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La
tragedia de una madre
Ana Vilma Ramírez murió a tan sólo 200 metros
del Hospital Nacional de Soyapango. Frente al bullicioso centro
comercial Unicentro, la mujer respiró por última vez
a bordo del carropatrulla que la transportaba. La lesión
era una, pero mortal. Tenía 53 años.
El proyectil le perforó la parte trasera de la cabeza y
le dañó parte del ojo derecho. De bruces, cayó
en el interior de la tienda que atendía, en el momento de
la balacera.
En ese momento, atendía a varias niñas, entre ellas
Rosemary Carolina Valle (otra de las víctimas). Para la Policía,
ella, al igual que Rosemary, murieron en fuego cruzado; sin embargo,
algunos sospechan que Ana Vilma fue ejecutada, con saña y
alevosía, debido a rencillas.
Junto a la víctima, estaba una de sus hija, Ana Mili,
quien, atónita, apenas parpadeó para ver a su madre
acabada, desahuciada. Escuché una gran tronazón.
Cuando volví a ver, mi mamá estaba tirada en el suelo,
en medio de un charco de sangre. Ya no hablaba.
Por miedo a los pandilleros y al constante recuerdo de la pesadilla,
la jovencita abandonó la zona. Ya no proseguirá los
estudios universitarios, como había pensado, e intentará
irse para los Estados Unidos, en busca de un renacer.
Todo cuanto tuvo Ana Vilma se lo debía a ella misma. Desde
muy joven, instaló una tienda en Armenia, Sonsonate; con
sus ganancias logró criar, como madre soltera, a sus tres
hijos. Los dos mayores viven en los Estados Unidos.
En busca de un futuro mejor, emigró hacia el Gran Salvador.
Con sus ahorros compró la casa en Prados de Venecia, en donde
instaló la tienda Mili, que rápido prosperó.
Quienes la conocieron recuerdan que ella nunca se cansaba de decir
que trabajaba para sus hijos. Murió con su delantal puesto,
luego de una agonía que apenas duró unos cuantos minutos,
sin dolores ni penosos padecimientos. Está enterrada en el
camposanto Las Colinas, al oriente de San Salvador.
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