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Mi
mamá ya no quería trabajar más en eso
Una
caja con silbadores fue el inicio de una tragedia en
la que murieron 4 miembros de la familia Barahona. De eso hace ya
un año.
Mario Posada
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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La antigua casa de los
Barahona estaba ubicada en el mismo sitio donde se encuentra
Érika Marisol.
Foto EDH / Franklin Rivera
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Nosotros ya no íbamos a trabajar con silbadores.
Es más, ya no habíamos pedido producto. El camión
que vino a repartir a las demás casas de la zona dejó
tirada una caja y nosotros la recogimos. Tuvimos que hacerlo, porque
si no la terminábamos, se iban a enojar con nosotros,
recuerda Érika Marisol Barahona, en un todo de miedo y dolor.
Aquel 16 de diciembre de 2001, su madre Adela, de 42 años;
dos de los hermanos, Erwin Joel, de año y medio, y José
Vladimir, de seis, y una hija de la joven, Jessica Verónica,
también de año y medio, perdieron la vida, luego de
que los silbadores que almacenaban en el hogar tomaran
fuego y destruyeran la humilde vivienda, situada en el caserío
Hernández, cantón San Franciso, villa San Cristóbal,
Cuscatlán.
El grupo familiar, como tantos y tantos de la zona, se encargaba
de engrudar, enmechar y emboquillar los silbadores,
productos proveídos por la cohetería El Indio,
ubicada en Cojutepeque.
La precaria situación económica de los Barahona, propiciada
por el abandono del padre de los niños, obligó a doña
Adela, desde hace ya 19 años, a buscar una forma de subsistencia
en la industria de la pirotecnia.
Recuerdos
Érika, que ahora cuenta con 20 años a sus espaldas,
rememora al lado de Luis García, su compañero de vida,
y de Kenia Marisol, su retoño de cinco años, el momento
que precedió al incendio y que, en un par de segundos, les
arrebató de tajo la vida de cuatro de sus seres más
queridos.
Eran casi las seis de la mañana. Nosotros estábamos
afuera de la casa. Los niños andaban jugando, chupando naranjas.
La rueda, con unos 20 mil silbadores ya
la habíamos terminado y se encontraba en la entrada de la
casa. Uno de los niños botó el candil que estaba en
la mesa. Bastaron un par de segundos para que todo agarrara fuego,
recuerda, mientras las lágrimas se asoman con fuerza en sus
ojos.
Luis disimula mejor el dolor y detalla que inmediatamente,
tratamos de sacar a la señora y a los niños, pero
todo pasó tan rápido que no pudimos hacer nada.
El joven sostiene que Adela, la mamá de los niños,
no falleció de inmediato. Los niños sí
murieron en el incendio. La señora vino a morir como el 13
de enero, en el hospital, añade.
Esta joven familia todavía reside en el mismo lugar, donde
estuvo afincada la vivienda cuando se ocurrió la tragedia.
Hoy, como hace un año, las paredes y el techo de la casa
están compuestas por lámina acanalada.
Poca ayuda
A orillas de los escasos metros de terreno, todavía se observan
los metales retorcidos de los camastrones donde dormían los
pequeños, los restos de ropa incinerada y las porciones de
pasto quemado.
La casita en la que estamos viviendo fue donada por la dueña
de la cohetería El Indio. Ella nos ayudó
en los gastos funerales, pero en nada más, subraya
Érika.
La mujer no quiere saber nada de la pirotecnia. Ahora sobrevive
gracias a los ingresos que Luis percibe como guardia de seguridad
en una empresa privada.
Mire, ahora todo es normal para nosotros, las fiestas, todo.
La niña ya está en edad para ir al kínder,
pero todavía no hemos decidido a dónde va a estudiar,
dice Luis.
Los Barahona no guardan ningún tipo de resentimiento hacia
Marta Gómez, la propietaria de la cohetería que se
encargaba de proveerles la materia prima para los silbadores.
Esto, a pesar de lo que en el momento de la tragedia, una de las
hijas de Gómez les increpó: ¿Por qué
andan llorando, si mi mamá no tuvo la culpa de eso? Se quemaron,
se quemaron. Los culpables son ellos.
Ahora, en las cercanías de la vivienda de los Barahona, muy
poca gente continúa en el oficio de los cuetes.
Después de lo que nos pasó a nosotros, la gente
comenzó a tener miedo. Aquí, en el cantón,
la gente ha dejado de trabajar en eso. Tal vez, un 15 por ciento
de las familias todavía se dedica a terminar los silbadores.
En la mayoría, la mujer es la jefa del hogar. La necesidad
los empuja a eso, apunta Luis.
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