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De mis recuerdos
Los tres mosqueteros

Marvin Galeas
marvin@telemovil.com

Los tres estamos muy alejados del proyecto que un día compartimos y de la gente que lo impulsó. De Maravilla aprendí mucho de su magistral uso de la palabra y de su celebración de la vida. De Santiago admiré siempre su energía creativa y su transparencia

Hernán Vera nació en Caracas con el c... apuntando a la luna. Por esa razón, dicen, es que nació con una suerte loca. De pequeño sufrió un tumor que le deformó la mitad del rostro. De no ser porque un tío suyo ganó una pequeña fortuna apostando a los caballos, la enfermedad le hubiese deformado toda la cara. El tío le financió a Hernán una costosa operación en Moscú, que le detuvo el crecimiento del tumor.

Carlos Henríquez Consalvi nació en Mérida, en un hogar de opositores al régimen dictatorial del general Pérez Jiménez. Su padre luchó, junto a Rómulo Betancourt y a Carlos Andrés Pérez, para botar al gobierno.

Sufrió cárcel, torturas y exilio. Santiago, nombre que posteriormente adoptó Carlos Henríquez Consalvi, conoció desde niño el destierro. Anduvo de país en país hasta que la dictadura cayó.

Esa vivencia lo marcó para siempre.

A Hernán Vera, que adoptó después el nombre de Maravilla, y a Santiagolos conocí a principios de 1982, cuando llegué al campamento de Radio Venceremos, en Morazán. Con ellos conviví por casi una década la experiencia más alucinante, terrible y densa de mi vida: La guerra.

Maravilla, antes de llegar a Morazán, había hecho teatro y locuras en Caracas. Había estudiado cine en Londres, trabajado como periodista para una cadena televisiva canadiense. En esas andaba cuando otro venezolano, que se había enrolado en la guerrilla, se lo encontró por casualidad en el baño de un hotel de San Salvador. Allí mismo le propuso la aventura de la Venceremos y Maravilla, aceptó.

Santiago había recorrido medio mundo. Había sido periodista en la Argentina de los militares. Se salvó por los pelos de ser secuestrado en Buenos Aires por los escuadrones de la muerte.

Recorrió Europa persiguiendo la noticia y a una mujer de cabello revuelto y pronunciadas caderas. Llegó a Nicaragua después del terremoto de 1972, para llevar ayuda. Allí se volvió a enamorar y a meterse en líos con la policía secreta. El régimen de Somoza lo colocó en la lista de los desaparecibles.

Regresó a Nicaragua después de la caída de Somoza. Allí, mientras ayudaba a organizar noticieros de radio, fue reclutado para la Venceremos.

Maravilla tenía el don de la conversación. Para matar la nostalgia y matizar el miedo, no había nada como oír a Maravilla contando una película.

Después de la guerra, vi varias películas que él nos contó. Y no pocas eran mucho más emocionantes contadas por Maravilla.

Ninguno de nosotros era un guerrero. Ni siquiera marxistas. Santiago estaba allí por un romanticismo bolivariano y porque, a su juicio, era la mejor manera de luchar por la democracia. Era el más apasionado de los tres. Su recia voz era la voz de la guerrilla.

Maravilla y yo estábamos más por aventura que otra cosa. Recuerdo que una vez, al principio de la guerra, le dije a Maravilla que me quería ir, que me daba miedo morir.

Cónchale, vale, no seas bobo, me dijo, si te vas de aquí ¿de qué vas a escribir después? ¿De cre- púsculos y esas mariconadas? Quédate, coño, aquí se está cocinando la historia. Además en cualquier lugar te puedes morir. Me quedé, con el alma en un hilo, pero me quedé.

Durante todo ese tiempo estuvimos a punto de ser aniquilados por la Fuerza Armada en más de una ocasión. La más terrible fue en Arambala, cuando en medio de un operativo aeromóvil, tres compañeros murieron, varios más fueron heridos. El propio Santiago resultó con un “charnelazo” que por poco le vuela la yugular.

Nos peleamos por cualquier cosa. Nos disputamos novias, nos pusimos nostálgicos recordando cosas. Y hasta nos echamos un trago de guaro de maíz, que una Navidad, de manera clandestina, metimos al campamento. Pasamos una semana castigados.

Cuando la guerra terminó, nos separamos. A Maravilla lo dejé en México con 10 dólares en el bolsillo. Pocos años después triunfó como empresario dedicado a la producción de telenovelas como “Mirada de mujer”. Santiago se enamoró tanto de El Salvador que aquí se quedó, se casó y se convirtió en papá. Dirige el Museo de la Palabra, que hace importantes aportes a la conservación de la memoria histórica.

Los tres estamos muy alejados del proyecto que un día compartimos y de la gente que lo impulsó. De Maravilla aprendí mucho de su magistral uso de la palabra y de su celebración de la vida.

De Santiago admiré siempre su energía creativa y su transparencia. Tengo con Santiago enormes diferencia en cuanto a la visión de mundo. Pero al final no me importan las cosas tan humanas que nos alejan. Pesa más, para mí, esa experiencia única e irrepetible que bajo bombas y balas, lluvia y sol, alegrías y esperanzas por casi una década compartimos.

*Lic. en Idiomas y columnista de El Diario de Hoy.

 

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