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Tomando
la palabra
¿Y los derechos humanos de los policías?
Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
¿Quién
entiende a una Procuradora de los Derechos Humanos que, aparentemente,
sin valorar las posibles consecuencias, interfiere un procedimiento
policial?
Los ciudadanos sensatos no salen de su asombro y sorpresa por la
forma con que se garantiza la protección del delincuente.
La preocupación principal en un operativo de captura, por
ejemplo, se centra en que no se dañe físicamente al
delincuente, aunque oponga resistencia, y mucho menos se le traume
diciéndole delincuente, asesino o
violador. Se recomienda decirle presunto,
imputado o sospechoso, aunque sea confeso,
lo hayan capturado en flagrancia o existan testigos presenciales
de su culpabilidad. Ahora la modernización es
tal que hasta se intenta justificar su conducta envilecida y depredatoria.
La mayoría de los abogados salvadoreños recuerda que
cuando era estudiante, sus connotados profesores insistían
en las palabras del célebre jurista español don Ángel
Osorio y Gallardo: Defiendan la justicia y el Derecho, pero
si por defender la justicia tienen que dejar a un lado el Derecho,
abracen la justicia.
La sociedad invertebrada de El Salvador extrañamente
defiende el Derecho, pero sin orientarse hacia la búsqueda
de la justicia. Armonizando con el título del presente artículo,
en nuestro medio los procedimientos, por ejemplo, ocupan la parte
principal de la administración de la justicia, olvidándose,
al menos así parece, que el principio y fin de las cosas
es la persona. ¿Será que para algunos valen más
los derechos humanos de los reclusos que los de los agentes de policía
y custodios?
Según están las cosas, parece ser que una buena parte
de abogados a quienes se ha encomendado la tarea de reformar el
Código Penal, Código de Procedimientos Procesales
y demás instrumentos legales auxiliares en armonía
con las disposiciones constitucionales, como la traída y
llevada (¡ya no hallan qué hacer con ella!) presunción
de inocencia, dan la impresión de que no entendieron
la esencia de la doctrina impartida por los ilustres penalistas
Raúl Zaffaroni, Julio Maier, Guido Fernández, José
María Ascencio, Alberto Chifrin y Jaime William Benavente,
entre otros, cuando en 1991 vinieron a El Salvador a exponer en
forma brillante el problema del delito, el delincuente y la pena.
El objetivo del cónclave en esa ocasión era defender
a los delincuentes del trato inhumano y abogar por sus derechos
para contraponerse al uso de procedimientos draconianos y primitivos,
propios de las huestes de Gengis Khan (a través de la confesión
hacían aceptar al detenido la culpabilidad hasta de la muerte
de Jesucristo), que solían usarse hasta hace relativamente
pocos años.
Lo lamentable es que se haya confundido la defensa de los derechos
humanos del delincuente con protegerlo para que no resulte culpable.
Al menos es lo que percibe la ciudadanía en general. El gran
esfuerzo académico de principios de la década de los
90 probablemente fue alcanzado por el proceso inflacionario, porque
sus grandes conceptos cada día valen menos, pues el ciudadano
promedio únicamente alcanza a ver un proceder dirigido a
la defensa de los delincuentes, que son la minoría, sin importar
el sacrificio de las personas honestas, que son la mayoría.
Ahora resulta que seres extraterrestres se llevaron los 1,500 millones
de colones en INSEPRO-FINSEPRO y que en el escándalo del
BFA no existen pruebas.
Algunos líderes de la sociedad del post conflicto, especialmente
tradicionalistas e indefinidos ideológicamente, equivocando
conceptos de una verdadera reingeniería social, pretenden
llegar a la estructura de un Estado en donde los gatos, por ejemplo,
pueden comer junto con los ratones en amena conversación
de gruñidos, ronroneos y roces de bigotes; los lobos serán
amigos de los conejos y hasta formarán coros para cantar
villancicos; los perros se puedan amarrar con sartas de chorizos
de Cojutepeque y los grandes felinos harán su siesta en medio
de manadas de vacas y terneros. ¡Toda un ciudad de Cristal
del Mago de Oz! Alicia en el país de las maravillas no es
más que la sombra del nuevo Estado con el que sueñan
algunos astralizados e ilusos! ¿Por qué no poner los
pies sobre la tierra y empezar por aceptar que vivimos en una sociedad
con un alto nivel de violencia?
¿Quién entiende a una Procuradora de los Derechos
Humanos que, aparentemente, sin valorar las posibles consecuencias,
interfiere un procedimiento policial en situación de máxima
tensión?
¿Acaso un operativo de requisa de drogas y armas en los penales
es un abuso de autoridad que requiere la presencia de la Procuradora?
¿Es ingenuidad o incompetencia confiar en torvos y curtidos
asesinos, psicópatas, desviados y sujetos que han hecho de
la violencia una profesión?
* Dr. en Medicina.
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