Turismo
 
Inicio del Sitio Domingo 29 de diciembre
 

 




CHAT
FOROS
CORREO
LA GUIA
CLASIFICADOS
EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
EDICION MOVIL
ESCRIBANOS
CONOZCANOS


 
 

“Mi mamá ya no quería trabajar más en eso”

Una caja con “silbadores” fue el inicio de una tragedia en la que murieron 4 miembros de la familia Barahona. De eso hace ya un año.

Mario Posada
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

La antigua casa de los Barahona estaba ubicada en el mismo sitio donde se encuentra Érika Marisol.
Foto EDH / Franklin Rivera

“Nosotros ya no íbamos a trabajar con ‘silbadores’. Es más, ya no habíamos pedido producto. El camión que vino a repartir a las demás casas de la zona dejó tirada una caja y nosotros la recogimos. Tuvimos que hacerlo, porque si no la terminábamos, se iban a enojar con nosotros”, recuerda Érika Marisol Barahona, en un todo de miedo y dolor.

Aquel 16 de diciembre de 2001, su madre Adela, de 42 años; dos de los hermanos, Erwin Joel, de año y medio, y José Vladimir, de seis, y una hija de la joven, Jessica Verónica, también de año y medio, perdieron la vida, luego de que los “silbadores” que almacenaban en el hogar tomaran fuego y destruyeran la humilde vivienda, situada en el caserío Hernández, cantón San Franciso, villa San Cristóbal, Cuscatlán.

El grupo familiar, como tantos y tantos de la zona, se encargaba de “engrudar, enmechar y emboquillar los silbadores”, productos proveídos por la cohetería “El Indio”, ubicada en Cojutepeque.

La precaria situación económica de los Barahona, propiciada por el abandono del padre de los niños, obligó a doña Adela, desde hace ya 19 años, a buscar una forma de subsistencia en la industria de la pirotecnia.

Lea además

 

Mezcla de pólvora afecta a las vías respiratorias
La exposición y el contacto con la pólvora pueden provocar bronquitis e infecciones respiratorias de tipo crónico.

Recuerdos

Érika, que ahora cuenta con 20 años a sus espaldas, rememora al lado de Luis García, su compañero de vida, y de Kenia Marisol, su retoño de cinco años, el momento que precedió al incendio y que, en un par de segundos, les arrebató de tajo la vida de cuatro de sus seres más queridos.

“Eran casi las seis de la mañana. Nosotros estábamos afuera de la casa. Los niños andaban jugando, chupando naranjas. La ‘rueda’, con unos 20 mil ‘silbadores’ ya la habíamos terminado y se encontraba en la entrada de la casa. Uno de los niños botó el candil que estaba en la mesa. Bastaron un par de segundos para que todo agarrara fuego”, recuerda, mientras las lágrimas se asoman con fuerza en sus ojos.

Luis disimula mejor el dolor y detalla que “inmediatamente, tratamos de sacar a la señora y a los niños, pero todo pasó tan rápido que no pudimos hacer nada”.

El joven sostiene que Adela, la mamá de los niños, no falleció de inmediato. “Los niños sí murieron en el incendio. La señora vino a morir como el 13 de enero, en el hospital”, añade.
Esta joven familia todavía reside en el mismo lugar, donde estuvo afincada la vivienda cuando se ocurrió la tragedia. Hoy, como hace un año, las paredes y el techo de la casa están compuestas por lámina acanalada.

Poca ayuda

A orillas de los escasos metros de terreno, todavía se observan los metales retorcidos de los camastrones donde dormían los pequeños, los restos de ropa incinerada y las porciones de pasto quemado.
“La casita en la que estamos viviendo fue donada por la dueña de la cohetería “El Indio”. Ella nos ayudó en los gastos funerales, pero en nada más”, subraya Érika.

La mujer no quiere saber nada de la pirotecnia. Ahora sobrevive gracias a los ingresos que Luis percibe como guardia de seguridad en una empresa privada.

“Mire, ahora todo es normal para nosotros, las fiestas, todo. La niña ya está en edad para ir al kínder, pero todavía no hemos decidido a dónde va a estudiar”, dice Luis.

Los Barahona no guardan ningún tipo de resentimiento hacia Marta Gómez, la propietaria de la cohetería que se encargaba de proveerles la materia prima para los “silbadores”.

Esto, a pesar de lo que en el momento de la tragedia, una de las hijas de Gómez les increpó: “¿Por qué andan llorando, si mi mamá no tuvo la culpa de eso? Se quemaron, se quemaron. Los culpables son ellos”.

Ahora, en las cercanías de la vivienda de los Barahona, muy poca gente continúa en el oficio de los “cuetes”.
“Después de lo que nos pasó a nosotros, la gente comenzó a tener miedo. Aquí, en el cantón, la gente ha dejado de trabajar en eso. Tal vez, un 15 por ciento de las familias todavía se dedica a terminar los ‘silbadores’. En la mayoría, la mujer es la jefa del hogar. La necesidad los empuja a eso”, apunta Luis.

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal