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Una
mirada de fe
Nació de María Virgen
OSCARRODRIGUEZsdb
El Diario de
Hoy
editorial@elsalvador.co
El
Papa Pablo VI dice que en ella se encuentra no sólo la suprema
belleza, sino el criterio de la verdadera belleza
Pronto estaremos celebrando la Navidad, sin duda alguna, la fiesta
más popular del cristianismo. En ella conmemoraremos los
2002 años del nacimiento del Hijo Único de Dios. Es
una celebración para compartir en familia la alegría
de ser hermanos e hijos de Dios. Los hermosos villancicos que escuchamos,
las luces, las posadas y pastorelas, el intercambio de regalos y
las hermosas tradiciones nos anuncian el gozo de una fiesta universal.
Estas costumbres hay que conservarlas, sin perder de vista que la
Navidad es algo mucho más profundo. No es sólo un
acontecimiento comercial que se inspira en la sociedad de consumo.
Debemos comprender que el nacimiento de Jesús es el regalo
más grande que Dios pudo dar a la humanidad. Es el amor de
Dios entre nosotros. El tiempo de Adviento que estamos viviendo
nos prepara a celebrar con criterios cristianos este acontecimiento
histórico, nos hace crecer en la esperanza y nos ayuda a
acoger con fe el misterio de Dios hecho hombre.
Entre los personajes típicos que nos acompañan en
este tiempo, se encuentran el profeta Isaías, el precursor
Juan el Bautista y la Virgen María. Ella es la Madre de Jesús,
obra maestra de Dios e inmaculada en su concepción. Dios,
en sus designios, quiso preparar una mansión digna a su Hijo
y preservó a su Madre de toda mancha de pecado. María
era una mujer hebrea, desconocida, no tenía riquezas ni fama,
pero Dios la había hecho hermosa en su alma. Vivía
en Nazaret, un pequeño pueblo sin ninguna importancia religiosa
ni política.
Los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado que
el Mesías nacería de la descendencia del Rey David
y que Su reino no tendría fin, según la promesa hecha
por Dios. Isaías había anunciado que nacería
de una Virgen: He aquí que una virgen está en
cinta y va a dar a luz un hijo (Is. 7,14). Para un Hijo tan
especial se necesitaba una Madre muy especial. Muchas mujeres hebreas
querían ser esa madre especial; tenían la esperanza
de ser la madre del Rey tan esperado desde hacía muchos siglos.
Dios eligió a la que menos se lo esperaba.
Hoy celebramos la Inmaculada Concepción, dogma
de fe que declara que, por una gracia especial de Dios, María
fue preservada de todo pecado desde el momento de su concepción.
Este dogma fue proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre
de 1854, con estas palabras: Declaramos, proclamamos y definimos
que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María
fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el
primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio
de Dios omnipotente, en atención a los méritos de
Cristo Jesús salvador del género humano, está
revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída
por todos los fieles... (Bula Ineffabilis Deus).
Cuando llega el momento en el que Dios quiere realizar su plan de
salvación, envía un mensajero para solicitar a María
su libre colaboración en la obra redentora del mundo. Un
ángel la saluda en nombre de Dios, saludo que ella no comprende
y se impresiona por la propuesta. Dios no la obliga, pero ella medita
y libremente acepta la voluntad de Dios: He aquí la
esclava del Señor; hágase en mí según
tu palabra (Lc.1, 38).
La colaboración de María es totalmente consciente
y libre, su entrega es incondicional y total. El Hijo de Dios se
encarna en su seno y quedan unidas la naturaleza humana y la naturaleza
divina, y se inicia la obra de salvación. Ella se convierte
en la portadora de Dios y su colaboradora en el plan de salvación;
se convierte en ideal perfecto para todo hombre o mujer que quiera
aceptar la voluntad de Dios.
El Papa Pablo VI dice que en ella se encuentra no sólo la
suprema belleza, sino el criterio de la verdadera belleza. Es la
belleza de la generosidad, de la pureza, del heroísmo, de
la entrega, del sacrificio, de la humildad. Es ella la que presenta
a Dios al mundo. Que no nos pase lo que dice San Juan: Vino
a los suyos y los suyos no lo recibieron. Dios quiere nacer
en nosotros. Recibámosle con la sencillez y el amor de María
y con la alegría de los humildes pastores. La Navidad continúa
siendo un punto de encuentro entre Dios y nosotros.
*Párroco de la iglesia de
María Auxiliadora (Don Rúa).
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