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La
columna nacional
El equilibrio en la política del Estado
Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
ARENA
no nació como un parto intelectual de nadie. Nació
en la forma más natural posible: fue un parto irreflexivo
de la más absoluta y acuciante necesidad
Equilibrio será tomado en la acepción positiva -no
la del equilibrismo pragmático del que se cambia la chaqueta
a conveniencia -sino en el balance de fuerzas que, si se usan en
forma armónica, terminan produciendo justamente las acciones
que los conductores del Estado se han propuesto, con la menor cantidad
de daño posible a las instituciones, a los colectivos organizados
y a la población en general. Ni que decir que en el logro
de un acertado y proactivo equilibrio es que los gobernantes tienen
su prueba de fuerza más grande y, al mismo tiempo, más
fina y eventualmente perdurable.
Adelantemos otro concepto: normalmente el equilibrio no va a significar
el buscar siempre el punto medio de una situación dada, aunque
la imagen visual nos confunda con el del fiel de la balanza. Añadamos
otras ideas que ayuden a nuestra comprensión, agreguémosle
al término en cuestión los de armonía, justicia
y paz; así cargado podremos razonar que muy difícilmente
se pueda encontrar lo justo de una situación dada mediante
una negociación, por brillante que ésta fuere en términos
de calmar a las partes (o apaciguar a las fieras, a
veces). Porque un Estado embrollado de cosas, con reclamos, pasiones,
grupos encontrados, normas jurídicas interpuestas, acuciantes
necesidades sociales, intereses políticos particulares, violencia,
grupos de presión económica y otros más, no
es por cierto una piñata en que la más sabia de las
soluciones sea una simple repartición, procurando que cada
uno se acerque y llegue a un falso e injusto punto medio,
en una negociación más propia de un mercado de ladrones,
que a una auténtica solución de estadista.
Así las cosas nos va pareciendo más claro que toda
resolución acertada de un conflicto social debe centrarse
más en el fondo de los problemas, en la interrelación
completa que vaya a quedar establecida en su resultado final y las
implicaciones de precedente histórico que acarreen, que en
el espejismo banal de un aplauso de galería, promovido por
mercachifles y coreado por acanallados intereses que, en el fondo,
habrán dado un paso más hacia la desestabilización
-no del gobierno- sino de la misma personalidad interna del Estado.
Por ello es que el gobernante tiene que mantener siempre una visión
y no solamente una vista; con la vista se observa la realidad objetiva,
con la visión se plasma una posibilidad real de futuro en
función de una concepción política superior
para la nación, de ambas ha de surgir cada uno de los movimientos,
los que, basados en ambas, realizarán los movimientos que
más convengan a la actual sociedad, pero también a
la próxima y mejor que todos queremos para nuestros hijos.
Ningún exceso en estos sentidos es bueno, pero no se puede
dejar de tomar en cuenta ni la actualidad fugaz ni su acuciante
devenir; olvidarlas es actuar negativamente.
Un punto de referencia ilustrará, si hiciere falta, la dura
tarea de encontrar un equilibrio que muchas veces pasa por echar
el hombro de un solo lado, cuando desmedidamente se encontrare un
desbalance de fuerzas que obligue -he allí la responsabilidad
estata- a usar la fuerza cuando sea necesario. Acotemos que si el
uso legítimo de la misma, que se llama coercibilidad y no
coacción, dejan de aplicarse cuando son moral y jurídicamente
necesarias... esta falencia, esta falla en aplicarlas, se va a revertir
y pudiera llegar a serles justamente aplicables a los que faltaron
en usarlas.
Y el ejemplo más evidente nos lo otorga el maratónico
conflicto que involucra a los sindicatos del ISSS, agrupaciones
políticas, autoridades y otros. Los dos polos: 1. Casi todos
estamos de acuerdo en la no conveniencia por ahora de una privatización,
y en que cualquier discusión en este sentido tiene que hacerse
amplia, profunda y largamente. 2. Nadie soporta más inhumana
huelga. Por ello, por su aspecto claramente atentatorio contra los
más elementales derechos humanos, por cobarde y criminal
no se puede permitir más que se impidan los accesos de médicos
que sí lo son de verdad hacia pacientes delicados; no son
posibles los cierres de portones, los piquetes intimidatorios, los
ataques y amenazas, cierre de calles y otros desórdenes sociales
con daño para la ciudadanía.
Si acaso la estrategia hubiere sido actuar suave para
saturar a la sociedad hasta que ésta reviente, yo quiero
presentar un grito -¡de auxilio, ya no se soporta más!-
para que se impidan más abusos criminales. No hacerlo puede
precipitar una escala de violencia entre los mismos ciudadanos,
amén de acarrear responsabilidades para funcionarios que
hasta ahora han sido respetados. Que se haga bien, inteligente,
guante de hierro bajo el de seda... ¡Pero que se haga YA!
* Lic. en Ciencias Políticas.
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