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Las
hormiguitas
A
Romualdo le gustaba su trabajo. Todo eso de ser anónimo y
conspirar para consolidar el poder de su partido era algo maravilloso.
Luis Lainez
El Diario de Hoy
luislainez@elsalvador.com
Le
encantaba ser una pieza clave en el engranaje político del
país. Las incursiones en la política internacional
le dieron un nuevo aire.
Vio las intrigas nacionales como algo para principiantes. Decía
que era trabajo de hormiguitas, que él estaba
en un nivel superior.
Y se comportaba como tal. Dejó de trabajar directamente para
su partido y se dedicó a ser el representante de un gobierno
extranjero en investigaciones importantes.
Pero ese fue el primer peldaño y le parecía demasiado
burdo. Sus aspiraciones eran mayores.
Así que dejó la periferia del poder y se radicó
en su mismísmo centro.
Ahí tuvo el cobijo de grandes políticos, quienes descubrieron
en él las facultades necesarias para influir en otros.
Comenzó a ser famoso en logias políticas cada vez
más importantes. Desde su nuevo puesto, tomaba el mapamundi,
ubicaba su humilde país de origen y decía ahí
siguen trabajando, peleando y muriendo las hormiguitas.
Él, se decía a sí mismo, tenía la vocación
de ser un águila imperial.
Fue en una de esas cavilaciones cuando se dio cuenta, de repente,
que si quería ser un ave majestuosa y volar por lo más
alto debía dejar atrás todo su pasado. Y una ancla
que le hacía mucho rastre eran sus orígenes.
Se cambió de nombre. Fue como una llave mágica. Ninguna
puerta se quedaba cerrada cuando se anunciaba la presencia de mister
Ronald Thompson. Después de todo, se decía,
era mejor que su original Romualdo Treviño Vidaurreta.
A Thompson se le permitió llegar al Círculo más
elevado. Fue ahí cuando se dio cuenta, más que nunca,
que las hormiguitas se habían quedado a muchos
metros bajo el subsuelo.
Al abrir el majestuoso portón de la localidad secreta del
Círculo, le ofrecieron un brebaje especial.
- Es para abrir la mente y acceder al conocimiento que los normales
tienen vedado -le dijeron.
Al beberlo, sintió un escalofrío descomunal. Se levantó
el velo que había existido desde siempre sobre sus ojos.
Y vio con claridad. Vio las tenazas que había en su cabeza
y en la de todos los que él consideraba seres humanos.
- ¡Dios mío! -exclamó para sí- ¡Nosotros
somos las hormiguitas!
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