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Víctima,
testigo y malhechor
De la oscura celda, El Negro sale sonriente, como el
conejo que abandona su madriguera para tomar el sol. Sus escurridizos
ojos y sus grandes dientes delatan su vivacidad. A la primera oportunidad
que tiene, miente sin reparos. En el fondo, su carga también
es pesada.
Aunque la mañana de ese sábado19 de enero es clara,
en el interior de la pequeña celda - que bien puede ser una
jaula- el ambiente es lúgubre. El Negro pega
su moreno rostro a las rejas y vuelve a sonreír.
Asegura que es la primera vez que lo detienen, pero pronto acepta
que es la segunda vez que está en la cárcel en menos
de un mes.
A sus 14 años, El Negro es como un velero perdido
en un tempestuoso mar. El fue quien identificó a los cuatro
niños como los responsables de la muerte de la niña
y de la señora. Y cuando más se necesitaba su ayuda,
se retractó y se escondió, según los investigadores.
Sólo bajo ese encierro, cambia su testimonio y sostiene
que él no era perseguido por los pandilleros. No se trató
de una balacera, sino de un doble asesinato.
Días después de los atentados, en las vísperas
de la Navidad pasada, fue detenido por portación de un arma
sin permiso. Recuperó la libertad durante la noche del 24
de diciembre. Y a mediados de enero, fue capturado otra vez por
el robo de dos bicicletas.
Visto detrás de las rejas, no tiene ni la más mínima
seña que lo identifique como pandillero. Sinceramente,
a nosotros lo que nos gusta es vacilar con las bichas. Eso es todo.
Su futuro no le inquieta ni, mucho menos, le atemoriza.
Su mundo se entiende, aún más, al seguir escudriñando
en esa soledad. Es el mayor de cuatro hermanos. Sólo estudió
hasta Quinto Grado y abandonó la escuela el año pasado
y, desde entonces, trabaja de cobrador en microbuses del transporte
colectivo. Vive con su madre, con los abuelos y con otros tíos.
A finales de enero, El Negro recobró la libertad.
De vuelta en las calles, la vida de él sigue siendo tan complicada
y difícil, aunque sus palabras y expresiones discurran con
tanta frivolidad.
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