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Artesanos
El
señor de la marimba
Soy
apasionado a la música, me encanta; pero una de las grandes
inquietudes que tengo es dar clases de marimba y enseñarles
a los niños cómo se fabrican. (Tito Tomás
Quilizapa, músico y artesano).
Óscar Girón
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
Rodeado
de troncos viejos, bejucos, clavos y armado de un machete que le
sirve como herramienta para desarrollar su talento en el arte de
afinar la madera y dar vida a las más finas marimbas de Izalco,
Sonsonate, se encuentra don Tito Quilizapa, un artesano hecho a
fuerza de voluntad y de buen oído.
Él es uno de los marimberos más antiguos allá
donde se levanta el prominente Faro del Pacífico,
como se le conocía al volcán de Izalco.
A sus 60 años fabrica y toca a la perfección las
maderas de cedro que suenan como los cánticos de las aves
mañaneras.
Soy apasionado de la música. Y una de las grandes
inquietudes que tengo es dar clases de marimba y enseñarles
a los niños cómo se fabrican, dice don Tito,
quien aprendió el oficio hace cincuenta años por iniciativa
de un tío.
La casta humilde de este artesano lo obligó a truncar sus
estudios en cuarto grado, pero aprendió a leer y a escribir.
Esta misma situación económica también lo
obliga a salir de su hogar y viajar por el territorio nacional para
ofrecer los tiernos sonidos de su marimba. Ha estado presente en
los mercados de Cojutepeque, Santa Ana, Ahuachapán y San
Salvador.
La mayoría de sus clientes es del sexo femenino y las canciones
que más le solicitan son El carbonero, Las
cortadoras, Bajo el almendro, El cóndor
pasa y Mujeres divinas, entre otras.
El esfuerzo que hace por sonar las láminas de madera tiene
su recompensa. Por cada pieza musical que toca cobra cinco colones.
En ocasiones ha obtenido ganancias de 70 a 90 colones por día.
No es para menos, Tito posee un repertorio de 150 melodías.
Pregonero musical
Sus
andanzas lo han acreditado como el señor de la marimbita.
Él se hace acompañar de una pequeña caja de
resonancia cargada en hombros, instrumento con el cual pone a bailar
a las señoras de los mercados.
Dentro de esas miradas cautivadas se encuentra la de Silvia Cartagena,
una vendedora de más de tres décadas, que gusta de
la marimba y que tiene enclavado su canasto de cebollas en el mercado
municipal de Izalco.
Ahí viene el señor de la marimba. Tocá
Alejandra. Esa me gusta hasta para bailar. No hay como
esas canciones que llegan hasta el corazón, dice la
comerciante.
También Isabel Centeno, de 46 años, grita: Tocá
Mujeres divinas, Tito. Tal vez así la gente se
anima a comprar por esta zona. Dale duro para que se escuche por
todo el mercado.
Esta vendedora dice conocer a Quilizapa desde hace mucho tiempo.
Recuerda que a él lo contrataron hace 25 años para
que amenizara una fiesta cuando uno de sus hermanos realizó
la primera comunión.
Los vendedores, los compradores y los curiosos de la zona no dejaban
de mirar desde que arrancó con la melodía María
bonita hasta que terminó con El Carbonero.
Las dos horas que trascurrieron en esta cálida población
occidental fueron fatigantes. El sudor hizo de las suyas en la frente
de estas féminas que por unos instantes olvidaron el candente
sol que diario curte sus pieles. A lo mejor, para recordar sus historias
de adolescentes o aquella primera declaración de amor que
las marcó de por vida.
El astro rey quemaba, aunque a Tito no parecía incomodarle.
Las gotas saladas que brotaban de su rostro, más que amor
por la música significaban el sustento diario para su familia.
Con toda una vida dedicada a elaborar y a tocar este instrumento,
este artesano lamenta que a los jóvenes actuales no les guste
tocar o escuchar marimba; lo único que disfrutan son los
temas de canciones que ni entienden.
El único anhelo que tiene este hombre de manos toscas, que
hace hablar los teclados afinados a puro machete, y que espera realizar
algún día, es transmitir sus conocimientos sobre la
fabricación de la marimba. Como dice él, si Dios le
da licencia para seguir con su oficio y poder transmitirlo.
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