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Tema para meditar
La voluntad

María Tereza de Jovel
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Inclinemos, libremente, nuestra voluntad hacia el bien. Busquemos sin descanso la verdad. Formemos nuestro intelecto y nuestra conciencia. Trabajemos siempre pensando menos en nosotros mismos y más en los demás

¿Qué es lo que mueve la voluntad? ¿Qué es lo que nos lleva a realizar nuestras acciones? ¿Somos los hombres seres que nos dejamos llevar por la voluntad de otros? O, ¿somos dueños de nuestra propia voluntad? ¿Cómo educamos la voluntad, la de los que están a cargo nuestro -ya sean hijos o alumnos-y nuestra propia voluntad? Porque estoy segura de que ningún ser humano racional quisiera ser como una veleta que se mueve hacia donde más fuerte sopla el viento.

Veamos entonces algunos conceptos sobre la voluntad. Ante todo, es una facultad distinta al apetito sensitivo. El apetito racional se distingue siempre tanto del apetito sensitivo como del natural. Mientras más cercana sea una naturaleza a la naturaleza de Dios, más marcada es su semejanza con la excelencia divina.

Ahora bien, es propio de la excelencia divina mover e inclinar y dirigir todas las cosas sin ser movida, inclinada o dirigida por otro. Por lo tanto, mientras más cercana esté una naturaleza a Dios, menos será inclinada por otra y más capaz será de inclinarse por sí misma.

Los seres humanos estamos dotados de libertad, ese don maravilloso que ningún otro ser de la creación tiene. Sin embargo, todos los seres humanos tenemos la posibilidad de utilizar esa libertad para conseguir el bien o el mal. Somos, además, seres racionales, aunque tantas veces y con tanta frecuencia perdamos la razón.

Los hombres somos absolutamente responsables de nuestra libertad en todas aquellas acciones que realizamos por voluntad propia y sin ser obligados. Esta posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana.

Es muy difícil que podamos acabar de entender este sublime don de la libertad, y la capacidad que tenemos para ocuparlo para el bien de los demás, o simplemente ser egoístas y ejercerlo solamente para conseguir nuestro propio bien, pasando y atropellando a muchos en el camino y, por lo tanto, hacer el mal.

Por esto, debemos empeñarnos en ejercer siempre nuestra libertad, asegurándonos de que buscamos con ella la verdad. Pero, ¿qué verdad es esta que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad?
Tendríamos siempre que preguntarnos a nosotros mismos antes de actuar: esto que voy a hacer, con toda mi libertad y con mi propia voluntad, ¿es para el bien de la comunidad, para el bien de los demás aunque tenga que deponer mi egoísmo y mi propio bien? Mis acciones, ¿provocarán un bien o un mal a todos los demás? Hay muchas verdades parciales en esta vida, pero la verdadera verdad generalmente va dirigida al bien de la mayoría. Por eso la libertad no se basta a sí misma, necesita un norte, una guía.

Dice un autor espiritual de nuestra época: “Rechazad el engaño de los que se conforman con un triste vocerío: ¡libertad, libertad! Muchas veces, en ese mismo clamor se esconde una trágica servidumbre: porque la elección que prefiere el error no libera” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, Ed. Rialp, S.A., Madrid, 1985).

La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el bien de los demás, y que nos desata de todas las servidumbres.

Nadie puede elegir por nosotros: “He aquí el grado supremo de dignidad en los hombres: que por sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien” (“De Veritate”, S. Tomás de Aquino, Ed. Universitaria, Santiago, Chile, 1978).
Sabemos que servir a la verdad por el bien de los demás exige dolor y sacrificio, y hay muchos que se resisten a cumplir, aunque les cueste, la tarea de cada día. Dicho comportamiento se opone a la categoría propia, a la nobleza, de la persona humana.

“El que no escoge -¡con plena libertad!-una norma recta de conducta, tarde o temprano se verá manejado por otros, vivirá en la indolencia -como un parásito-sujeto a lo que determinen los demás. Se prestará a ser zarandeado por cualquier viento, y otros resolverán siempre por él, aunque se encubran en un continuo parloteo, en paliativos con los que intentan difuminar la ausencia de carácter, de valentía y de honradez” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, Ed. Rialp. Sa. A. Madrid, 1985).

Inclinemos, libremente, nuestra voluntad hacia el bien. Busquemos sin descanso la verdad. Formemos nuestro intelecto y nuestra conciencia. Trabajemos siempre pensando menos en nosotros mismos y más en los demás.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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