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Caso de Tierra Santa
Voces de sensatez en la selva del odio

Luis Fernández Cuervo*
E-mail: lfcuervo@tutopia.com

Insisto en repetir lo anteriormente escrito: la paz en Medio Oriente nos interesa a todos, la necesitamos todos

Al hojear los periódicos, cualquiera que tenga corazón humano se entristece con las diarias noticias de crímenes y violencias de todo tipo. Sangre y muerte aquí, en nuestro país, y en otras partes del mundo. Es una ley peor que la de la selva, porque en la selva natural se mata por instinto, necesariamente, para sobrevivir. Aquí, en la selva humana, se mata por dinero, por venganza, por odio, por maldad, por libre voluntad de aniquilar al otro.
El caso de Tierra Santa es uno de los peores ejemplos de esa furia destructora, pues se trata de crímenes como los de Caín, entre los que deberían considerarse “hermanos”, ya que, árabes y judíos, semitas ambos, descienden del patriarca Abraham.

No hace mucho que se había abierto una luz de esperanza en Israel, una esperanza de paz, después de las declaraciones de varias altas personalidades políticas de Europa y del príncipe heredero de Arabia Saudí, Abdula ben Abdel Azíz. Pero muy pronto esa luz volvió a apagarse y la violencia terrorista, las represalias y la muerte, mientras escribo estas líneas, han vuelto con más furia, si cabe.

Insisto en repetir lo anteriormente escrito: la paz en Medio Oriente nos interesa a todos, la necesitamos todos, pues de ella depende, en gran medida, la paz mundial. Y es Estados Unidos y la ONU los que tienen el poder y la responsabilidad decisivas para lograr esa paz. Si no, se extenderá el terrorismo musulmán, el antisemitismo, la guerra de cualquier tipo contra Estados Unidos y, envolviéndolo en el mismo paquete, contra toda la civilización cristiano-occidental.

Mientras tanto, a los que deseamos fervientemente esa paz y no tenemos otros medios que el valor de las ideas y la fuerza de escribirlas, nos cabe sólo ejercer una de las misiones más nobles del periodismo, destacando las voces de sensatez y de concordia que se alzan en medio del ruido ensordecedor de esta torpe guerra. Debemos subrayar que todo no está perdido y que no es solución, como ha señalado repetidamente Juan Pablo II, encerrarse en una “absurda violencia”, en una “inútil espiral de muerte”, porque “no hay paz sin justicia y no hay justicia sin perdón”.

Por parte de Israel, son cada vez más destacables los grupos pacifistas que comprenden que la solución al conflicto pasa por la existencia de un Estado palestino.
El Ministro de Asuntos Exteriores, Shimon Peres, considera que “el reconocimiento de un Estado palestino tendría un gran apoyo popular y sería algo que impulsaría el proceso de paz”, pues “el 64% de la población apoya esa idea”.

Por parte de los católicos existentes en la región, el pensamiento del Patriarca de Jerusalén, Michel Sabbah, es claro: “La situación ha alcanzado niveles de violencia irracionales por parte de las dos partes, y mientras éstas sigan respondiendo la una contra la otra no se saldrá de la situación”. El núcleo del problema, según él, “es que el pueblo palestino está privado de su libertad, de su tierra. Si se llega a esta verdad, habrá que preguntarse después cómo restituir esta libertad al pueblo palestino y cómo es posible que tenga una independencia y un Estado propio”. Y añade que en Israel “deben pensar cómo hacer que los palestinos se conviertan en un pueblo amigo de los israelíes, pues es la única forma de protección posible, la única garantía para la seguridad. Una vez alcanzada la libertad y un Estado, este pueblo se convertirá en el primer y más importante protector de Israel, y al mismo tiempo construirá con él una nueva sociedad en esta tierra de Dios”.

Muy lejos llegó también en sus declaraciones Sari Nusseibeh, el representante de Yaser Arafat en Jerusalén, hombre de talante diplomático y más moderado que su jefe. Profesor de filosofía de la Universidad Al Quds, con estudios en Oxford y Harvard, pertenece a una familia musulmana muy respetable, que desde hace siglos ha custodiado, con la conformidad de los cristianos, las llaves de la iglesia del Santo Sepulcro. Sus opiniones están lejos de los extremismos de ambos bandos. “Es hora”, dice, “de comenzar la vuelta a la razón”, de “salir paulatinamente de la pesadilla de odio, enemistad y sin sentido en que estamos metidos” para lo cual insiste en que ambos bandos renuncien a una parte de sus más caros sueños, por doloroso que ello sea.
Israel, dice, tiene que aceptar compartir la soberanía de Jerusalén, volver a las fronteras anteriores a la guerra de los Seis Días y retirar los 200.000 colonos que desde entonces se han establecido en los territorios ocupados.

Por su parte, los palestinos deben renunciar al “derecho de retorno” para los árabes que se marcharon del Estado de Israel en 1948 y para sus descendientes que hoy ascienden a unos cuatro millones.
Según Nusseibeh, es justo y lógico que Israel, con seis millones y medio de habitantes, no quiera recibir esa cantidad de palestinos, que cambiaría drásticamente su estatus demográfico. Ese compromiso y esas renuncias son necesarias, insiste Nusseibeh, pues si no, “no alcanzaremos una solución que permita la coexistencia de dos Estados”.
*Médico y columnista de El Diario de Hoy.

 

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