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Palabras
Cuando éramos dichosos teníamos otros nombres
Carlos Balaguer
Cuando éramos dichosos teníamos otros nombres,
escribe Shakespeare en El Rey Juan. Y no sólo
teníamos otros nombres, sino otra manera de mirar, de amanecer
cada día en la vid, de suspirar por una nueva ilusión.
De aceptar los golpes que también venían con el alba.
Hoy, queremos regresar a aquellos nombres. Pero no lo haremos caminando
hacia atrás, porque Dios dispuso que el ser humano no podría
regresar jamás ante sus pasos. Recordemos a Lot, sobrino
de Abraham, cuya mujer fue convertida en estatua de sal, al volver
los ojos hacia atrás
Seguiremos hacia los días que vendrán, perdiendo a
veces nuestras lágrimas, porque la dicha y el dolor habitan
juntos nuestro corazón.
Y así los instantes de dicha, se van, vienen y regresan,
como el constante ir y venir de la inocencia.
Día a Día
En forma clara el doctor David Escobar Galindo resumió lo esencial de
los acuerdos de paz: Que los militares dejen la política
y se queden en sus cuarteles, y la guerrilla deje las armas y actúe
en política.
Las negociaciones, realizadas después de que la historia
había derrotado al comunismo, se aprovechó por los
países amigos y el Secretario General de las
Naciones Unidas para hacer cambios en la estructura formal del Estado
salvadoreño. Las reformas no han sido del todo felices, e
inclusive causan corrupción política e inseguridad
jurídica.
Los acuerdos no surgieron de un anhelo de convivencia; su propósito
fue salvar la cara de las bandas subversivas frente
a su derrota. El derrumbe del Muro de Berlín y el consiguiente
colapso del glorioso bloque socialista de naciones dejó
colgados de la brocha a los sediciosos: la cadena superior de mando,
sus apoyos logísticos y financieros, su abastecimiento de
armas, sus vínculos con la red mundial del terror, se desvanecieron
en el aire. De no haber sido por los socialistas españoles
y franceses, por los demócratas norteamericanos y figurones
al estilo de Carlos Andrés Pérez, la guerrilla habría
desaparecido.
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