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La nota del día
Los falsos derechos aparecen de nuevo


Uno de los engendros de los “acuerdos de paz” es la Procuraduría de los Derechos Humanos, resabio de las campañas del ex presidente estadounidense “Jimmy” Carter, cuyos más negros frutos son el terrorismo y las conflagraciones que sacuden el mundo actual.

Que sepamos, nadie puede describir cuáles son las precisas funciones de la Procuraduría, como minimizar choques con otros poderes del Estado, los beneficios que acarrea al país o la necesidad que se tiene de ella. Mucho de su meneo se traslapa con competencias del Órgano Judicial, mientras otros caen en lo político y hasta lo esotérico.

El último invento es que las pobrezas que se sufren en esta tierra son “violaciones a los derechos humanos”. De acuerdo con la tesis, expuesta por la Procuradora recientemente, carecer de vivienda, o empleo, o cuidados sanitarios, o educación, viola los “derechos humanos” de una persona. A la inversa, todos los habitantes de un país, o del mundo, tendrían que reclamar el cumplimiento de sus “derechos” violados. Que se les provea de vivienda, de agua, de diversión, de medicinas, de muchas buenas cosas, para considerarse en paz con la justicia humana y divina.

La tesis, sin embargo, choca con la realidad, pues ¿a quien corresponde proveer de bienes y servicios al que los reclama? ¿Quién suministrará las medicinas, los maestros y los libros, los materiales de construcción y la mano de obra para viviendas, los alimentos para cumplir con esas exigencias? Como señaló el pensador francés Jacques Rueff, esas demandas las tendría que cumplir “la sociedad”, o más específicamente “el Estado”. Pues no hay persona, o entidad privada, en cuyos pasivos aparezcan los beneficios que la masa de pobres pide.
De ser así, ¿de dónde sacará recursos “la sociedad” o “el Estado” para atender necesidades tan puntuales como las descritas? En una nación pobre como la nuestra, repartir equitativamente la riqueza generada nos llevaría al caos, pues todo iría en consumo y nada para la producción. Viéndolo así, ¿cómo se hará el milagro de suministrar bienes ya elaborados y listos, a la totalidad de los pobladores del país? O poniéndolo en los solemnes términos de la izquierda, que se cumpla con la “justicia distributiva y conmutativa”.

Justicia distributiva que empobrece

Por desgracia no llueve maná del cielo, y muy pocos se enteran cuando cae. Cae el maná en inversiones productivas, en la tecnología que recibimos del primer mundo, en la inteligencia y la laboriosidad de quienes inventan, organizan y producen. La interrogante, empero, es: ¿cómo se va a quitar lo que unos producen por su propio esfuerzo, para entregarlo a quienes producen muy poco?
Hay que agregar además lo que llamaríamos el “factor del desaliento”. Si la gente llega a creer que por obra de la voluntad divina, o decisiones políticas, sus requerimientos serán resueltos, perdería los pocos incentivos sociales y mentales que tenga para superarse. Más o menos lo que sucede con muchas personas y familias que viven de las remesas de sus familiares.

En adición a esto, tiene que recordarse todo el tiempo, el estrepitoso fracaso de los esquemas redistributivos, como el impuesto a punta de pistola por la pandilla de ladrones en marzo de 1980. Lejos de generar una gran bonanza y hacer la felicidad de los pobres, el resultado fue mayor pobreza, destrucción de fuentes de trabajo, enriquecimientos infames.

 

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