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La nota del Día
Las mil máscaras de la corrupción

De tales movidas es que nacen apelativos como “la carretera de oro” y “el puente de oro”: no por haberse fabricado del noble metal, sino por sus exorbitantes costos

Los diputados oficialistas de Guatemala han condicionado la investigación de las cuentas bancarias de su señor Presidente, a dineros procedentes del presupuesto nacional. Lo piden porque saben que no se encontrará un centavo, pues sólo a los alcaldes de pueblos minúsculos se les antoja meter en sus cuentas personales, fondos de la comuna.

Fuera de desviar fondos secretos o reservados a cuentas personales, los corruptos se forran con comisiones, mordidas y descuentos, las que no dejan huellas contables. Tomemos para el caso una compra de materiales: los ofertantes pactan un sobreprecio, para luego depositar en una cuenta fuera del país, la diferencia entre ese precio ficticio y el costo real de la mercadería. Otro expediente consiste en triangular pagos, pasando las regalías a una compañía, de esta a otra, y de la última a una cuenta cifrada.

Hay, desde luego, otras maneras de aprovecharse de un cargo público. Una de las más usuales es pagar suntuosos viajes a los encargados de decidir una compra o licitación. Un conocido se fue a América del Sur con esposa e hijos, viaje que incluía hoteles, comidas, diversiones nocturnas y ropa nueva. O el dichoso encuentra un buen día, frente a su vivienda, un automóvil último modelo totalmente cancelado. Un amigo nos cuenta que en cierta ocasión, el corrupto le hizo saber que de todos los encargados de fiscalizar negocios, él era “el único sin carro nuevo”.

La revista alemana “Spiegel” cuenta como, durante la década perdida, el régimen justificaba sus gastos con recibos falsos, con lo que una buena parte de las donaciones y préstamos iban a parar a cuentas personales. En ese entonces se ideó otra forma de caerle encima a dineros externos: vender en el mercado negro los dólares, yenes y marcos, e ingresar al cambio oficial esa ayuda. Ese artilugio fue el motivo por el cual las ventas de divisas se centraban en los alrededores del ex cuartel “el Zapote”.

¿De dónde salió todo ese dinero?

Las “órdenes de cambio” en obras del gobierno son otra fuente de alegrías, tal vez una de las principales. El constructor no tiene más que dos alternativas: pasar un cheque al encargado de tales decisiones, o resignarse a que lo lleven a la bancarrota, como sucedió a un amigo nuestro que tuvo la desgracia de ganar un contrato de construcción en San Miguel. De tales movidas es que nacen apelativos como “la carretera de oro” y “el puente de oro”: no por haberse fabricado del noble metal, sino por sus exorbitantes costos.

Cubrir huellas, borrar indicios, no contar con testigos “de vistas y oídas” es lo normal en estos menesteres. Lo que no se puede esconder, sin embargo, son las señales externas de prosperidad, los cambios en los hábitos de vida, el porte y los modales suntuosos. Del señor presidente de Guatemala se dice que pasó de editor económico de un periódico, a personaje de grandes vuelos con sustanciosas cuentas en bancos panameños. Lo que importa no es averiguar si esas cuentas se montaron con cheques del erario guatemalteco, sino cuál es su origen, cómo es que aparecen casi de la noche a la mañana.

La corrupción es uno de los males sociales más arraigados y que más perjuicios ocasionan. Y de esto no se libran ni países comunistas ni capitalistas, aunque es muchísimo peor en los primeros.

 

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