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Pequeñas
manos asesinas
A
tres meses de los crímenes de Ana Vilma Ramírez y
de la pequeña Rosemary Carolina Valle, las investigaciones
contra tres de los cuatro pequeños involucrados en los atentados
no prosperaron. Los familiares de las víctimas no se sorprenden
de los resultados de este sistema de justicia, del que nunca han
esperado nada. Para ellos, nada importa ya, cuando perdieron lo
más valioso que tenían, una hija, una hermana, una
madre. Entre sus propios extravíos y la ausencia de un gran
programa estatal que atienda la problemática, los menores
pandilleros viven su propio infierno. La marginación, la
drogadicción y la incertidumbre son, en el día a día,
los castigos de esa condena imaginaria. A continuación la
segunda parte de esta investigación
Investigación y texto/Oscar Tenorio
II PARTE
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Los
testigos se escondieron detrás del muro de los temores. Las
evidencias se extraviaron en el laberinto de los desganos y las
complicaciones.
Con semejante derrota, la única posibilidad fue la que se
cumplió: archivar el caso contra tres de los cuatro niños
mareros involucrados en el doble crimen. Lo único
que permanece, constante y doloroso, es el recuerdo de las víctimas.
Sin tantas complicaciones administrativas, el caso está
cerrado, aunque quede en la impunidad. Debido a esa falta de pruebas
y a un mediocre manejo del caso, El Dientes, El
Melancólico, El Juguetón y El
Telaraña, sin saberlo, han vuelto ha disfrutar de los
beneficios de la inocencia.
Hasta el 11 de enero, un mes después de ocurrida la balacera
en la colonia Prados de Venecia, en Soyapango, en la fueron mortalmente
heridas Ana Vilma y Rosemary, la Fiscalía General de la República
no había logrado recolectar pruebas ni testimonios para incriminar
a los menores.
Al retractarse el principal testigo clave, El Negro,
las puertas de la prisión se abrieron para los menores. En
vez de alejarse de la zona de los conflictos, los pandilleros volvieron
al acecho, a merodear las mismas calles y pasajes, de esa hacinada
zona de Soyapango, en donde habitan alrededor de 50 mil personas.
En cada esquina, en cada muro, en cada poste, están pintadas
la MS, una marca del dominio de ese territorio por parte
de esa pandilla.
Las heridas
Durante el 2001, cinco personas fueron asesinadas por pandilleros
en la jurisdicción de Soyapango, que incluye a este municipio
y a Ilopango y San Martín. Rosemary y Ana Vilma fueron las
últimas dos víctimas de ese fatídico año.
En el 2002, la situación parece haber empeorado. Sólo
en enero, cuatro personas murieron, víctimas de pandilleros.
Es alarmante que muchachitos entre de entre 12 y 13 años
estén involucrados en actos tan violentos. Nos preocupa este
incremento de violencia, sostiene Jaime Landaverde, jefe de
la Unidad del Menor Infractor de la Fiscalía de Soyapango.
Los heridos y lesiones se cuentan por decenas, al menos en los
registros del Hospital Nacional de Soyapango. Una de las últimas
víctimas atendidas en ese centro hospitalario es la niña
Katherine Aneth García, quien el mes pasado fue herida por
pandilleros.
Ella y su madre, al igual que Ana Vilma y Rosemary, quedaron en
medio de una balacera en la colonia Montes de San Bartolo III Etapa.
Katherine recibió un impacto de bala en el pecho y le salió
por la espalda, mientras que su madre también fue herida.
A un borde de una tragedia mayor, las dos se recuperan satisfactoriamente.
Sólo en un año, en el 2001, el Hospital Nacional
de Soyapango gastó un millón y medio de colones para
atender a las víctimas de esa locura.
El silencio
Los padres de Katherine, al igual que los progenitores de Rosemary,
han preferido callar y salir de la zona, en busca de la tranquilidad.
Tampoco acudirán a la Fiscalía para presentar la denuncia
correspondiente.
En esas calles, quedan los pandilleros viviendo un efímero
esplendor que, en el fondo, tan sólo es el destello de un
infierno propio: hogares desintegrados, violencia intrafamiliar,
deserción escolar, alcoholismo y drogadicción, y marginación.
Estas son sólo algunas de las marcas comunes entre estos
delincuentes prematuros.
A tres meses de la muerte de Ana Vilma y Rosemary, algunas autoridades
hacen lo posible por impartir justicia. El juez de Menores de Soyapango,
Jaime Sergio Vásquez, resolvió procesar a uno de los
menores por el delito de encubrimiento del doble homicidio. Los
otros tres mareros han quedado completamente libres.
Eso es todo lo que se puede hacer en Soyapango, tierra de frustraciones,
miedos, venganzas y desconciertos. De los muertos, de los heridos,
de los sueños arrancados de raíz, pocos se recuerdan.
Esos callejones continúan siendo sospechosamente silenciosos
y peligrosos...
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