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Sentido
común
¿MIEDO INSUPERABLE?
RICARDO RIVAS*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Excusas
quiere la guerra, y estos personajes quieren guerra y sabrán
sacar excusas hasta de las piedras
Pertenecemos los salvadoreños a una Iberoamérica en
la que los gatos de cinco patas, las caras con cuatro orejas y las
sumas al revés ejercen sobre nosotros una fascinación
especial. En esto, desde el Río Bravo hasta el australísimo
Canal de Beagle, somos igualitos: nos encanta dar cien vueltas a las
cosas y llamarlas de cualquier manera menos por su nombre. Somos por
naturaleza poco directos, poco claros; algunas veces, poco sinceros.
Las evidencias están, sobre todo, en política; en política
y en la opinión pública.
Mucha de nuestra prensa y de quienes hacen opinión pública
parecieran sufrir de miedo insuperable. Miedo insuperable de decir
las cosas como son, por terror insuperable a ser señalados
como parciales y poco objetivos, como demasiado zurdos o demasiado
diestros. Confunden una independencia -que es posible-, con una neutralidad
-que es imposible-.
En el país, la devoción por querer aparentar imparcialidad
y objetividad traiciona muchas veces la verdad y provoca interesantes
paradojas. Mientras se es agresivo e inmisericorde con los diputados
y el Poder Judicial, se es condescendiente y sutil con el gobierno
central. A la PNC se le marca a presión ¡y qué
bueno!, pero a los profesionales del bochinche se les trata con guante
de satín. Se es directo para las cosas que comprometen poco,
pero indulgente y timorato con las que implican y complican mucho.
Así se confunde entonces la necesidad de ser independiente
de criterio con la mentirilla de ser neutral. Y se termina siendo
descafeinado.
Algunos medios, periodistas y analistas han caído cándidamente
en la red de los últimos acontecimientos. A una huelga insólita
le continúan llamando reducción de labores;
a unos grupos de fachada, sociedad civil; a los revoltosos
y taimados que siembran el caos en la calle, actores sociales;
al desorden y la anarquía callejera, manifestaciones
de insatisfacción. No sería raro entonces -y Dios
no lo quiera así-, que cuando a uno de ellos o a alguno de
sus periodistas le partan la cabeza en tres, se refieran al ladrillazo
como una disección cefálica involuntaria producto
de la ardorosidad popular.
Algunas veces, el no llamar a las cosas por su nombre puede ser grave,
y lo del miércoles y jueves pasado lo fue. Muchos doraron la
píldora sin caer en la cuenta de que la provocación
y agresión física y verbal de que fue objeto la PNC
es sólo la punta filuda de un machete que quiere volver a sus
andadas. Un machete que a estas alturas no atina de derechas ni izquierdas,
de ricos ni pobres, de cheles ni prietos. Aquí el tema es un
nostálgico suspiro por la anarquía que precedió
la guerra en El Salvador. Dicen que es en el nombre de la salud, pero
lo que en realidad interesa es la explosión del caos, no importa
en el nombre de qué o de quién sea. Todos entendemos
esto. Los salvadoreños no somos púberes en esta materia.
Lo hemos vivido en carne y sangre propia. De ahí la importancia
de llamar las cosas por su nombre. Si no lo denunciamos por temor
a romper la neutralidad, entonces objetivamente estamos
fritos.
En cualquier país del mundo, a una pandilla de energúmenos
-médicos o no- que irrumpe en el Congreso de la República
armada de palos, ladrillos, capuchas, rompiendo vidrios, violentando
puertas, insultando y amenazando diputados y empleados, por menos,
por muchísimo menos se les neutraliza firmemente, se les saca
del recinto y se les pone a todos a la orden de los tribunales, por
las buenas o por las malas. Y eso no es represión. Esas son
las llaves que la democracia abre cuando una banda de antisociales
se cree intocable para hacer y deshacer como le venga en gana. Igual
ocurriría con quienes, para manifestar su descontento, tienen
que bloquear a horas pico las arterias más importantes de una
ciudad, impidiendo la movilización ciudadana a sus centros
de trabajo. Aquí todo mundo tiene derecho a protestar; a lo
que nadie tiene derecho es a violentar la integridad de las demás
personas e instituciones. Las autoridades de seguridad pública
han sido suficientemente tolerantes en todo esto.
De nuevo, esta exacerbación de la violencia callejera no tiene
absolutamente nada que ver con la reforma del sistema de salud, o
con el resto de problemas objetivos que se viven en el país.
Excusas quiere la guerra, y estos personajes quieren guerra y sabrán
sacar excusas hasta de las piedras; ya lo veremos. Para apagar ese
fuego, después de aplicar la ley parejo, nada mejor que el
ejercicio de una libertad de expresión franca, abierta y, sobre
todo, sin tanto pellejo.
*Cirujano dentista y columnista de El Diario de Hoy.
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