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Gobernabilidad democrática
Visión de la derecha moderada en el Siglo XXI

Marcial Vela Ramos*
editorial@elsalvador.com

En el remolino político entre el Ejecutivo y el Órgano Legislativo, aparece como distractor el debate bizantino sobre la gobernabilidad, centrado en las formas procesales de la democracia como curalotodo

Los líderes nacen, se hacen, pero se desarrollan en coyunturas favorables. El liderazgo es un proceso natural e inherente a la conformación de todo grupo social. Estos son totalmente emocionales y para ellos un líder es una necesidad básica, interpretando que éste debe actuar “el rol de guía”.

Si el líder no siente realmente los problemas del pueblo que desea dirigir, éste acaba dándose cuenta de ello y ahí termina el liderazgo. Una de las palabras más utilizadas en el lenguaje de la política en la última década es gobernabilidad, un término derivado de una palabra griega que significa dirección, es decir, el conjunto de condiciones que hacen posible el funcionamiento efectivo de la sociedad.

Aunque el problema de la gobernabilidad de los pueblos empezó a adquirir importancia en la década de los años 70, entre otros asuntos por la pérdida de credibilidad de los pueblos en la eficacia de los gobiernos y en la “honestidad” de los partidos políticos, el uso de ese concepto se generaliza al cerrarse la fase de la Guerra Fría, cuando el mundo se quedó sin la terminología simplista de la supuesta confrontación Este-Oeste, capitalismo-socialismo, democracia-dictadura y todas las demás dicotomías que se puedan recordar.
Algunos analistas advirtieron contra el optimismo excesivo, apuntando a los nuevos peligros que traía consigo la ruptura de la disciplina internacional impuesta por las dos grandes potencias en la era de la bipolaridad. En El Salvador, el conflicto armado enarbolado por esta contracción nos llevó a consecuencias muy lamentables que, a diferencia de ciertos cambios llevados a cabo a través de los Acuerdos de Paz, las causas profundas del conflicto entre “salvadoreños” no han sido eliminadas.

Las desigualdades sociales se han agudizado: con una concentración creciente de la riqueza, con la destrucción progresiva del medio ambiente y con la descomposición general del orden jurídico, por la incidencia creciente del crimen organizado. En el remolino político entre el Ejecutivo y el Órgano Legislativo, aparece como distractor el debate bizantino sobre la gobernabilidad, centrado en las formas procesales de la democracia como curalotodo, dejando de lado la esencia del verdadero debate: una democracia ¿para hacer qué?, ¿para que cada ciudadano o funcionario diga y haga lo que le da la gana?, ¿para que cada quien tenga la oportunidad de compartir y disfrutar el poder?
¿Dónde quedan las obligaciones, el sentido del deber, la solidaridad con los que sufren, la vocación de servicio y la sensibilidad social? ¿Dónde está un plan del Estado salvadoreño de ordenación de las relaciones sociales, basado en la justicia y encuadrado en el marco de las posibilidades reales de realizarlo? En este contexto, la dimensión de la derecha moderada deberá trabajar en privilegiar a la persona humana, y reconocer que ésta es el centro, principio y fin de la política.

Que el pueblo ejerza la soberanía sobre su destino y el gobierno de la nación a través de sus representantes, actuando desde el pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y que la libertad y la justicia estén íntimamente relacionados con la dignidad humana. Una derecha incluyente, integradora de todos los que creen en la democracia, la libertad, la justicia, el orden, el respeto y la solidaridad; donde se formen y forjen líderes que practiquen un liderazgo sano que conduzca a trabajar permanentemente por el bienestar y desarrollo del pueblo salvadoreño, propiciando un nuevo El Salvador, renovado y en verdadera paz social. Por ello, la gobernabilidad radica en el mantenimiento de la estabilidad presente y en otros, en la acción transformadora, para pasar del desequilibrio o del equilibrio inestable a una situación más ordenada basada en un orden jurídico justo.
Es evidente que no se puede ejercer liderazgo sin conocer la dinámica que sustenta a la sociedad. Los últimos acontecimientos ocurridos en la ciudad capital a consecuencia del libertinaje y desprecio por el Estado de Derecho que terminaron en el Órgano Legislativo, nos lleva a reflexionar si la sociedad civil ha rebasado a las instituciones, porque éstas no han evolucionado y si el valor de la ley en El Salvador es real o ficción. Sin embargo, el problema no termina ahí, ya que pueden existir increíbles leyes adoptadas en nuestro proceso democrático, pero que no se aplican, porque “falta voluntad política para aplicarlas” o porque hay grupos sociales del tipo que sean, partidos políticos, grupos de presión, ONGs, etc… que pretenden “negociar la aplicación de la ley”.

En nuestro país debe terminarse la desvergüenza por parte de grupos de presión que ejercen un chantaje sobre el pueblo salvadoreño, o la timidez, incompetencia o falta de valor por parte de quienes no entienden que han sido elegidos para ejercer el poder y no para negociarlo. No hay que olvidar que la negociación para la adopción de las leyes es posible y conveniente, pero si se negociara su aplicación se estaría burlando la voluntad popular y, a fin de cuentas, traicionando al pueblo que adoptó las leyes a través de sus representantes. Para que exista una gobernabilidad democrática, la derecha moderada deberá trabajar por El Salvador que todos merecemos, trabajando con todos y para todos.
*Cnel. y Lic. en Ciencias Políticas.


 

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