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En honor de la verdad
Otro eje del mal: Corrupción-Incapacidad

Mauricio Alfredo Clará*
editorial@elsalvador.com

Desde hace muchos años, se ha señalado a la corrupción como mal predominante en las sociedades latinoamericanas

En el devenir histórico de la humanidad y en la dimensión individual y colectiva, la corrupción, casi siempre, ha transitado en franca alianza con la mediocridad, la ineptitud o la incapacidad de los protagonistas, cuestiones que, en la realidad, aparecen como presupuestos de aquella, sin menoscabo, desde luego, de las “inteligencias”, que, encubiertas o cínicamente destapadas, desatan la misma tendencia maldita.

Creemos que, en la medida en que las personas se instruyen, se eduquen y se capaciten -¡Oh Sócrates!-, de igual manera estarán mejor preparadas y dispuestas no sólo para enfrentar, sino para sobreponerse al encuentro de las tentaciones que conducen a la corrupción, como vía fácil para adquirir riquezas y poderes y demás derivaciones de privilegios y placeres personalizados -fama, elogios, etc., etc.- que sanamente o en buena lid, sólo se poseen, si es que se poseen, después de grandes esfuerzos y penalidades.

Para alcanzar el éxito y disfrutarle, con alguna tranquilidad, no existe otra ruta que el trabajo honesto, a tenor del mandato bíblico, que además se certifique, benditamente, en alianza con el Divino Maestro. Asunto, éste el del trabajo honrado, que debe plantear ante la sociedad en particular, la exigencia impostergable de su reconocimiento incondicional y disciplinado, para facilitar las oportunidades de su realización y desarrollo progresivo en tanto objetivo natural y lógico de la misma -justicia distributiva-. Pero, sí, por el contrario, en la sociedad se abre la puerta que permite el pago o retribución del trabajo deshonesto o se escuda en esta lacra, entonces, estamos ante una inminente desgracia, tan difícil y compleja como grave y peligrosa para todos.
Si la movida es la constante a la orden del día ¿cómo aislar la podredumbre de las acciones inmaculadas, y, cómo éstas podrán sobreponerse frente aquellas? Acaso no ha sido común en el lenguaje de ciertas personas, después del riguroso saludo, responder a la pregunta ¿Cómo estás? Bien… porque mal están los pendejos ¿Cuál ha sido el sentido de esa frase complementaria pronunciada hasta con tonalidad heroica?

Que los pendejos -los cobardes y pusilánimes, según el diccionario- son para esas personas, los honrados. Aquellos “pobres” que cotidianamente cumplen las elementales normas de la ética, de la religión y el Derecho. En resumen, pendejos son los ingenuos cuya bondad es vista como tontera y es motivo de burla, con la añadidura de calificar a las personas honradas como peligrosas y amenazantes, caso de ascender a la alta dirección o gerencia de suerte que, ante la eventualidad de conseguirla -el ascenso- es preferible -para los listos y demás vividores- recurrir a los mediocres, aunque rayen en la imbecilidad y la estupidez.

Ante una sociedad dominada por esa especie de “listos” ¿qué se puede esperar? Ante una sociedad que se resigna a aceptar el bochorno y que se niega a reaccionar con dignidad ante todo aquello que avergüenza, la debacle, el caos y el hundimiento de las instituciones no está más allá de las narices de sus protagonistas, victimarios y víctimas. Desde hace muchos años, se ha señalado a la corrupción como mal predominante en las sociedades latinoamericanas, presas fáciles de aquella por su desbalance cultural, político, económico y social ante los países denominados del primer mundo. Frente al binomio corrupción-incapacidad ¿qué han hecho esos países? Sin olvido de algunas honrosas excepciones, a la vista aparece la prosperidad agigantada de esos países en igual proporción a la pobreza-despojo de nuestros pueblos. Pobreza que no necesariamente se limita a la indigencia material, sino moral. En reversa esa pobreza moral golpea inexorablemente como fatal venganza la frente de los emperadores, tal como aconteciera a los romanos.

Recuérdese también, a este respecto, el otro binomio corrupto-corruptor, causa y efecto. Puesta la causa se produce el efecto; interrumpida la primera cesa la segunda. ¿Quién peca más? ¿El que peca por la paga o el que paga por pecar? No, no olvidamos que algunos países del llamado primer mundo nos tienden la mano para levantarnos de la postración fabricada por los mismos. ¿Hasta cuándo se guardará la debida proporción con el despojo infringido? Sólo así, creemos, podrán hallarse debidamente legitimados para erigir el dedo acusador. Antes, hay mucho que hacer… conjuntamente. ¿De acuerdo? ¡Hagámoslo!
* Dr. en Derecho.


 

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