, como requisito de graduación, aprobar un test de verificación de conocimientos.

La medida ha sido aplaudida y bien vista por los padres de familia, directores de escuelas y colegios, los buenos maestros que hacen grandes esfuerzos por superarse a diario y por los ciudadanos sensatos.

Se sometieron al examen alrededor de 2,000 estudiantes que recién habían finalizado sus estudios y fueron reprobados unos 1,500, es decir el 75%. Esta cifra por sí sola es preocupante desde varios puntos de vista:

¿Algo anda mal en el proceso de formación de los jóvenes aspirantes?

¿Adolecían de vacíos las tandas de maestros de los años anteriores?

¿Maestros que no llenan los requisitos académicos tienen la responsabilidad de la educación de tantos niños?

Ningún test como el anterior lleva la intencionalidad de molestar o causar daño a nadie, mucho menos detectar problemas únicamente para satisfacer una curiosidad morbosa, se trata, sencillamente, de utilizar un instrumento de medición para identificar fallas y proceder a corregirlas para garantizar el adecuado desempeño de los nuevos mentores

¡No es para menos la responsabilidad de educar cerca de un millón de escolares a nivel nacional!

La reacción no se hizo esperar, los maestros argumentaron que no se les avisó, que la culpa no es de ellos, sino de las universidades, que no enseñan lo que deberían, que no cursaron algunas asignaturas, etc., pero quizá lo insólito es el grado de distorsión a que ha llegado la tradicional “libertad” en la formación de profesionales

Algunos de los reprobados se han expresado como si el Ministerio ha hecho mal al examinarlos. Otros están tan mal acostumbrados a la ausencia de controles, que hasta se sienten vulnerados en sus derechos.

Llama a la reflexión y preocupación también la actitud de no aceptar una prueba ordenada por un nivel superior que tiene todo el derecho de hacerlo, no una, sino las veces que lo considere necesario. Obviamente, si el Ministerio avala los títulos, prácticamente tiene la obligación de chequear el nivel de calidad del “producto final” en todas las carreras.

Ahora los reprobados piensan en un decreto salvador, que en esencia disponga hacer caso omiso a los resultados de la prueba y todos se puedan graduar sin dificultad. ¡Bien se nota el interés que priva en la mayoría de titularse a toda costa sin importar cumplir con los requisitos que la profesión exige!

En nuestro medio, esta manera de pensar es muy frecuente y se percibe en la mayoría de planteles y centros de educación superior, cuando los alumnos se sinceran y dicen al maestro sin mayores tapujos:

“A nosotros nos interesa solamente pasar la materia y usted nos obliga a estudiar más de la cuenta y a pensar”.

La historia del decreto salvavidas no es nueva, hubo personas interesadas en el caso de los cerca de dos mil abogados con títulos fraudulentos o anómalos, pocos abogaron por corregir las anomalías que produjeron el problema, querían titularse por decreto.

El otro caso surgió con los buseros propietarios de unidades chatarra, el único móvil era continuar usufructuando sus peroles, sin importar seguir envenenando el medio ambiente y que la gente siga enfermándose de las vías respiratorias.

La medida puesta en práctica por el Ministerio de Educación es ejemplar y se debería generalizar. ¿Será que en la formación de profesionales de otras disciplinas como odontología, ingeniería civil, medicina, ingeniería en computación, química y farmacia, derecho, arquitectura, economía, administración de empresas e ingeniería agronómica, se esconden también muchas sorpresas como en el caso de los maestros?

Sería muy interesante conocer los resultados, aunque habría que prepararse, porque si dos mil futuros mentores reaccionaron y pidieron un decreto para titularse sin retrasos, veinte o treinta mil estudiantes de otras profesiones podrían solicitar la abolición de los exámenes finales, la graduación automática y un contrato de trabajo contra la entrega del cartón.

Tampoco sería de extrañar, que si la PAES se convierte en requisito para obtener el título de bachiller, 60,000 o más aspirantes pidan también su decreto.

¿Se están cosechando frutos de la flojedad y permisividad en la educación por la que abogaban algunos hace varios lustros? ¿Se ha redescubierto que la firmeza y el rigor en el proceso enseñanza/aprendizaje ayudan a mejorar el producto final, como lo demuestran las pocas instituciones que los aplican?

* Dr. en Medicina.

 

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