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Tomando la palabra
Anillo periférico

Salvador Samayoa

El área metropolitana de San Salvador tiene un grave problema de crecimiento urbano. Proyectado en todas sus variables a quince, veinte o treinta años plazo, el problema luce aterrador. Por ello, es indiscutible la necesidad de comenzar a implementar soluciones integradas. La construcción de anillos periféricos no soluciona el problema, pero es parte imprescindible de una previsión oportuna e integral.

Está en juego de manera más urgente y directa la calidad de la vida de más de seiscientos mil habitantes de Soyapango, Apopa y Ciudad Delgado, pero el problema también afecta a dos millones de personas que residen o trabajan en el “Gran San Salvador”. El anillo periférico intermedio, que ahora comienza a discutirse, puede contribuir a aliviar problemas graves de funcionamiento de las ciudades, congestionamiento y velocidad de circulación, contaminación ambiental, costos económicos de los negocios, gasto diario de la población, tiempo de vida familiar, caos urbanístico, agresividad social y otros no menos importantes.

Por supuesto, el anillo tendrá poca incidencia si no se trabaja al mismo tiempo en unos cien kilómetros de vías urbanas internas y en una reforma profunda, integral y visionaria del sistema de transporte colectivo. En este último aspecto, la reforma no puede quedarse en el saneamiento de la corrupción, el retiro de los autobuses más viejos, o la renovación de los permisos de línea con criterios más racionales. El área metropolitana necesita modalidades diferentes para el transporte rápido, cómodo y seguro de cientos de miles de personas.

Aún trabajando en estos aspectos, el meollo de nuestro problema de desarrollo urbano seguirá siendo la excesiva centralización de la actividad económica del país. Con excepción del proyecto del Puerto de Cutuco y de las zonas francas, no se ve todavía el dinamismo, la proyección de inversión pública y el consenso nacional

necesario para la generación de empleo masivo y para la superación de las condiciones de vida en la mayor parte del territorio de nuestro país. Mientras se siga pensando que sólo en la región metropolitana habrá generación de empleo masivo y de buena calidad, las soluciones viales siempre estarán a la zaga del crecimiento urbano y la situación se tornará cada vez más insostenible.

Con relación a esta dimensión estructural del problema, la Comisión Nacional de Desarrollo ha hecho planteamientos concretos y bien fundamentados, pero todavía no se traducen, con la convicción necesaria, en un efectivo plan de nación que impregne de manera coherente las posiciones, proyecciones y prioridades del sector público y del sector privado.

Sin menosprecio de las consideraciones anteriores, es evidente que el proyecto de anillo periférico es, en general, bueno para el país. Aunque poca gente lo sabe, por desfases, insuficiencias y distorsiones en la comunicación social, el proyecto está fundamentado en estudios topográficos, geotécnicos, hidrológicos, demográficos, ambientales, económicos, operacionales y sociales. El resultado de estos estudios, en versiones resumidas y comprensibles, debe hacerse, por cierto, del dominio público. Cuanto antes, mejor.

De igual manera, debe hacerse expreso el fundamento del proyecto en estudios anteriores, como Metroplan 80 (1965), Autopistas Metropolitanas (1980), Metroplan 2000 (1990), PLAMATRANS (1996) y PLAMADUR (1996); este último ratificado mediante ordenanzas municipales, con asistencia técnica de la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS).

La parte técnica no puede ser observada con facilidad y con fundamento por los ciudadanos y por las comunidades. Puede someterse a crítica, ciertamente, pero el ejercicio demanda capacidades y recursos que están fuera del alcance de la ciudadanía. Lo mismo ocurre con el tema de los costos de la obra, aunque en este renglón es más amplia la fama de interesados que pueden opinar con buena capacidad de ponderación.

De manera previsible, entonces, el debate público más urgente y generalizado tenderá a centrarse en los aspectos sociales y ambientales del proyecto. La discusión de impacto ambiental estará abierta, por ley de la República, a partir de la consulta oficial del Ministerio respectivo.

En este sentido, lo que cabe esperar es que se expresen opiniones responsables, que no partan de una teórica y abstracta opción cero como parámetro de impacto, porque esa opción no existe en la realidad, sino que aspiren a la fórmula de menor afectación y mayor compensación posible, para corregir con sentido práctico las apreciaciones y conclusiones de impacto ambiental.

La parte social es más complicada, especialmente en lo que concierne al desplazamiento de viviendas. Se supone que el estudio ha considerado diversas alternativas, comparado beneficios y perjuicios de índole diversa. Esto debe someterse a discusión, pero aún asumiendo que se elige la alternativa que afecta menos la vivienda de las personas, la compensación debe asumirse con sensibilidad y generosidad, porque no se trata sólo de tener la ley en la mano, sino de responder a un problema que puede ser dramático para mucha gente en los barrios populares.

Uno de los focos de afectación social más sensible está en la colonia “22 de abril”, de Soyapango. Ojalá sea todavía posible evitar la afectación social por la vía de reconsiderar el trazo del periférico, pero si resulta inevitable afecta a un sector de la colonia, debe considerarse que se trata de un barrio marginal y que la gente poco o nada puede hacer con una indemnización, aunque esta se entregue de una vez, y aunque el precio de predios y viviendas se estime a precios de mercado. En estos casos, cuanto más pobre sea la gente,mejor debe ser la solución habitacional que se encuentre, con ánimo de hacer más -mucho más- que lo que manda la ley.

A los más pobres se les debe dar una solución de cinco estrellas, por justicia social, en primer lugar, y por necesidad de desactivar su legítima resistencia, en segundo lugar.

Sobre los aspectos sociales y ambientales se montará el eje político de la movilización y del debate. La buena noticia es que la mayor parte de los alcaldes tienen posiciones sensatas y están manejando bien el difícil balance entre el beneficio que el periférico aportará a sus municipios y la comprensible ansiedad de determinados grupos sociales.

Este es el caso de los ediles de San Salvador, Nejapa, y Santa Tecla. También es el caso de las alcaldesas de Soyapango e Ilopango. La mala noticia es que otros alcaldes y consejales parecen tener actitudes de fanatismo político radical e irracional, como en el caso del alcalde de Ciudad Delgado y de varios consejales del municipio de Soyapango.

El erizado entorno político demanda un manejo cuidadoso del proyecto. La consulta que hará la Comisión Nacional de Desarrollo, a pedido del Ministerio de Obras Públicas, puede contribuir a encontrar cauces positivos para la expresión de diversas inquietudes e intereses, comenzando por hacer efectivo el derecho a la información que tiene la gente ante proyectos de semejante envergadura.

 

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