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Ministerio
Espiga
Adorar
sólo a Dios
Por Salvador Gómez, Predicador
Católico
editorial@elsalvador.com
Adorar
a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la
nada de la criatura, que sólo existe por Dios.
Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo,
como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud
que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf
Lc 1, 46-49). La adoración del Dios único libera al
hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del
pecado y de la idolatría del mundo, dice el Catecismo
de la Iglesia Católica (C.I.C. 2097)
La adoración es la manera de orar más urgente en nuestro
tiempo, tan marcado por la centralidad del ser humano y las cosas
materiales.
La adoración a Dios nos libra del tremendo pecado de la idolatría
que consiste en poner a alguien o a algo en el lugar de Dios. Los
que no adoran a Dios terminarán adorándose a sí
mismos, adorando a otras personas o adorando el poder, el placer
o el tener.
Por eso el profeta Isaías dice:
Se llenó su tierra de plata y oro,
y no tienen límite sus tesoros;
se llenó su tierra de caballos,
y no tienen límite sus carros;
se llenó su tierra de ídolos,
ante la obra de sus manos se inclinan,
ante lo que hicieron sus dedos.
Cuando el Señor nos dice: no habrá para
ti otros dioses delante de mí (Ex 20, 3) y Al
Señor tu Dios adorarás y sólo a él darás
culto (Mt 4, 10) es porque quiere librarnos de las terribles
consecuencias de la idolatría.
Una mujer entre lágrimas me decía: No puedo
creerlo, yo esperaba eso de cualquier persona, pero no de mi esposo,
estoy tan decepcionada. Se ha caído del pedestal donde lo
tenía...
Simplemente, le dije, ¿por qué lo
puso ahí?.
Mi propia hija Alethea me dijo: Papito, te caíste del
lugar donde te tenía.
La abracé y le dije: Hija, perdóname por no
ser Dios.
Cuántos empresarios evitarían sumirse en la angustia,
la ansiedad o la depresión, sufrir un derrame o morir de
un infarto si escucharan y pusieran en práctica las palabras
de Jesús que dice;
No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla
y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos
más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre
que corran, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté
tu tesoro, allí estará también tu corazón.
(Mt 6, 19-21).
No se trata de despreciar a las personas y a los bienes de este
mundo, sino de colocarlos en el justo lugar y siempre que no ocupen
el lugar de Dios.
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