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Familiares salpicados por muchas inquietudes
La muerte de Rosa Figueroa

En 2001, le fue diagnosticado el cáncer. Sus últimos tres meses fueron un calvario

Lorena Baires
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Los restos de Rosa Elizabeth Figueroa Gutiérrez, quien murió el 4 de octubre, a los 85 años, yacen en el Cementerio de Los Ilustres, en San Salvador. Foto EDH

Nohemi Figueroa recuerda consternada cómo su hermana, Rosa, se les fue en pocos días, consumida por una vorágine de repentinos padecimientos e incertidumbre.
La caída en ese abismo que, lamentablemente, ya no tenía fin, ocurrió hace algunos meses. Una mañana, Nohemi encontró a Rosa doblegada por un intenso dolor en el cuello.

Cuando se le acercó, Nohemi quedó estupefacta: toda la piel alrededor del cuello de Rosa se le estaba cayendo. Mientras gemía, apenas susurró que no podía tragar nada, porque le dolía demasiado la garganta.
Sólo, entonces, Nohemi sospechó que su hermana había sufrido graves quemaduras en el pecho y en la garganta durante las exposiciones a las radiaciones de cobalto hechas en el Seguro Social.

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Pese a lo que ocurría, ellas creían que esos efectos secundarios eran normales. Sin embargo, lo que les agobiaba era la forma en que Rosa se consumía, como la llama que se apaga abruptamente.

Y de un día para otro, Rosa ya no pudo dar un paso más. La internaron en el Hospital de Diagnóstico, en donde padeció sus últimas horas.

Nohemi llora y recuerda esos últimos momentos: “Esa noche (entre el 3 y 4 de octubre) ella se quejaba de que ya no aguantaba más. Como tenía a ambos lados un crucifijo y una imagen de la virgen del Perpetuo Socorro, le dije que se encomendara a ellos y que les pidiera que la sacaran de ese suplicio”.

A las ocho de la mañana del viernes 4 de octubre, Rosa falleció a sus 85 años. En los registros de la administración del Cementerio de Los Ilustres, en donde ella fue sepultada, consta que murió de un “tromboembolismo pulmonar” (coágulos de sangre en los pulmones que dificultan la respiración y provocan las crisis).

Especialistas consultados explicaron que existen decenas de causas que pudieron haber provocado esa fatal complicación, aun con el cáncer que ella padecía.

Pero a pesar del luto normal, Nohemi está profundamente dolida. Ni la muerte de su madre ni de otros familiares le ha afectado tanto como la partida de Rosa.

Lo que la acongoja es la sospecha y la “corazonada” de que su hermana murió quemada de los pulmones y de su garganta, y sus consecuentes complicaciones, y no tanto del cáncer que padecía.
Durante todo el tratamiento que recibió, de 24 aplicaciones de radiaciones de cobalto, a Rosa no le pusieron ningún protector, como es común.

Incluso, en una carta enviada por el mismo oncólogo Yomar Vallejo, quien la trató en el Hospital de Oncología del Seguro, acepta de alguna manera esa letal omisión.

“Se decidió iniciar el tratamiento habiéndose considerado con la paciente y su familia la necesidad y los riesgos del tratamiento, haciendo énfasis en los problemas esofágicos, llegándose incluso a considerar el uso de un radioprotector para reducir el riesgo, el cual, sin embargo, no se pudo usar por su costo poco accesible”, reza parte de la carta.

Indignación

Al saber esto, doña Nohemi se sumerge aún más en la depresión y en el malestar, pues ellos tenían la capacidad económica como para pagar un “radio protector”.

Indignada, recrimina a Vallejo: “Un médico decente me tenía que haber dicho que ella necesitaba de ese radioprotector para el tratamiento. Yo no podía dejar de pagar lo que fuera para ponerle eso a mi hermana si estábamos luchando por salvarle la vida”.

Consultado al respecto, confirma que la paciente no utilizó radioprotector, “debido a diferentes criterios científicos”.

En el Hospital de Oncología del ISSS, el radioprotector es utilizado en todos los enfermos con cáncer que se exponen a las radiaciones de cobalto, según fuentes consultadas en la institución.
El médico se exime de responsabilidades con respecto al desenlace mortal, ya que, cuando atendió a Rosa, ya había sido tratada por otro especialista, por lo que no conocía en su totalidad el cuadro clínico. Aunque admite que es probable que ella haya muerto debido a complicaciones provocadas por el tratamiento “standar” que recibió.

Esa supuesta grave omisión, que le habría acelerado la muerte a Rosa, es lo que más atormenta a su hermana. “Me parte el alma. Si ella era bien activa, incluso andaba en su carrito de un lado para otro y, de repente, verla morir así”.

Los restos de Rosa descansan en el Cementerio de Los Ilustres, en San Salvador, en el mausoleo de su abuelo, Rafael Antonio Gutiérrez, quien fue presidente del país en 1894.

 
 

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