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Punto de vista
NO SÓLO ECONOMÍA, NO SÓLO ECONOMÍA...

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
cmayora@istmania.com

En cierta forma, se podría decir que nuestras sociedades van transformándose en sistemas deschavetados, que giran a gran velocidad alrededor del eje económico, pero, con excep-ción de unos poco privilegiados, resultan más los excluidos que los afortunados

Siempre que se intenta explicar el colapso de los sistemas económicos centralmente planificados, se echa mano de un argumento que tiene la fuerza de lo evidente: todos los países que emprendieron, generalmente por la violencia, ese camino a partir de la Revolución de Octubre y tomaron las teorías marxistas como fundamento para sus sistemas económicos han fracasado.

Los teóricos, que aun después del descalabro defienden la propiedad pública de los factores de producción como sistema económico, aducen un sinfín de explicaciones; la más común hace referencia a que el fracaso no es del aparato, sino de las personas que lo llevaron a la práctica: por incompetencia, por arrogancia, por ignorancia, por corrupción, etc.

Además, resulta paradójico que otro esquema radicalmente opuesto, el que defienden aquellos que postulan una “regulación espontánea del mercado”, muestre también con los hechos que tampoco -en estado puro-es exitoso y que produce muchos más problemas sociales y económicos que los que intenta solucionar. La explicación de sus defensores se orienta en la misma línea que la de los anteriores: no es el camino el que ha fallado, son los caminantes, alegan.

Ante ese panorama, ante la consideración de que ninguna de las dos construcciones teórico-económicas funciona sin producir resultados injustos y empobrecedores, se puede optar por la línea del mal menor, y escoger aquel que a fin de cuentas soluciona más problemas y presenta menos dificultades. Este, me parece, es un camino válido si nos movemos sólo dentro del ámbito del pragmatismo, si no salimos de la postura que no mira en la sociedad personas, sino sólo estadísticas, números, problemas resueltos o por resolver.

Pero si damos un paso más y consideramos a fondo las cosas, si no nos quedamos sólo en esquemas teóricos de análisis socioeconómicos, sino que enfocamos el análisis en los protagonistas reales de esos escenarios, es decir, si no nos contentamos con estudiar en un mapa el camino, sino que además intentamos ver quiénes y cómo son los caminantes, la situación se presenta bastante diversa.

Y por eso, sólo desde ese punto de vista es posible considerar que un Estado será eficaz en lograr el bienestar integral de sus habitantes, en salvaguardar el bien común, en conseguir un conjunto de condiciones que haga posible el ejercicio de la libertad responsable únicamente “en cuanto reconozca la centralidad y el primado de la persona humana en su subjetividad corporal y espiritual, en su dignidad integral, en sus derechos naturales, inalienables e imprescriptibles, en el ejercicio de su libertad con verdad y responsabilidad, como fundamento, sujeto y fin de todas las instituciones sociales y políticas”, tal como hacía notar recientemente un analista.

En sentido literal hace falta una refundación de la democracia (como sistema de valores, no sólo de gobierno); debemos sustentarla en unas bases distintas que las de la pura actividad económica -si no en escuetas consideraciones de poder-; parece perentorio que logremos superar el esquema para el cual la economía es lo único importante...

Más aún cuando se considera cómo, en las sociedades contemporáneas, el esfuerzo desmesurado por primar la economía ha producido el despliegue de la liberalización de los mercados y su globalización, con sus beneficios anexos; pero también unas crecientes formas de exclusión, un decrecimiento en la participación electoral, unas crisis de los partidos políticos, desinterés de vastos sectores de la población por la cosa pública y la auto organización de vastos mundos “informales” ajenos a toda regulación política.

En cierta forma, se podría decir que nuestras sociedades van transformándose en sistemas deschavetados, que giran a gran velocidad alrededor del eje económico, pero, con excepción de unos poco privilegiados, resultan más los excluidos que los afortunados.

Si partimos de un supuesto fundamental: que la sociedad está ordenada al perfeccionamiento de la persona, y no al revés, veremos más claro que el papel del Estado y de las organizaciones no gubernamentales debe ir cambiando para dar primacía a la persona y no al sistema, al individuo y no a la comunidad. Hace falta, pues, que ya no se gobierne sólo con criterios político-partidistas, o económicos, o de poder, y se ponga en su lugar privilegiado la promoción humana de cada uno de los habitantes de la nación.

La economía es muy importante, importantísima, pero no es lo único importante. La política (en cuanto mecanismo de acceso al poder) es importante, pero las personas somos más que votos que deben conquistarse por medio de la satisfacción de nuestras necesidades.

Ahora se trata, como explicaba el mismo analista citado más arriba, de “reconstruir a la persona como desafío capital de toda construcción humana y social. Un desafío educativo: despertar y cultivar la humanidad del hombre, hacer crecer la autoconciencia de su vocación, dignidad y destino”.
Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy

 

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