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La nota del día
Hay que revivir las manualidades

Dios mediante haya un cambio de actitud y vuelva a la escuela salvadoreña la enseñanza a través del trabajo manual.

Es admirable y conmovedora, la diligencia y ánimo que en su vida y sus tareas pone la profesora Rosa América Rivera, de 50 años, jubilada, que sufre de artritis pero se mantiene siempre muy activa. Su gran pasión, nos dice, son las manualidades, las que durante mucho tiempo enseñó a sus discípulos pese a que se han descontinuado en los programas escolares.
Las manualidades eran de rigor en la enseñanza de escuelas y colegios. Los niños aprendían a tejer, aserrar, ensamblar, cortar con instrumentos diversos, hacer bordados, trabajar barro y muchas otras destrezas. Y al usar sus manos, también sus cabezas se “soltaban”. Cada tarea, por pequeña que sea, presenta sus desafíos, obligando a pensar cómo se debe proceder para lograr un propósito.

En las manos, además, está la inteligencia de lo tangible, lo que se palpa, se maneja, se coloca, se transforma y se une a otros objetos. Bien se sabe que el niño debe desarrollar su coordinación, aprender a hacer cosas cada vez más finas y precisas, coordinar lo que piensa con lo que mueve. Además, al ejecutar cada pequeño proyecto entra en competencia con otros niños para establecer quién logrará lo más terminado, bonito y en el tiempo más corto. Esa competencia le ha de servir cuando, al llegar a adulto, entre en las carreras y las batallas que llenan nuestras vidas. Aprender a competir es vitalmente importante y contribuye a que cada uno de nosotros sea una mejor persona.

¿Por qué razón se han hecho de lado las manualidades? La profesora Rivera de seguro pasó por la experiencia, triste para ella y para muchos de nosotros, de ver cómo las manualidades iban cayendo en desuso por múltiples motivos. Una de las causas de su abandono son las penurias presupuestarias, agudizadas por la guerra enloquecida y la ruina derivada de las reformas “sociales”. Otra es el desinterés de los maestros ideologizados; una tercera razón es que se dejó de entender el enorme valor formativo que tienen.

Los resultados son tristes, y más dolorosos todavía, cuando nos damos cuenta que en muchos colegios privados los alumnos siguen haciendo manualidades, lo que no sucede en las escuelas públicas. Es decir, que unos niños saldrán más preparados para la vida que otros, lo que impide ir limando diferencias entre los grupos sociales.

Se requiere imaginación más que dinero

Lo lamentable es que hacer manualidades no tiene un costo que esté muy por encima de las posibilidades de familias pobres. Es posible hacer mucho con objetos que se descartan, con papel periódico, con hilo y telas sobrantes, con utensilios que luego vuelven a su uso normal. Lo importante es que los maestros tengan imaginación y ganas de aportar calidad a la enseñanza. La profesora Rivera puede sin duda contribuir con sus ideas y sus recuerdos, además de su entusiasmo, a otros maestros entusiastas.

Hemos contado en estas páginas, que los miembros de la familia imperial austríaca estaban todos obligados a aprender un oficio en adición a sus profesiones y disciplinas. El hijo de Bonaparte era jardinero, así como otros príncipes de sangre fueron carpinteros, sastres y mecánicos. Y al tener esos oficios entraban en contacto con la gente que usa sus manos para ganar el sustento.
Dios mediante haya un cambio de actitud y vuelva a la escuela salvadoreña la enseñanza a través del trabajo manual.

 

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